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Desórdenes Mentales, un regalo de Navidad

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Desórdenes Mentales, un regalo de Navidad

 

La obra, escrita por Eugenia Prado y dirigida por Alejandro Trejo, es un montaje riguroso, intenso, provocador y muy diferente de las actuales complacencias de nuestra escena.

 

Cual regalo de Navidad, en una temporada con poquísimos montajes de valor teatral, aparece una obra como Desórdenes Mentales, en el contexto de un teatro que, por su realismo (incluso, hiperrealismo), pudiera tender más a incomodar que a otra cosa. Porque, en esto del arte, un tema es lo que se cuenta (con asideros en la realidad) y otro, de vital importancia para no caer justamente en el documento o en la crónica, es cómo se cuenta, de qué manera los personajes ficticios adquieren credibilidad. Entonces, más allá de la crítica a lo que se vivió en nuestro país en décadas pasadas y a la huella perdurable en muchas personas, lo que se destaca de este espectáculo es el trabajo de la puesta en escena, que compromete ciento por ciento al espectador.

 

Aunque no se conecta directamente, esta obra nos provoca reminiscencias de Toda esta Larga Noche, del dramaturgo Jorge Díaz; en ella, cuatro mujeres encerradas en la cárcel sufren los embates directos del período opresor de la dictadura. Así, motivos literarios como la tortura y el miedo se transforman en los ejes estructurantes de la dramaturgia. Lo mismo ocurre en Desórdenes Mentales, con estas dos pacientes recluidas en un sótano, a lo cual se agrega el tema del poder encarnado en la figura de la doctora. Así, de comienzo a fin, presenciamos esta enfermiza relación entre quien representa al sistema y las víctimas del mismo, con un desenlace sangriento y, en cierta forma, con un sentido catártico.

 

Por lo mismo, cuando una de las mujeres le dice a la doctora: "Usted está tan enferma como yo", apunta en su esencia al mensaje implícito que nos entrega la autora y que refleja con claridad lo que ha pasado en nuestro país, en ese ayer que aún se proyecta en el ahora. La enfermedad de quienes torturaron y asesinaron. Junto a esto, resalta el tema de la traición: "Perra fascista capaz de traicionar a su propio género". Como se podría deducir y en apoyo a lo señalado en un comienzo, la propuesta escénica apunta a generar -en su más extrema realidad- un fuerte remezón en el espectador y que, en comparación con tantos montajes llenos de luces y de fanfarrias, resulta algo atípico en la actual cartelera teatral.

 

Al igual que en otras direcciones, Alejandro Trejo manifiesta una cierta sensibilidad a problemáticas un tanto marginales y, a su vez, le da un sello propio, creativo, con un fuerte soporte en lo actoral. Al respecto, las cuatro actrices realizan un trabajo convincente y profesional, aunque en función del protagonismo y de la intensidad de la acción dramática resaltan en mayor medida las propuestas de Verónica Santiago (doctora) y Cecilia Godoy (una de las pacientes). A esto, en el contexto general de la teatralidad, se suman los aportes del video, del vestuario (en tonos grises y cafés), de la iluminación, de la música y de la escenografía, que da cuenta de ese espacio de encierro y reclusión.

 

En suma, Desórdenes Mentales es un montaje riguroso, intenso, provocador, muy diferente -para bien- de las actuales complacencias de nuestra escena.

 

 

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"Desórdenes mentales":

 

Pasarse de la raya

 

Pedro Labra Herrera

 

Teatro desde y sobre lo femenino, "Desórdenes mentales" -debut en la dramaturgia de la narradora Eugenia Prado- busca expresar la sensación íntima de opresión que pesa en la mujer actual. En el texto predomina una sensibilidad desbordada y excesiva, que la puesta en escena, financiada por Fondart y dirigida por un hombre, Alejandro Trejo, acentúa aún más. El resultado, aunque más alegórico y simbólico que realista, es tan pavoroso y tremebundo que inclina al espectador a desconectarse de la entrega.

 

Muestra a dos mujeres dañadas y sufrientes -una presa política que fue torturada y una asesina que mató a su hombre por celos- encerradas en un sanatorio o cárcel para castigar y someter a los insubordinados al sistema. También aparecen la psiquiatra a cargo, vista como un agente represor, y una celadora (como si fuera una variación de "Atrapados sin salida" 30 años después). Las dos rebeldes marginadas se apoyan mutuamente, establecen una relación lésbica y terminan por autoeliminarse, única decisión autónoma y libre que aparentemente les es permitida.

 

El montaje, lleno de padecimientos y truculencias, incluye desnudos, golpizas, flagelaciones, acuchillamientos y hasta un aborto practicado en escena. Hay un monitor de video cuyas imágenes no aportan más que la idea de una existencia vigilada, y música banal e insulsa en un contrapunto tan drástico que rompe el clima. Las actuaciones de Chamila Rodríguez y Cecilia Godoy son intensas y de gran exigencia. Pero la obra a todas luces exageró sus recursos y se demora 100 minutos en poner el punto final.

 

Casona Nemesio Antúnez, Av. Larraín 8580.

Viernes, sábado y domingo a las 21.00 horas. General

$ 4.000, estudiantes y 3ª edad $ 2.000.

 

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