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RECONSTRUCCION | SANTA OLGA | El largo recorrido de adopción del perro emblema que sobrevivió al incendio de Santa Olga (Video)

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14 Julio 2017

 

 

 

Después del fuego

 

 

Lentamente Santa Olga comienza a levantarse. Cuando quedan pocos días para que se cumplan seis meses de la noche en que se convirtió en cenizas, volvimos a la villa para recoger las cinco historias del reportaje que publicamos a finales de enero. La situación no ha cambiado mucho: a ninguno le han empezado a construir su casa y alegan que la maraña burocrática ha sido el peor enemigo luego de la vuelta del infierno.

 

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El reclamo principal es contra la burocracia. Los protagonistas de estas historias, sus amigos y los amigos de sus amigos alegan contra el proceso kafkiano que impone el Estado para otorgarles una vivienda.
Esto no sólo lo han vivido los habitantes de Santa Olga. Desafío Levantemos Chile alcanzó a levantar una casa, pero se encontró con que no podía seguir construyendo por no contar con los permisos necesarios. Ahí está la casa, vacía, al lado del antiguo cuartel de bomberos con un letrero que dice: “La magia existe en Santa Olga”. Y si bien Desafío Levantemos Chile vivió un proceso similar de frustración, en dos semanas ya tendrán los papeles en regla en la Dirección Municipal de Obras y podrán empezar a construir. Casi seis meses después del desastre. La gran crítica, en este sentido, ha sido la incapacidad del gobierno de distinguir entre un estado de catástrofe y un contexto normal; para la reconstrucción se pidieron los mismos papeles que se piden para construir una casa y mucha gente ni siquiera tiene sus títulos de dominio. Las relaciones, eso sí, están recompuestas: todos los lunes, a las cinco de la tarde, gente de la institución se reúne con el coordinador nacional para la reconstrucción, Sergio Galilea, para conversar, entre otras cosas, sobre la construcción del nuevo liceo de Santa Olga, que acogerá a más de 900 alumnos, y el jardín infantil de la villa, en el sector de Los Aromos, y de la que se hará cargo la fundación creada por Felipe Cubillos.
Juan Luis González, funcionario de Serviu y director de la obra de reconstrucción de Santa Olga, asegura que para llevar un proceso de reconstrucción con bienes públicos a cabo es necesario el papeleo.
—Hoy estamos haciendo las demoliciones y habilitando el terreno. Se entiende que para ocupar recursos del Estado en distintos proyectos hay que pasar por un proceso de aprobación y calificación para poder ejecutar en base a los protocolos que establece la ley. Bajo ese resguardo, tenemos que trabajar con proyectos definitivos. A medida que habilitemos terrenos iremos construyendo más viviendas. Y ese proceso puede ser un poco engorroso, pero hay que hacerlo, precisamente por las garantías que se están estableciendo en este proceso de reconstrucción, que es una vivienda definitiva con todos los estándares que siempre ha exigido Serviu —explica, y anuncia que de aquí a un mes deberían estar las primeras calles con agua potable y electricidad. La pavimentación de estas, por su parte, comenzará en unas semanas.

 

Mientras, los ex habitantes de Santa Olga se encuentran repartidos por los pueblos aledaños. Unos en Constitución, otros en Empedrado, algunos en Putu. Visitan poco Santa Olga, sobre todo ahora último, luego de que hace dos semanas el viento y las lluvias azotaran la zona.

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22 Julio 2017

 

 

Paulina Saball: “Es el proceso de reconstrucción más complejo y completo que nos ha tocado”

 

 

 

Agua potable, pavimentación y un terreno para reubicar a 270 familias que vivían de allegadas son parte del plan de reconstrucción del Minvu. Según la ministra, “Santa Olga va a ser un lugar mejor que el que existía antes del incendio”.

 

 

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Cada un mes, el equipo de la ministra de Vivienda, Paulina Saball, monitorea en terreno los avances de reconstrucción en la incendiada Santa Olga. El proceso ha sido complejo: antes del desastre, el pueblo no tenía calles pavimentadas ni conductos propios de electricidad y agua potable. Por primera vez en la zona se habla de urbanización, lo que significa un proceso más meticuloso en la reconstrucción que esperan culminar en 2018.

En un principio instalarían casas de emergencia, las que fueron reemplazadas por bonos de arriendo, y se hablaba de septiembre como fecha para empezar a rehabitar Santa Olga. ¿Cómo van con esos plazos?
No es así. Aquí hay un tema relevante que es que llevamos seis meses desde ocurrido el incendio y este es el proceso de reconstrucción más complejo y completo que nos ha tocado llevar. Acogimos una decisión e inquietud tanto de las familias como del municipio que era reconstruir Santa Olga en el lugar en que estaba, en condiciones y estándares totalmente distintos a los que existían. Lo que acordamos era que el nuevo Santa Olga tuviera, en primer lugar, un atributo de ordenamiento territorial. Entonces, convinimos un plan maestro. Además, acordamos que el pueblo tendría una infraestructura sanitaria que no tenía, por lo tanto, un proyecto de red de ampliación de agua potable, un proyecto de dotación de alcantarillado, otro de pavimentación de calles que no tenían ningún pavimento, así como un proyecto de dotación de servicios básicos de mayor cabida y mayor estándar; escuela, salud, bomberos, sedes comunitarias, comercio, etc.
En materia de vivienda decidimos partir, por acuerdo, con las personas, con las aproximadamente 110 viviendas. Santa Olga va a ser un lugar mejor que el que existía antes del incendio.

De aquí a septiembre, ¿estarán listas las 65 primeras viviendas que se construyen?
No listas, sí en ejecución. Construir una vivienda no es un trámite cualquiera. Tener 65 viviendas en ejecución y que cumplan con todo lo requerido para ser habitadas es un tremendo éxito. Por otro lado, son 270 familias las que vivían en Santa Olga como allegadas o en lugares que no eran edificables y nosotros reubicaremos. A esta fecha ya tenemos comprado un terreno, licitados proyectos, elegido el proyecto y próximos a iniciar las obras. Esto es increíble. No sé si alguien en alguna parte del mundo podría hacer un proyecto de esta magnitud.
Al visitar Los Aromos, ubicado frente a Santa Olga, no se ven los mismo avances. ¿Cuándo comenzará la reconstrucción?
No puede decir eso. En Los Aromos está el terreno que compramos para iniciar la construcción de las 270 viviendas para allegados, arrendatarios, etc. Tuvimos que comprar, evaluar y certificar el terreno. Ahí está el proyecto que se va a iniciar ahora de construcción del liceo. No pueden decir que no se está viendo nada. En Los Aromos hay máquinas de obras públicas y ese trabajo puede parecer que no es mucho, pero es el trabajo esencial porque ahí los desniveles del terreno son brutales. Se han ido rebajando los terrenos, cuestión que nos va a permitir reconstruir y recomponer las viviendas en los sitios que las personas tenían de una manera que sea plausible.

Las casas estarán listas de forma gradual, entonces. ¿Cómo pretenden habitar nuevamente el pueblo?
Las familias no quieren volver inmediatamente porque nos han exigido que estén todas las cosas habilitadas, como el colegio, la posta, los bomberos, por ejemplo. A medida en que vayamos avanzando con las manzanas vamos a poder conectar todo. Ahora se iniciarán las obras de pavimentación. Hay algo concreto: ¿para qué se van a ir a vivir ahí ahora si no tienen conectados todos los servicios? Este trabajo ha sido increíble. En todas las otras partes lo que hacemos en general es reponer las viviendas y nos conectamos a las redes existentes, pero acá ha habido que reponer y extender los servicios. Es decir, construir por primera vez todos los servicios. Creemos que en 2018 van a estar todas estas iniciativas de ejecución y de desarrollo listas. Lo que tenemos que hacer es llegar a la concreción de cada una de estas promesas.

Según el seremi de la Región del Maule, Rodrigo Sepúlveda, son más de 50 casos de falsos damnificados que hoy se investigan en la PDI. ¿Cómo están regulando esa cifra?
Hay tres líneas complementarias para identificar a las familias damnificadas: lo primero es la estimación general del área afectada y de las viviendas que en ese lugar existían, más la cantidad de familias que allí residían. Esa primera instancia de evaluación fue de la Onemi. Una segunda mirada, más específica, es la encuesta que hace el Ministerio de Desarrollo Social, la Ficha Básica de Emergencia (Fibe), que busca, a través de la declaración de las personas del área que se ha identificado como afectada, identificar quiénes son las familias damnificadas. Por lo tanto, lo que deriva de esa ficha es la condición de damnificado y afectado por el incendio. Por último, tomamos esos datos para identificar las viviendas afectadas.

¿Qué pudo haber fallado para que existieran falsos damnificados?
Es que puede haber falsos damnificados en el sentido de que haya personas que hayan entregado datos inexactos en la ficha Fibe. Esa ficha es autodeclarativa por lo que podrían haber declarado una condición que no tengan. Eso ha sido lo que se ha buscado resolver. Cuando hablamos de falsos damnificados, básicamente tiene que ver con la eventualidad de personas que pueden recibir un beneficio, ya sea el apoyo familiar o subsidio de arriendo, porque declararon algo inexacto.

Fuente: http://www.latercera.com/noticia/paulina-saball-proceso-reconstruccion-mas-complejo-completo-nos-ha-tocado/

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22 Julio 2017

 

 

Santa Olga empieza a renacer de sus cenizas

 

 

 

Sus habitantes aún sienten miedo, el recuerdo del incendio sigue fresco y resienten la espera. Por lo mismo, anhelan que las obras les permitan regresar a un pueblo muy distinto al que dejaron

 

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A seis meses del incendio, así se ve actualmente la reconstrucción de Santa Olga.

La estridente sirena de un carro de bomberos es suficiente para el frecuente flashback de un niño de 4 años. “¿Te acordai cuando nos quemamos y se perdieron la casa y las fotos?”. La pregunta va dirigida a su madre, Giovanna Carrasco (36), cada vez que el vehículo anuncia su rumbo hacia un incendio.

Carrasco, paciente, le dice cada vez que sí, que se acuerda. Es por esa imagen que desde hace dos meses su hijo menor, junto al de 10 años, van juntos a visitar a un psicólogo para conversar, principalmente, sobre el incendio que azotó la noche del 25 de enero a Santa Olga, el día en el que perdieron absolutamente todo. “Los niños están traumados, se nota en su comportamiento: están violentos, hiperactivos y ante cualquier cosa se asustan”, dice la mujer, a casi seis meses de la catástrofe.
Los temerosos no son solo ellos. Los 500 alumnos del colegio Enrique Mac Iver de Santa Olga, hoy emplazado temporalmente en Constitución, pese a la distancia, siguen reviviendo los episodios de la tragedia.
Según Lía Bravo, inspectora general del recinto que antes funcionó como refugio temporal para los animales heridos y abandonados tras el incendio, “cuando pasa la ambulancia la mayoría de los niños gritan asustados: ‘¡Incendio, incendio!’”. Ellas les piden control, aunque padecen juntos el miedo.
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Las viviendas de emergencia instaladas por privados en Los Aromos.
Desde ocurrida la tragedia, la agrupación Cobijo para Chile consiguió que los niños, funcionarios y apoderados del establecimiento fueran a terapia psicológica los sábado. “Fue bueno, pero es lo que uno hubiese esperado del gobierno, porque los niños cambiaron y nosotros también”, dice Mónica Valdés, funcionaria y apoderada del recinto.
La situación de movilidad y adaptación de los niños es la misma que han sufrido las más de 300 familias que habitaban en Santa Olga y lugares aledaños al pueblo. Hoy ellos se encuentran, en su mayoría, arrendando habitaciones y propiedades en Constitución y San Javier gracias al bono de $ 200 mil otorgado por el Ministerio de Interior. “Ahora todo cuesta ese precio, hasta lo más austero. La gente se aprovechó”, dice Carrasco. Pese a todo, como una forma de atender a los niños, las docentes del Liceo Mac Iver les preguntan seguido si es que quieren volver a Santa Olga. “¡No!”, responden ellos.
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Una de las casas en proceso de reconstrucción en Santa Olga.
De rural a urbano
Cerca de 40 familias damnificadas se quedaron en carpas, viviendo en las zonas afectadas por el incendio. Ellos han visto desde cerca la metamorfosis que ha sufrido el sector y que tras la tragedia solo parecía un basural de escombros con olor a humor. Desde entonces, la calle principal, Los Robles, aloja gran parte de las primeras estructuras de las 65 casas que se están construyendo en el lugar. Sobre ella también se ven maquinarias que nivelan el suelo y que pretenden terminar con las pesadas caminatas que marcaban los días en la loma que cobija a Santa Olga.
“Ha sido un trabajo súper profundo desde los servicios públicos, porque hemos tratado de darle atributos urbanos a una zona que era completamente rural”, dice el seremi de Vivienda y Urbanismo, Rodrigo Sepúlveda.
Urbanizar la zona tiene que ver con habilitar el servicio de agua potable, alcantarillado, electricidad e iniciar un plan de pavimentación que esperan esté listo en septiembre, según indica la ministra de Vivienda y Urbanismo, Paulina Saball (ver página 4).
Sin embargo, la probabilidad de habitar las viviendas de aquí a fin de año es escasa. Si bien las autoridades aseguran que Santa Olga tendrá una nueva cara, y que en septiembre habrá 30 casas habilitadas, la reconstrucción total del territorio dificulta los plazos. El Liceo Enrique Mac Iver todavía no empieza a construirse en su lugar de origen, tal como ocurre con el cuartel de bomberos y el Cesfam de la zona. Además, es justamente en septiembre cuando se espera dar luz verde al suministro de agua y electricidad. Antes de eso, no es posible siquiera intentar vivir en el pueblo.
La espera es tediosa para los habitantes. Por lo mismo, dirigentes de la zona se reúnen una vez por semana con autoridades regionales para ver cómo van los plazos y avances de la reconstrucción. “Nos han involucrado harto”, dice Lía Bravo, quien también es delegada municipal de Constitución.
Pero la urgencia sigue patente. “Se hace largo esto. Recibí el bono de un millón para enseres, recibo el bono de arriendo y tendré casa, pero necesito tenerla pronto. A diferencia de mis hijos, yo sí quiero volver a Santa Olga, y pronto”, asegura Carrasco.
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Así lucía Santa Olga al otro día del incendio.

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23 Julio 2017

 

 

 

¿El nuevo Chañaral?

 

 

Cansados de la contaminación y los efectos provocados por los aluviones de 2015 y 2017, al menos 10 familias decidieron instalarse en el sector de El Caleuche, a unos 10 kilómetros al sur de Chañaral. “No son casas de veraneo, llegamos para quedarnos”, dicen.

 

 

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Son las 13.00 de un día invernal en el sector denominado El Caleuche, a unos 10 kilómetros al sur de Chañaral. Desde la carretera se puede observar una bella y extensa bahía. Unos metros más arriba, en una loma, se aprecian diversas casas prefabricadas de madera que han ido proliferando. Algunas ya muestran jardines y fachadas recién pintadas. Ninguna cuenta con agua potable y deben usar generadores para la energía eléctrica.
“Todos los que viven acá trabajan en Chañaral”, dice el profesor Ernesto Tolmo, quien, a esa hora, llegó con su familia a almorzar a su nueva casa. “En marzo decidimos instalarnos acá, porque arrendábamos frente al río Salado, a metros de donde pasó el aluvión de 2015. Es un lugar peligroso, además, el medioambiente de la ciudad se contaminó más, así que buscamos un lugar limpio para vivir”, agrega.
Asegura que su intención es regularizar el terreno, pero reconoce que “aún no hablamos con la autoridad, aunque con otras familias ya estamos en proceso de constituirnos. Yo no reniego de Chañaral, viví ahí 40 años, pero si se da la posibilidad de cambiar de aire, me parece bien”.
El 25 de marzo de 2015, un aluvión -sin precedentes- arrasó con buena parte de cinco comunas de Atacama. Una de las más afectadas fue Chañaral. El río Salado se desbordó y su caudal de lodo y escombros se mezcló con las arenas de relaves mineros que, por años, han estado depositadas en la bahía. Esto removió un material que contiene diversos metales pesados, que con el viento se eleva y afecta a la población. En mayo pasado, los lugareños revivieron esta situación cuando el río se desbordó nuevamente, aunque con menos fuerza.
La ciudadanía, que por años ha reclamado por mejoras ambientales, aumentó su sensibilidad. Las autoridades también elevaron sus reclamos. Sin embargo, al no ver cambios, muchas familias decidieron irse de la ciudad y otras han optado por instalar sus viviendas en El Caleuche.
Las casas del “nuevo Chañaral”, como algunos ya comienzan a llamar a este sector, no son las habituales tomas que Atacama exhibe en su costa y que, principalmente, obedecen a viviendas de veraneo. Estos “colonos” dicen que llegaron para “quedarse para siempre”.
Tal es el caso de Cristián Urrutia, quien por años luchó para obtener una vivienda básica. Incluso, en 2014 formó parte de un comité de vivienda que no tuvo resultados. “Luego, con el aluvión, aumentó la polución, así que decidimos venirnos, principalmente por mis dos niños. Parte de este sector es considerado barrio industrial. Yo lo solicité para trabajar hace dos años. Me exigieron las condiciones básicas de habitabilidad para el cuidador, entonces decidí venirme yo, instalar mi casa y mi empresa en el mismo sitio”, dice.
Explica que ya entregó sus antecedentes a Bienes Nacionales. “Hay mucha gente que se vino por la necesidad habitacional y por la contaminación, por lo tanto, debería regularizarse esta situación. Si viene el gobierno a decirme que me vaya, por lo menos deberían darme una solución habitacional”, sostiene.
Desde Bienes Nacionales explican que “la última entrega de terrenos la realizó la ministra Nivia Palma en mayo pasado, destinada a empresarios afectados por el aluvión. En el sector mencionado no hay permisos recientes para uso habitacional, aunque no se descarta que puedan existir solicitudes vía oficina de partes. En estos casos hay protocolos que se deben respetar y sería irresponsable entregar respuestas por la prensa antes que a la persona que ingresó dicha solicitud”.
En tanto, el alcalde Raúl Salas aclara que “tenemos proyectos turísticos en estudio para el sector y esto es preocupante, pero también entendemos que hay mucha gente que evade la contaminación y eso legitima, en cierta forma, la opción de buscar un nuevo lugar donde vivir. Esperamos que esta situación se regularice, que la autoridad respectiva tome cartas en el asunto y podamos hacer convivir las iniciativas de desarrollo de la zona con la posibilidad de darles a los vecinos una mejor calidad de vida”.
Desde el año 2006, Sandra Cortés, investigadora del Departamento de Salud Pública de la Universidad Católica, ha monitoreado la condición de Chañaral. Hace 11 años demostró la existencia de niveles elevados de metales en la orina de las personas. No obstante, tras el aluvión de 2015, los análisis mostraron una caída de los compuestos evaluados. “Esto podría deberse a que los lodos conformados por la mezcla de residuos y aguas desde la cordillera, luego de depositarse sobre la ciudad, alcanzaron menores niveles de metales, simulando un efecto de lavado”, sostiene un informe preliminar de la experta. Sin embargo, los resultados de pruebas más definitivas, efectuadas en 2016, se presentarán en agosto.
“Por ahora, no puedo decir si hay más o menos contaminación sin tener los resultados finales de los nuevos análisis, pero sí puedo señalar que en 2006 estudié la percepción de los riesgos ambientales y es muy alta. La gente se convence de eso, pues construye confianza dependiendo de la información que recibe, y en eso hay responsabilidades compartidas en quién, cómo y qué información llevamos desde la academia, autoridades y gobiernos locales. Eso es un gran desafío para quienes toman decisiones de políticas públicas”, sostiene Cortés.

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25 Julio 2017

 

 

Después del incendio: un día en la reconstrucción de Santa Olga

 

 

La madrugada del 26 de enero, cinco mil personas vieron cómo los incendios forestales redujeron sus hogares, su pueblo y parte de sus vidas literalmente a cenizas. Medio año después, luego del peak televisivo y las imágenes del fuego feroz, La Tercera viajó hasta la región del Maule para ver los avances en la reconstrucción del que fue el símbolo más devastador de la tragedia.

 

 

 

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-Santa Olga estaba rodeada de puro fuego -dice Emelina Valdés.

Aquel miércoles, cuando empezaron a acercarse las llamas, los militares obligaron a evacuar todo el pueblo.

-Alcanzamos a llevarnos los puros vehículos y unas pocas cosas más. Quedamos con lo puesto. El resto se quemó todo.

Desde tres frentes distintos, las llamas, que se veían encima de las copas de los árboles, llevaban días acercándose. Saltaban de árbol en árbol, con dirección a la costa, alimentadas por el viento y las altas temperaturas.

Hasta que el fuego comenzó a rodear al pueblo.

-Todo se quemó en una hora y media -dice un poblador que no quiere que anote su nombre. Quiere, en realidad, olvidarse. Olvidar como forma del recuerdo.

Entonces llegó la noche y las sirenas de los bomberos dejaron de ulular a la distancia. La gente ya no estaba —la habían sacado—. Los militares también se fueron.

Parecían escenas de una película de catástrofes. Como ocurrió en Chaitén el año 2008 o en Valparaíso el 2014, miles de personas fueron evacuadas.

La tibia noche maulina se transformó en una pira ardiente y descontrolada, con animales escapando de sí mismos y una niebla de ceniza y polvo que el fuego pintó de rojo.

A primera hora, cuando el incendio empezó a calmarse quedaron a la vista las imágenes de la destrucción. El pueblo amaneció en el suelo y en el aire, en forma de ceniza y polvo. Santa Olga era ahora una borra de pino radiata y esqueletos de casas en el mapa.

***

Te dicen Santa Olga. Un día, en una reunión, en un correo te dicen Santa Olga y es igual que si hubieran dicho Duao, Putú, Loanco: pueblo ignoto en el fondo del Maule. Después, semanas después, estás en el segundo piso de un bus mal dormido; que en esa reunión, en ese correo dijeran Santa Olga —y no Duao, Putú, Loanco— cobra una importancia decisiva. Otras expectativas, otra historia, otro paisaje, otra gente. Todo eso fue, al principio, una palabra.

Alguien me dijo Santa Olga.

Atardece. Mientras entramos al pueblo, medio año después del incendio, lo primero es el frío. El viento es pesado. Digo, cómo decir: pesado. Digo: parece que se pega a los huesos.

Al calor de las metáforas horribles, lo segundo es la cantidad de árboles quemados y lo cerca que están de las casas. El fuego arrasó con todo a su paso. Y ahora Santa Olga, un lunar atravesado por la carretera que une San Javier con Constitución, que limitaba al sur con un aserradero y con un espeso bosque de pinos al norte, es un cementerio de losas de cemento, banderas a maltraer y tijerales a medio construir.

Se parece a Humberstone, al cadáver de un asentamiento humano, de algo que ya no.

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Caminando por el barro que quedó del último temporal, uno ve la posta improvisada y los espacios que sobrevivieron al fuego: la plaza de juegos infantiles y el retén de Carabineros. Fueron lo único que dejó en pie el avance del fuego. Ahora, por todos lados, los letreros del Serviu. Son varios. Decenas de ellos. Los obreros pasan al lado y no los miran; los deben haber visto tantas veces. Están ahí, delante de cada vivienda a medio terminar. Porque eso es hoy Santa Olga: algo en vías de, un pueblo que será, porque hoy es una mezcla de construcciones moribundas, el ruido de la maquinaria pesada, depósitos de mezcla y piedra, cerros quemados y probablemente dos docenas de obreros alisando peñascos, emparejando el suelo quemado.

De cerca, cuando uno examina lo que quedó en cada radier, asoman la losa desmembrada, las herramientas quemadas y las banderas chilenas que operan como títulos de dominio. Allí se lee: “Albornoz Zurita”, “Fernández Valencia”, “Flores Troncoso”. Las familias marcan sus espacios así.

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De día, la maquinaria habilita el terreno, lo empareja, mientras los obreros replican un modelo de vivienda en este pueblo, a quince minutos de Constitución, en medio del bosque.

***

Antes del incendio, Santa Olga se embellecía. Las mejoras llegaban. Lento. Pero al menos estaban al alcance: el retén de Carabineros, el renovado Liceo Rural Enrique Mac Iver, una plaza de juegos infantiles, el agua potable, la electricidad, el alcantarillado en vías de construir.

Entonces las viviendas de materiales ligeros comenzaron a ocupar terrenos en zonas irregulares. Santa Olga lentamente crecía.

Hoy poco queda de eso.

De las cinco mil personas, apenas cuarenta familias siguen viviendo a ambos lados de la carretera. La mayoría está repartida por los pueblos aledaños. Trabajan en servicios, pero mayormente para los aserraderos y contratistas. La mayoría apenas viene de visita. Otros son adultos mayores con problemas de movilidad.

Esos cuarenta son familias que todavía no terminan de levantarse. Personas que todavía necesitan ayuda: habitan viviendas de emergencia en Nueva Esperanza y Los Aromos, y se quejan de que la burocracia les impide tener soluciones rápidas a problemas urgentes.

Por mientras, el gobierno cifró en ochenta mil millones de pesos la reconstrucción del poblado.

-Antes del incendio, el alcantarillado era solo para el lado céntrico de Santa Olga, donde apenas un tercio tenía título de propiedad. Hoy, esas familias que arrendaban, que estaban de allegados o que construían en áreas verdes, les vamos a construir casas de 1100 UF, o sea viviendas de 30 millones de pesos -dice Rodrigo Sepúlveda, el Seremi del Minvu en la región.

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Medio año después del incendio, en Santa Olga hay unas sesenta casas en construcción. Apenas sesenta de las más de mil que había antes.

-La rapidez genera desprolijidad -argumenta el Seremi.

El proyecto contempla calles pavimentadas, alcantarillado y grifos. Además, las familias serán dueñas de los títulos de las propiedades.

Quienes se quedaron, los cuarenta, no piensan igual. Edita Loyola, una abuela que está postrada en el lado sur de Santa Olga, reclama por la escasa información. No sabe qué le corresponde.

-A mi papá lo llamaron para que eligiera la casa, la primera semana de mayo, pero todavía no sabemos nada. No hay nada concreto. La prioridad está allá -reclama su hija, que los visita una vez a la semana desde Talca.

Allá es Santa Olga, acá es Nueva Esperanza. Más allá es Los Aromos.

***

Fue en la década del sesenta que llegaron. Las primeras familias que fundaron Santa Olga, unas cien —según contó el concejal de Constitución, Carlos Segovia—, vinieron a trabajar en la las faenas de la forestal Celulosa Arauco.

-En Santa Olga se vivía de lo que se generaba ahí: el tema forestal y en menor medida la recolección de callampas. La perspectiva es que ahora no se transforme en un pueblo fantasma, que fue lo que en algún momento nos cuestionamos. Hay muchos que no quieren volver más. Ellos ya tienen sus subsidios, se compraron terrenos aparte -añade el Seremi Sepúlveda.

Según explica la autoridad en terreno, el nuevo diseño es alentador. Está en condiciones de garantizar agua para veinte mil personas, de igual manera que las postaciones y el alcantarillado. Además, en seis años más podría estar terminada la ruta que une Talca y Constitución con dos pistas por ambos sentidos de la calzada.

-Esto va a ser igual que la ruta Chillán-Concepción, lo que te va a crear un plus distinto, con peaje y todo eso. Va a ser un estándar distinto para la gente. Mucha gente del mundo del anillo rural se vendrán a vivir acá, ya sea por trabajo, por vivienda, por calidad de vida -dice Sepúlveda.

***

Un muerto. Carlos Valenzuela, el alcalde de Constitución, que llegó hasta Santa Olga la mañana después del incendio, informó de un cuerpo calcinado bajo los escombros.

-Nunca en la historia de Chile se había visto algo de esta dimensión -dijo la Presidenta Bachelet.

Según los números de la Onemi, la noche que Santa Olga quedó reducida a cenizas se quemaron más de 396 mil hectáreas.

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-Es el segundo más destructivo de todo el siglo XXI -dijo un experto de la Unión Europea de visita en la zona.

Desde el espacio, sin necesidad de hacer zoom, la Nasa fotografió la columna de humo.

***

¿Qué será de Santa Olga? Cristián Goldberg, el presidente de directorio del Desafío Levantemos Chile puso como ejemplo a Iloca después del terremoto de 2010.

-No era un balneario tan bonito, pero se limpió la playa y hoy el turismo creció diez veces -comparó.

Rodrigo Sepúlveda, el Seremi del Minvu en la región, responde esperanzado.

-Si esto resulta exitoso, probablemente Santa Olga alcance una población de ocho mil personas en los próximos diez años -dice y cuenta que, por ejemplo, la gente de Empedrado, otro pueblo ignoto y quemado del Maule, piensa cambiarse a Santa Olga para mejorar su calidad de vida.

Emelina, que atiende un puesto de completos al otro lado de la carretera, dice que se va a retirar, que cuando vuelva a recuperar lo que perdió se va a dedicar a las plantas.

-Dentro de toda esta tragedia tengo un almácigo donde voy plantando cosas -asegura.

El arbolito no es lo que es, sino lo que será: lo que debe ser dentro de un tiempo, cuando el tiempo cambie. En Santa Rosa, la vida sigue estando más allá, más adelante: en un futuro que por ahora crece en almácigos, tijerales y depósitos de mezcla y piedra. Un futuro donde los que regresen tendrán que aprender a habitar sus propias casas. De nuevo.

Fuente: http://www.latercera.com/noticia/despues-del-incendio-dia-la-reconstruccion-santa-olga/

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26 Julio 2017

 

 

La pesadilla del Supertanker tras su regreso a Estados Unidos

 

 

 

El avión símbolo del combate a los incendios, que llegó a Chile el mismo día del desastre de Santa Olga, está entrampado en una ardua disputa con las autoridades forestales y aeronáuticas, que lo tiene imposibilitado de operar en ese país

 

 

 

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“Me hace sentir enfermo e increíblemente frustrado”. La frase es poco común en la boca de la máxima autoridad de una firma, pero fue exactamente la cita que entregó hace una semana a la cadena estadounidense CBS Jim Wheeler, el CEO de Global Supertanker, la empresa cuyo avión se convirtió en un símbolo de la lucha contra los incendios en Chile al llegar justo el día de la tragedia de Santa Olga para combatir los fuegos.
“Quisiera darles una explicación racional para esto, pero no puedo”, agregaba Wheeler, quien se enfrentaba otra vez al problema que ha detenido al Supertanker durante casi toda su existencia: la falta de un permiso formal para operar apagando fuegos de parte de la FAA, la agencia de aviación estadounidense.
A comienzos de enero, y apenas un par de semanas antes de los incendios en Chile, el tono del propio Wheeler era muy distinto. Tras meses de gestiones y apoyos de las autoridades del estado de Colorado –donde tiene su centro de operaciones-, el avión había logrado la autorización provisional para operar. Un pase que caducó este mes y que, en la práctica, significa que el Supertanker está impedido de participar en cualquier combate de incendios en territorio de EE.UU.
Las razones en EE.UU.
La versión de la autoridad estadounidense es consistente con el problema que el Supertanker ha enfrentado con sus modelos durante casi toda la última década. En un comunicado que fue consignado por CBS, el Servicio Forestal de Estados Unidos (o USFS, por sus siglas en inglés) explica el proceso por el que ha pasado el megaavión desde el año pasado.
“Pruebas realizadas en agosto y septiembre de 2016 indicaron que el sistema de tanques de Global Supertankers Service necesitaba ajustes para asegurar la apropiada emisión del retardante de fuego”, indicó. “Estaba programado que la empresa hiciera otra prueba en el verano de 2016 para determinar si los temas habían sido resueltos, pero la compañía solicitó no hacer las pruebas para poder realizar misiones de apagar incendios a nivel internacional”.
De acuerdo a la misma versión el USFS le dio un plazo extra al Supertanker para cumplir con las pruebas hasta el pasado 15 de junio, algo que finalmente no se cumplió. “Sabemos que podemos hacer el trabajo, pero estamos acá marginados”, señalaba Wheeler sobre el proceso.
Un proceso lento
La situación es similar a la que provocó hace cinco años la quiebra de Evergreen, la primera empresa que inició el proyecto de los aviones Supertanker. De hecho, la firma proyectaba crear una flota de naves que combatieran incendios, pero el constante tira y afloja con las autoridades de aviación y forestales de EE.UU. provocaron que la firma dejara de operar en 2012.
En este caso, y después de su operación en Chile, las perspectivas para el Supertanker parecían más auspiciosas. Más allá del efecto que creó a nivel nacional, su desempeño también acaparó titulares en la prensa estadounidense, y en los meses inmediatamente posteriores sus portavoces derrochaban optimismo de cerrar contratos con agencias estatales para combatir los incendios.
Pero el proceso ha sido más complejo de lo previsto, y no sólo porque el interés sea limitado. De hecho, el Supertanker tiene cerrado un acuerdo con la agencia forestal de California para operar en caso de incendios; sin embargo, el contrato no puede ser activado hasta que el USFS y la FAA entreguen sus autorizaciones correspondientes.
La situación es tan crítica para la empresa que la semana pasada interpusieron una protesta formal contra la decisión del USFS de limitar los contratos a aviones que cargan hasta 20 mil litros de agua, siendo que la capacidad del Supertanker llega a los 72 mil litros.
En Chile, la imagen del avión sigue siendo mixta. Por una parte, se le reconoce tanto el efecto anímico que logró con su llegada como el hecho de que fuera una donación de particulares, algo por lo que Lucy Ana Avilés, la chilena que gestionó la venida del avión, ha recibido múltiples reconocimientos e incluso se ha reunido con figuras como el ex presidente Sebastián Piñera.
Pero por otra parte, el gobierno ha relativizado la eficacia del avión, con un informe dado a conocer hace dos meses donde se señalaba que, en términos técnicos, aportaba un porcentaje más bajo a apagar los incendios que otras naves.
Lo que está claro es que, a seis meses de su momento de gloria, el Supertanker sigue en una encrucijada a la que, por ahora, no se le ve un despegue claro.

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:latercera:

26 Julio 2017

 

 

 

El largo recorrido de adopción del perro emblema que sobrevivió al incendio de Santa Olga

 

 

 

Muchos animales murieron encadenados, encerrados y calcinados en sus casas. El Negro Triste, en cambio, fue uno de los sobrevivientes que pasaron sus días en el refugio de animales habilitado, a días de haber ocurrido el incendio que arrasó con la localidad cercana a Constitución. Sus dueños lo dejaron ahí esperando a que quien pudiera hacerse cargo de él realmente, lo hiciera. A seis meses de la tragedia, esta es la historia de adopción de uno de los más de cien animales que alojaron en el recinto veterinario de emergencia.
Cuando los cinco chicos que lo llamaron “Negro Triste” por primera vez lo vieron, él llevaba quemaduras en el lomo, cenizas en algunas partes de su cuerpo y heridas en la parte baja del hocico. Ninguno de ellos tuvo tiempo de asistirlo.
Esa mañana, el perro pululaba con los primeros voluntarios que se instalaron en el lugar a pocas horas de que Santa Olga, que era una especie de cerro con piso de tierra, ardiera completamente.
El perro husmeó a los militares con armas que custodiaban los lugares que aún ardían, ingresaba a las pocas paredes de concreto que quedaron en pie, se lamía sus patas delanteras medio heridas y le pasaba su lomo a uno que otro habitante del pueblo que iba a llorar las cenizas de lo que, aunque hecho polvo, todavía les pertenecía.
Abajo del lomo, en una cancha que fue utilizada durante tres meses por los militares -que tenían como misión resguardar el lugar y apoyar a los habitantes de la zona y a voluntarios- se refugiaron los pocos perros que quedaron vivos y que ese día esperaban moribundos alejados de la extrema y tóxica humareda. Ellos fueron los sobrevivientes que el Negro Triste visitaba, pero que pronto abandonaba para ser el único en su especie en recorrer el lugar que desde la noche anterior, era un lugar perdido, hediondo, que nunca más recuperarían.
El camino estaba repleto de animales que murieron calcinados. A los habitantes de Santa Olga se les avisó tres días antes que había que desalojar la zona. En esas 72 horas, muchas familias dejaron encerrados a sus animales y mascotas, y se fueron. El camino del Negro Triste es el resultado de esa acción; gallinas carbonizadas, algunos gatos y muchos perros con cadenas en sus cuellos que los amarraron a sus casas hasta que los atrapó el fuego. El perro, lagañoso, se les acercaba, los olía, y seguía su camino.
En las horas más críticas, el Negro Triste se arrimó a a periodistas y voluntarios que posteriormente lo buscaron. Salió en algunos medios de comunicación -incluso con una campaña en las redes sociales de La Tercera-, en el que pedían avisar si es que sabían sobre su paradero. Personas de diferentes regiones se conmovieron con su historia y querían adoptarlo, pero de él no se supo nada hasta que una chica afirmó por redes sociales haberlo recibido en el refugio para animales habilitado en el Estadio de Santa Olga –que hoy es el lugar en el que se instaló el colegio Enrique Mac Iver del incendiado pueblo-.
La noticia de su aparición se masificó. En el refugio que lideraba la veterinaria Loreto Ramírez –y donde se encontraban muchos animales extraviados, heridos y en riesgo vital-, el Negro Triste se convirtió en el perro emblema del incendio e incluso llegó una oferta de Canadá para adoptarlo, plan que no se concretó. Estuvo carca de un mes viviendo en un cubículo de madera del que arrancaba o salía porque voluntarios querían dar un paseo con él. Ya no estaba triste.
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“Yo me enteré del Negro por mi novia, Marcela. Ella vio una nota en Facebook y me lo mostró, probablemente pensando en que me gustaría saber de él puesto que tengo tres perras negras”, cuenta Nicolás Pizarro (36). Inmediatamente, el joven santiaguino se puso en contacto con los veterinarios que estaban en terreno y partió a buscarlo al día siguiente. “Llegué al refugio durante la tarde del día siguiente. Él andaba jugando con los voluntarios. Era el único perro que andaba suelto. Preguntando por él, me comentaban que dormía con los voluntarios y jugaba con ellos”, recuerda.
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El dueño del Negro Triste vivía en una casa color naranjo en Santa Olga. Reclamó una vez por él, aunque decidió dejarlo en el refugio. Era un perro de calle y, tras el incendio, difícil iba a ser que pudieran trasladarse juntos. Además, pese a tener heridas menores respecto a otros animales del refugio, necesitaba supervisión médica. Pizarro siguió el protocolo de rigor para adoptarlo y se lo llevó a Santiago.
“Desde un primer minuto fue como si fuéramos amigos de la vida. Me saltó encima a saludar, se subió corriendo a la camioneta y me acompañó a ayudar a Nirivilo. Ahí pasamos la tarde terminando de montar otra clínica veterinaria”, recuerda Pizarro quien tenía un único para el can: buscarle una casa donde tuviera atención y espacio absoluto.
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La pareja de Nicolás publicó las fotos del Negro Triste sin mayores aspavientos en su fama y solo con el título de “rescatado del sur”. Los interesados fueron varios y tenían que pasar un largo casting para poder quedarse con él. “Después de esperar un tiempo, apareció la persona adecuada; con una casa grande, patio amplio, experiencia con perros grandes y una familia ávida de tener un perro cariñoso”, cuenta Pizarro.
La persona elegida fue Máximo Valdivia, profesor de la Universidad Católica de Valparaíso. Un hombre que había perdido hace poco a su perro de años por un ataque al corazón. “Mi perrito murió de viejo”, dice él. Viven en Talagante, en una casa de patio amplio y donde solo vive él, aunque con la visita frecuente de su pareja y sus cinco hijos. “El Negro Triste fue rebautizado a Carolo, porque mi hija mayor de 43 años me incentivó a adoptarlo y ella se llama Carola”, cuenta Valdivia.
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Solo conversando con Pizarro es que se enteraron de la historia detrás del ahora Carolo: “La historia es muy linda, pero triste. Es curioso que el perro es terriblemente cariñoso. Abraza y hay que sacárselo de encima”, dice el hombre.
El día en que fueron a dejar al ahora Carolo, su adoptador y adoptante conversaron durante más de una hora. “Cuándo nos fuimos el ex Negro Triste ni siquiera fue a despedirse. Estaba contento. A poco más de un mes de su adopción definitiva, le hicimos seguimiento, constatando que nuestra elección fue la correcta”, reflexiona Pizarro.

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