Jump to content

Search the Community

Showing results for tags 'paula.cl'.



More search options

  • Search By Tags

    Type tags separated by commas.
  • Search By Author

Content Type


Forums

  • Administración
    • Presentación & Bienvenida Nuevos Fotechitos
  • Premios Fotech
  • Portal Fotech
    • Televisión Chilena
    • Teleseries & Ficción Nacional e Internacional
    • Televisión Internacional por Cable y Plataformas Digitales
    • Área de Ficción Virtual
    • Arte, Cultura y Sociedad
    • Cine
    • Música Nacional y Radioemisoras
    • Música Internacional
  • Mundo Animado & Comunidad Asiática
    • Mundo Animado
    • Mundo Asiático
  • Actualidad, Ciencia, Deportes, Afectividad y Tecnología
    • Actualidad Nacional e Internacional
    • Ciencias, Historia y Naturaleza
    • Deportes
    • Afectividad, Salud y Sexualidad
    • Tecnología, Videojuegos y Diseño Gráfico
  • Ciencias, Educación y Tecnología
  • Pasatiempo
    • Recreo

Calendars

There are no results to display.

There are no results to display.


Find results in...

Find results that contain...


Date Created

  • Start

    End


Last Updated

  • Start

    End


Filter by number of...

Joined

  • Start

    End


Group


Ubicación


Intereses


Facebook


Twitter


Instagram


Skype


Website URL

Found 24 results

  1. Siete consejos para empezar a dibujar, con Catalina Bu Catalinana ilustradora chilena. Trabaja de forma independiente ilustrando libros y artículos de prensa y ha publicado tres libros: dos volúmenes del cómic Diario de un solo, editados por Catalonia en Chile y Tusquets en México, y el libro de actividades Libro Libre (Editorial Hueders). Aquí nos da siete consejos para quienes quieran empezar a dibujar, pero no se animan. Catalina Bu nació en Concepción en 1990 y estudió Ilustración en el Instituto Arcos, donde presentó como tesis el primer borrador de su cómic Diario de un solo, un conjunto de viñetas sobre un jovencito solitario que sufre mucho ante la presión de ser sociable: no quiere celebrar su cumpleaños, no quiere ir a las fiestas de otros, no quiere ni encontrarse con los vecinos en la escalera de su edificio. Probablemente porque se trata de un sentimiento popular, este cómic tuvo mucho éxito y ya va por su cuarta edición. El Solito, como llama a su personaje, es la exacerbación de un aspecto de todos los humanos, y su gracia reside en eso: mientras las personas reales tenemos que saludar a todo el mundo, ir a fiestas y poner buena cara aunque estemos de pésimo humor, El Solito vive en un mundo de fantasía en el que no necesita de otros seres humanos. No le da vergüenza ni le importa arrancar de todo el mundo. Lo hace gustoso. Por supuesto, el paraíso a menudo se le convierte en pesadilla, y su desazón es constante, lo que hace las viñetas mucho más graciosas. Según me dice Catalina Bu, en el dibujo como en muchas otras disciplinas lo importante es empezar. Empezar como sea, con lo que tengas a mano. Dice que ella partió dibujando con un lápiz Bic y papel de impresora, y ese es su primer consejo: Parte con materiales simples y que ya conozcas. Yo suelo comprarme libretas muy sencillas y baratas. Cada vez que compro un bloc carísimo y profesional para acuarelas me estreso tanto que me bloquea: ¿y si me equivoco en todas las hojas y las desperdicio? Al final siempre terminan guardados en mi cajón. Catalina lo remarca: no es necesario comprar acuarelas (que son difíciles de dominar) o papeles delicados (que son muy caros), y esos implementos tampoco te aseguran empezar con más ánimo o mayor disciplina. Es como proponerse salir a correr y comprar todo el equipo: si no eres capaz de salir a correr con tus zapatillas normales, ¿por qué crees que unas zapatillas nuevas y especiales van a traer consigo la disciplina? Su segundo consejo es de una lógica implacable: Dibuja cosas que te gusten. Según Catalina Bu, hay que olvidarse de lo que uno cree que debería ser un dibujo o ilustración: no es obligación hacer paisajes o retratos realistas, porque si esas cosas no te interesan, difícilmente vas a entusiasmarte lo suficiente como para seguir practicando. Dibuja cosas que te gusten. Por ejemplo, comida. ¿A quién no le gustan los completitos? Dibuja uno y hazle una cara. Pienso en las cosas que dibujaría yo: perros, gansos, un pastel. Su tercer consejo es: Suelta la mano, es decir, practicar, y para esto recomienda llevar siempre contigo una libreta y usarla para dibujar cosas que te llamen la atención. Quizás creas que no tienes tiempo para hacerlo, pero puedes dibujar si estás aburrido en la sala de espera del dentista o si tu mejor amiga te dejó esperando. Llena libretas con dibujos de cosas que hay a tu alrededor, sólo para soltar la mano. Por ejemplo: sillas. Son muy divertidas de dibujar y están por todas partes. Para su cuarto consejo, Catalina Bu cita a un famoso: Creo que fue Van Gogh el que lo dijo: las grandes obras son un conjunto de otras más pequeñas. Su consejo es, entonces: Ponte pequeñas metas. En general, los proyectos más grandes no parten con la ambición de ser gigantes, uno va pasito a pasito, y eso ayuda a quitar la ansiedad. Hay que hacer una cosa a la vez: ¿quieres dibujar todos los perros de tu cuadra? Dibuja uno al día. Cuando estaba preparando mi libro, Diario de un solo, me propuse hacer una página a la vez, sin pensar en la totalidad del libro, sino en ir avanzando. De pronto, un día, tenía suficientes viñetas como para publicarlas. Esos son sus consejos en cuanto a práctica y técnica, pero tiene otros, unos que evitarán que, durante el proceso, tengas la moral por los suelos. El primero es: No te compares con otras personas. El mundo está sobrepoblado: querer ser el mejor es una batalla perdida. Siempre va a haber alguien mejor que tú y probablemente sea japonés. Entonces: dibuja para disfrutarlo, porque te gusta. En una isla desierta no tendrías con quién competir y dibujar sería igual de divertido. El siguiente es: Toma talleres con distintos ilustradores. No sólo porque van a enseñarte la técnica, sino porque es un alivio ver que toda la gente, incluso esos dibujantes a los que más admiras, tienen los mismos miedos y frustraciones. Conversamos sobre el trabajo creativo y coincidimos en algo: no es como otros trabajos. No es como hacer la receta de un queque: puedes seguir todos los pasos al pie de la letra y aun así no estar conforme. Por eso dice se necesita de muchos momentos que te inspiren a seguir, e ir a un taller es una buena manera de ver que todos pasan por eso y se sobreponen. Por último, aconseja dedicarse a otras cosas también. Distraéte. A veces paso días frente al computador, esperando a que me lleguen las ideas, y nada. Lo que hago es dejar de esperar a que pase algo y salgo a caminar, me junto con amigos, miro libros de dibujos o leo otros que compré y nunca leí. Olvídate de que estás dibujando por un rato y al volver vas a ver que las ideas aparecen solas.
  2. Esta es mi historia: soy bipolar Este testimonio, de la ingeniera civil de 36 años que aquí llamaremos Francisca, es parte de la sección Esta es mi Historia, que reúne relatos de chilenos comunes y corrientes que vale la pena leer. Por Rita Cox Paula.cl Francisca no es su nombre real, sino el que esta ingeniera civil y traider de una empresa de servicios financieros, casada hace dos años y madre de una niña de dos meses decidió usar como seudónimo para publicar su testimonio. No tiene vergüenza ni pudor de lo que aquí relata como un resumen de sus casi 20 años de infernales altos y bajos antes de ser diagnosticada con un Trastorno Bipolar, en el que de manera crónica hay un estado anímico que va del polo eufórico al depresivo. En su caso, es del tipo 2, marcado por hipomanias y depresiones más largas y profundas. Pero sabe que es muy poco lo que se conoce sobre esta enfermedad mental que incluye episodios serios de manía y depresión, y que la falta de conocimientos puede conllevar prejuicios sobre quien sufre una enfermedad que es posible dominar una vez diagnosticada, tratada por el especialista correcto, con la combinación adecuada de fármacos, y un estilo de vida cuidadoso por parte del paciente. A pesar de contar con los recursos, Francisca demoró demasiados años en dar con un siquiatra experto en bipolaridad que, además de darle confianza y estabilizarla, la ha acompañado en su proceso de embarazo y post parto, etapas delicadas para una mujer bipolar. Este es su primera persona, cuando hoy 30 de marzo de celebra el Día Mundial del Trastorno Bipolar, y cuya fecha obedece al natalicio de Vincent van Gogh. Esta soy yo Me defino como una persona demasiado libre y desestructurada, aunque fui criada en la estructura. Esa ha sido mi lucha permanente. Soy la mayor de cinco hermanos, mis papás siguen casados hasta hoy y son lo máximo, demasiado generosos, pero a la vez muy rígidos, ya que son sumamente católicos. Mi mamá es de los Legionarios de Cristo. Con rígidos no me refiero a horarios o permisos, que siempre tuve. Me refiero a la diferencia entre lo que está bien o está mal. En el contexto en que crecí, si estaba mal, era pecado. Estuve en un colegio católico y siempre fui una excelente alumna, aunque no estudiaba nada. Siempre estuve condicional por conducta y, aunque vivía amenazada, no me echaron gracias a mis notas. Era, además, de las que hacía todas las actividades extra programáticas y fuera del colegio tampoco paraba: andaba en bicicleta, subía cerros, leía muchísimo. ¿Primeras señales? Hasta octavo básico nunca me costó hacer amigas. Pero de repente comencé a sentir que esa forma de ser mía estaba cambiando. No sé si fue una depresión, pero mi autoestima bajó. De extrovertida pasé a introvertida. No me atrevía a acercarme a mis amigas de siempre. Me atormentaba imaginar que pensaran: Qué lata, la Francisca que no tiene nada de qué hablar. Me sentía fea. Usaba frenillos, mi pelo era horrible, mi cuerpo había cambiado y parecía un tubo. Iba a fiestas y nadie me sacaba a bailar. Coincidió con el viaje de estudios al norte. Nadie quería compartir pieza conmigo, entonces me quedaba con las rechazadas sociales. En mi casa hubo varios problemas que se centraban en una de mis hermanas cinco años menor, y estábamos todos en una terapia familiar. La sicóloga identificó que yo también estaba mal y comencé a ir a terapia individual. De un día para otro, la timidez y el malestar desaparecieron. Pero quedó un cambió en mi personalidad. 10 piscolas por noche Salí del colegio y entré a estudiar Ingeniería Civil en la Católica. De un ambiente protegido, donde no fumaba ni tomaba, me puse a tomar y a fumar pitos como enferma. Me iba bien con las notas, funcionaba perfecto en el día a día, pero si salía a carretear, me tomaba 10 piscolas, andaba en piloto automático, manejaba hecha bolsa y amanecía no sé dónde ni con quién. Mis amigas me advertían que tenía un problema, mientras que en mi casa creían todas las excusas que daba por no llegar a dormir. Dos veces a punto de morir Enero, entrando a segundo año de universidad, tenía todo listo para partir al norte con mis amigas. Fui a depilarme en scooter en vez de ir en auto. Agarré tal velocidad que una de las asas del manubrio se salió, me caí y me golpeé la cabeza contra el pavimento. Terminé internada una semana en la UCI con TEC cerrado y tengo pérdida de memoria de lo que ocurrió en la clínica. La conclusión de todos ese momento fue: Ya, la Francisca decidió irse en scooter. Con la experiencia e información de hoy, claramente estaba en una escalada hipomaniaca, acelerada, buscando emociones fuertes, en este caso la velocidad, sin medir consecuencias. Parte también del cuadro es que comencé una dinámica de terminar y volver por teléfono con mi pololo de entonces, que estaba en el norte. Al final del verano, yo estaba en Zapallar y él en Santo Domingo y decidí ir a verlo para arreglar la situación. Me subí al auto, puse un cassette que había grabado especialmente con música para manejar rápido, a 180 km/hr, y partí al campo de una amiga a Llolleo. Esa noche choqué y casi me mato. Llegando a una curva, una camioneta cruzó el bandejón y me chocó. Una vez que mi auto paró de dar vueltas y vueltas sentí que de mi cuerpo brotaba sangre y más sangre, y que un tipo gritaba: La maté, la maté´. Yo imaginaba que era parte de la película Ghost, que estaba muerta, pero comencé a moverme y le dije: ¡Estoy viva!. De ahí me llevaron al hospital más cercano. La alcoholemia salió negativa, pero claramente yo iba manejando a mil. Las cicatrices que tengo en los brazos, son de ese accidente. Eres bipolar A fin de segundo año de universidad me puse a salir con un compañero de por el que moría. Los dos éramos secos para tomar y carretear. Fueron dos años de relación durante los cuales mis notas se fueron a pique, no iba a dar las pruebas, entonces me sacaba puros 1, y no me daba ni la molestia de botar los ramos. La autoestima se me fue al suelo. Cuando terminé esa relación quedé tan mal que decidí que necesitaba ayuda sicológica para salir de lo que pensé que era solo una pena de amor. En medio de la terapia, la sicóloga me dijo que creía que yo era bipolar y me derivó a un siquiatra. Esa primera experiencia fue un fracaso. Tras la primera entrevista, vino una segunda reunión con mis papás, en que él me confirmó el diagnóstico y me dio una lista interminable de remedios. Yo me negué. Desconfié que con solo dos sesiones me medicaran de esa manera. Hasta ese momento solo tomaba un relajante muscular para dormir. Pasé a un segundo siquiatra, que me confirmó el diagnóstico. Ya estaba en cuarto año de universidad. A fin de ese año, en que estuve con su supervisión y yendo a sicoterapia dos veces por semana, me fui a pasar el Año Nuevo a Valparaíso con mi hermana, que tenía problemas con el copete. Se mandó un carrete a otro nivel, que me tuvo toda la noche y la mañana siguiente buscándola hasta en los hospitales, hasta que la encontré simplemente carreteada. Decidí por primera vez dejar de tomar. Por mí y por ella. Para que las dos pudiéramos salir esa dinámica. Fue dificilísimo. Me encanta bailar y sin copete no podía, hasta que descubrí que, si me ponía una cartera al hombro, me atrevía a hacerlo. Un año bueno Entré a quinto año decidida a subir mis notas y efectivamente me fue la raja, pero me sentía demasiado vulnerable. No sé si deprimida, pero sí sensible. Lloraba mucho, andaba cansada. Seguía con sicoterapia y le supliqué a mi siquiatra que me diera algo. Me dio Lamictal, un estabilizador anímico. Además, tomaba ya algo para dormir y un medicamento para controlar la impulsividad. La combinación de medicamentos me hizo bien. Salí con promedio 6 ese año, que en Ingeniería Civil en la Católica es demasiado bueno. Fue un periodo como de meditación y de convento. Sentía que hasta me había revirginizado. El lado B es que el por un buen tiempo el Lamictal bajó la intensidad con que sentía las cosas que en general siempre me habían hecho disfrutar: irme manejando rajada a la playa escuchando música a todo chancho, por ejemplo, para mí era un éxtasis y ya no me pasaba nada con eso. Lloraba de desesperación por no vibrar. Fin de la estabilidad Después de más de un año medianamente estable y sin tomar, y de haber bajado 7 kilos de puro copete, partí con una amiga a Madrid para hacer una práctica profesional de un mes y luego viajar por España. En total fueron tres meses y en la última parte comencé a comer de manera compulsiva. Comía Kit-Kat todo el día. La última parada, antes de regresar a Santiago, fue en Islas Canarias, donde ya no pude más con la abstinencia. Una noche dejé a mi amiga durmiendo y salí sola, me lo tomé todo, me acosté con un alemán sin condón en la playa y regresé a Santiago con 10 kilos demás. Nuevamente comenzó la dinámica del carrete de lunes a lunes, de que me fuera pésimo en la universidad, de hacer puras estupideces, aunque seguía funcionando. Entre medio me fui a Isla de Pascua, y lo mismo: carrete, copete, me metí con un tipo de la isla con el que terminé cazando, como le dicen ellos a pescar, tomándonos una botella de pisco entre los dos y tirando sin condón en una cueva. Después estuve con otro tipo, también sin condón, de quien luego se rumoreaba tenía sida. Frente a esos episodios, no sentí jamás autocensura, tal vez sí miedo al sida, a quedar esperando guagua, pero jamás sentí arrepentimiento, porque lo había pasado demasiado bien. En ese contexto terminé la universidad. La carrera de seis años la saqué en ocho y uno de los ramos me lo eché tres veces. Hasta entonces, a pesar del diagnóstico, no entendía que todo todos esos episodios, o ese nivel de carrete, eran parte de los momentos hipomaniacos de la bipolaridad. La adrenalina de la plata Salí de la universidad a trabajar a la mesa de dinero de un banco. Un trabajo increíble si eres bipolar, porque estás en una montaña rusa de las 8:30 a las 13:30 hrs, de lunes a viernes. Yo estaba en llamas. Tenía clientes corporativos que movían muchísima plata. Una vez me tocó mover 270 millones de dólares para una minera y cuando cerré el negocio fue sentir como si la plata hubiese pasado a través mío. En ese tiempo pololeaba con un tipo que terminó siendo un celópata. Terminé esa relación y entré en una etapa en que lo único que hacía era trabajar y estudiar durante los fines de semana. Me compré todos los libros y estudié todo sobre Ingeniería Financiera. En eso estaba cuando comencé a salir con otro tipo. La relación partió sin ningún compromiso, pero comenzó a hacerme mal. Decidí terminar, pero me lo encontré en una fiesta, donde me lo bailé todo, me lo tomé todo y no sé cómo desperté en su casa al día siguiente. Esa mañana tenía que ir al banco y en la tarde tenía libre para cambiarme a vivir sola. Terminé tan carreteada que tuve que llamar a mi jefe para decirle que no podía llegar a trabajar. Y tuve que contarle todo a mi mamá, que me dijo que teníamos que hacer algo. Para mí ese algo era parar el alcoholismo. Para mí aún no se trataba de un problema que era parte de la bipolaridad. Alcoholismo Con una siquiatra experta en adicciones, que trataba a mi hermana, comencé un tratamiento para dejar de tomar. Me sacó el Lamictal y me dio Topamax, estabilizador anímico que se usa para la adicción al copete. También dejé de tomar Lorazepam, que era para dormir. Después de meses sin tomar, de sentirme cansada, de cambios dentro del trabajo, de no poder concentrarme en las cosas más simples, de llegar agotada al fin del día, caí en una depresión. Me sentaba frente al computador y sentía que la yugular me latía. Mi departamento era una inmundicia. Solo comía cereales de chocolate y leche. Sentía angustia todo el día. Angustia de pensar en que me iba a morir. No dormía. Renuncié al trabajo. Otra ola de atracones Aunque sin trabajo, tenía un viaje programado a Los Angeles, Estados Unidos, que concreté. Iba a hacerlo sola, pero como estaba mal, me acompañaron mi mamá y mi hermano. Antes de partir, mi mamá me sacó del departamento en que vivía sola, porque ya era un asco y, como no estaba durmiendo nada, me medicaron Quetiapina, que se usa en el Trastorno Bipolar. Hay gente que duerme bien con 25 mg. Yo llegué a tomar 300 mg. Ya en Estados Unidos estuve como un zombie hasta que en Las Vegas me subí a una montaña rusa y volví a sentir adrenalina, emoción. Eso cambio mi ánimo. Me quedaba una semana más antes de partir a España y empecé a sentirme mejor. A disfrutar. La cuestión es que llegué a España y comencé a comérmelo todo. A la mitad de la noche arrasaba con chocolates, cereales con leche, pan con huevo, pan con palta. En tres semanas engordé siete kilos. Llegué a Santiago, partí a Máncora para un feriado, y engordé otros cuatro. Hasta ese momento no asociaba los atracones con los efectos de la Quetiapina. Voy a bailar con Madonna Después de esa etapa, me sacaron la Quetiapina, me metí a como tres clases en la academia de los Power Peralta y me obsesioné con el baile. Iba de lunes a viernes dos horas diarias. Bajé todos los kilos y estaba con una facha espectacular. Me sentía increíble, que bailaba la raja y decidí irme a Nueva York a estudiar baile. Voy a formar parte del cuerpo de baile de la Madonna o de quien sea, me dije. Antes de partir, celebré mi cumpleaños 31, en que me gasté la vida. Invité a 180 personas, con todos los tragos, el DJ más caro, todo desproporcionado. Señales de la hipomanía, al igual que un cambio en la forma de vestir. Estaba pegada con las tachas, las cruces, la ropa apretada. La gente me aplaudía el look y mi familia estaba feliz porque lo interpretaba como que estaba tirando para arriba. Partí a Nueva York y una amiga que vive allá me consiguió unas entradas ultra VIP para ver a Madonna en el estadio de los Yankees. Iba por 10 días y terminé un mes y medio, gastándome toda la plata de las tarjetas, comprándome zapatos con tachas de mil dólares y una chaqueta BCBG edición limitada de cuatro mil dólares. Volví arruinada económicamente y tuve que pedirle ayuda a mi papá. Busqué trabajo y entré a trabajar como traider en una corredora de bolsa. Me internan Al poco tiempo de entrar a trabajar, comencé a bajonearme y tuve que pedir una licencia por depresión. Fue una depresión muy fuerte, de no levantarme de la cama, de estar con el pelo hecho una maraña, de llorar todo el día, de no contestarle el teléfono a nadie. La siquiatra me diagnosticó distimia: un estado prolongado de depresión. Pensé en la idea de suicidarme. Rezaba para que fuera de noche, que era cuando me sentía menos angustiada. Despertar en la mañana era un horror. Es cuando mi sicóloga me dijo que lo mejor era internarme. No solo por las ideas suicidas. En un ambiente controlado íbamos a probar nuevas combinaciones de medicamentos. Después de superar lo que temía sería el estigma de estar internada, junto a mis papás decidimos que era lo mejor. Estuve 10 días en una clínica especializada, que hoy recuerdo como un paréntesis obligado para poder andar como el zombie que era. Me hice amiga de una niña bipolar, como yo, y otra con problemas de adicciones de todo tipo. A diferencia de ellas, yo andaba con chaperona que me acompañaba 24/7, incluso al baño. Cuando salí de la clínica, la siquiatra me contó que uno de los medicamentos que había incluido era la Quetiapina, que me provocaba las comilonas, y que habíamos pactado no incluir antes de internarme. Me sentí traicionada. Fuera de la clínica comencé nuevamente con los atracones. Llegué a comerme sola una torta tres leches y vomitar sobre la cama. Engordé 18 kilos. Un nuevo siquiatra En 2013 estaba en este nuevo hoyo cuando una amiga me dio el nombre del siquiatra que me salvó y que me ve hasta hoy. Especialista en depresión y trastorno bipolar. Después de las tres primeras sesiones me confirmó el diagnóstico, pero me advirtió que el tratamiento no estaba bien dirigido. Comenzó todo un proceso de sacar y agregar paulatinamente medicamentos. Dejé la Quetiapina, comencé a bajar de peso y no sé si a sentirme genial, pero sí bien para volver a trabajar. Volví después de seis meses de licencia. Ese mismo día me echaron. Vino un periodo largo en que nada de nada me motivaba y apareció la posibilidad de viajar al Sudeste Asiático con mi hermana. Ella compró los pasajes, planificó todo, me armó el bolso. Partí con autorización del siquiatra y su supervisión vía mail. Fueron tres meses en que me controlaba los remedios, me iba subiendo o bajando las dosis. Durante la primera parte del viaje mi hermana tenía que despertarme y hasta empujarme hasta la ducha. Terminé disfrutando, con curiosidad de conocer, de investigar qué lugares visitar. Volví a Santiago muy bien y el siquiatra me dice que ya es tiempo de quitarme el último antidepresivo. Como estaba bien, le rogué que no lo hiciera. Fue un error. Hipomanía en París Sin trabajo, sintiéndome bien, y con el antidepresivo, comencé una nueva etapa hipomaniaca que divido en dos etapas. En la primera, ya con miles de nuevas ideas en la cabeza que es uno de los pródromos o síntomas típicos acompañé a una tía que vende tapices, a unos remates en París. Mi idea era comprar un par para vender en Santiago. Antes de partir, mi siquiatra, que cachó que yo andaba acelerada, la llamó para advertirle sobre los cuidados: acostarme y levantarme temprano, evitar los lugares con muchas luces y estímulos. Y tuve que entregarle todas mis tarjetas de crédito y débito. Regresé a Santiago y unas semanas después, volví a París, sola. Ya no para comprar dos tapices, sino 15. Pero también me gasté toda la plata en ropa. Me compré unos zapatos Balenciaga y me comencé a vestir entera de cuero y de piel, en tonos blanco, negro, café o gris. Me clonaron las tarjeras, tuve que pedir plata prestada, terminé carreteando con unos argelinos que vivían en unos guetos en las afueras de París. Terminé teniendo alucinaciones o, como dice mi siquiatra, seudopercepciones. Pensé que me había vuelto loca. El siquiatra me recomendó volver a Chile de inmediato, me advirtió que podía terminar internada allá. Partí al aeropuerto esa misma noche, sin plata en las tarjetas, hasta que pude habilitar una. Me compré un pasaje en primera clase. El error había sido no sacar el antidepresivo. Es muy delicado el tratamiento de un bipolar, porque sales de la fase depresiva, subes, pero no puedes subir mucho, o entras en hipomanía (que me han durado entre dos semanas a dos meses). Luego, para hacerte bajar, los remedios me tiran, te demuelen. Tomar litio Hasta fines de 2014, cuando se produce mi última crisis de depresión, nunca había tomado litio. Tenía un montón de objeciones. Pensaba que engordaba, que ponía la piel seca y que se me iba a caer el pelo. Lo relacionaba a la típica frase: A esta mina le falta litio. Pero después de una etapa buena, estable, durante dos o tres días empecé a dormir poco; un síntoma típico mío de cuando estoy entrando en una fase hipomaniaca, junto con manejar rápido, a tener un poco más de ideas y hablar rápido. Llamé a mi siquiatra muy asustada y me dijo que me iba a dar litio, el ´rey de los estabilizadores anímicos´. Me advirtió que no iba a engordar, pero que me podía salir acné. Tomo desde ese día. Solo lo interumpí durante los tres primeros meses de embarazo de mi hija. El litio me cambió la vida. He tenido episodios en los que me he dado cuenta de que quizás puedo estar entrando en una fase depresiva, maníaca o hipomaniaca, pero eso lo controlo con el estilo de vida de mi siquiatra me ha indicado. Casarme y ser madre A mi marido lo conocí en 2013 y nos fuimos reencontrando varias veces durante mi proceso de crisis depresivas y maniacas. Hasta que nos volvimos a encontrar en 2015 y me preguntó sobre qué era lo que me había pasado durante todos esos años. Le conté que era bipolar. Al principio se asustó, se alejó. Hasta que comenzamos a pololear y se produjeron episodios en que vi claramente que él entendía de qué se trata esta enfermedad y me cuidaba. A los pocos meses ya planificábamos nuestro matrimonio. Yo con 35 y él con 40 años, decidimos ser padres al poco tiempo de casarnos. Antes de embarazarme, con mi siquiatra hablamos harto de temas técnicos de la maternidad, de los medicamentos en el embarazo y la lactancia. Una persona cuyos padres no tienen antecedentes de trastorno bipolar, tiene un 4% de posibilidades de ser bipolar. Cuando hay un padre que tiene antecedentes, ese porcentaje aumenta a un 8% y si los dos tienen antecedentes sube a un 25% de posibilidad. Esos datos me aliviaron. Después de 7 meses de matrimonio, quedé embarazada. Por un asunto protocolar, dejé el Lamictal y el litio. Solo me quedé con 0.5 de Ravotril. El embarazo Sin medicamentos tuve susto de lo que pudiera pasar, porque la probabilidad de una recaída era muy alta. Me cuidé mucho: dormí bien, caminé harto, comí bien, bajé mis revoluciones en el trabajo. Pero andaba sensible a morir. Mi marido me aguantó en todo. Terminado el primer trimestre del embarazo comencé a ponerme media hipomaniaca. Llamé a mi siquiatra y, como estaba justo entrando en la semana 14, pude retomar el litio y subí el Ravotril. Logré bajar las revoluciones, empecé a dormir mejor, aunque de un control ginecológico a otro subí 10 kilos, entonces nuevamente tuve que subir la dosis de Ravotril y el doctor me advirtió que para el momento del parto lo ideal es que estuviera 48 horas sin haber tomado Ravotril y, como estaba estable, particularmente para el parto me suspendió el litio cinco días antes de la semana 40. El acompañamiento del siquiatra Durante mi embarazo empecé a hablar más con mi siquiatra de cómo iba a ser la maternidad. Me di cuenta de que él me había preparado para el peor escenario posible: el emocional de no poder amamantar. Existía la opción de dejar el litio y hacerlo, pero la descarté. Y ahí se abrió la puerta para que todo el mundo se metiera a opinar sobre lo que es mejor para la guagua, el apego, el coeficiente intelectual, etc. No di pecho para no traspasarle el litio a mi hija, también porque cuando eres bipolar debes cumplir con un horario como de escolar: te acuestas a una hora, duermes ocho horas, te levantas, haces actividades, vas a trabajar y luego te vas a acostar. Entonces, el sueño no puede ser interrumpido. Cuando nació mi hija, le di calostro y un par de días la amamanté. La última vez fue demasiado emocionante. Yo con ella, mirándola a los ojos, yo llorando no sé si de alegría o tristeza, pensando en ella. Fue un momento corto, pero súper power. Después de todo lo vivido, jamás pensé que yo podría tener una pareja estable y menos ser madre.
  3. Cuando el abuso sexual lo comete un niño Si se habla de abuso sexual infantil, la imagen que tenemos es la de un adulto perverso. Pero en Chile, un tercio de los casos son cometidos por otro menor o por un adolescente que, muchas veces, es el hermano, el primo o el vecino del abusado. ¿Qué hacer cuando el victimario es apenas un niño? Por Consuelo Terra / Producción: María Eugenia Ibarra Paula 095. Como todos los sábados, Amanda (38 años, su nombre, y el de sus hijos, ha sido cambiado) se levantó muy temprano para ir a comprar a la feria. Cuando salió de su casa en Peñalolén, su hijo Pedro, de 13 años, y sus hijas Camila, de 9, y Anita, de 5, todavía dormían en el segundo piso. Su marido, Jorge (48), se quedaría cuidándolas. Una hora después Amanda dejó las bolsas cargadas de frutas en el mesón de la cocina y subió a despertar a sus hijos para darles desayuno. En el pasillo se encontró con Pedro saliendo apurado de la pieza de Anita. Saludó a su mamá sin mirarla. Por la puerta entreabierta Amanda vio a la niña de 5 años poniéndose la parte de arriba de su pijama. Algo no le cuadró a Amanda en esta escena. Siguió a su hijo y le preguntó qué había pasado, él respondió que nada. Fue adonde su hija y le preguntó qué estaba haciendo Pedro en su pieza. La niña se quedó callada. Su madre insistió, preguntándole suavemente. Estábamos jugando, le dijo Anita. Y le explicó que era un juego en que Pedro la tocaba. A Amanda se le apretó el estómago. No podía ser. Pedro tenía solo 13 años. Quizás estaba malinterpretando las cosas. ¿Dónde te tocó?, le preguntó, tratando de mantener un tono de voz tranquilo. Aquí, le respondió Anita en voz muy baja, señalándose el pubis. Y miró a su mamá con miedo. Amanda no alcanzó a pensar. Abrió de un portazo la pieza de Pedro y se abalanzó sobre él pegándole manotazos. ¡¿Por qué le hiciste eso a tu hermana?! ¡Tiene cinco años!, le gritó, mientras Pedro se ovillaba sobre su cama y se protegía la cabeza con los brazos, llorando y pidiendo perdón. Con el alboroto, llegó su marido a preguntar qué pasaba. Al enterarse, zamarreó al niño y le habló duramente: ¿Por qué te aprovechaste de tu hermana chica? ¿Qué pasaba por tu cabeza?. No sé, no sé porqué lo hice perdón, repetía Pedro. Les aseguró que había sido la primera vez. Amanda, preocupada, fue a corroborar con Camila, su hija de 9 años, si Pedro alguna vez la había tocado y ella le juró que nunca. Jorge y Amanda se miraron con la misma pregunta en la cara: ¿Qué hacer? ¿Pedirles consejo a sus propios padres, a sus hermanos? No, por ningún motivo, señalarían a Pedro con el dedo, vigilarían cómo se comportaba con sus primitos cuando hubiese una reunión familiar. ¿Denunciarlo a Carabineros? ¡Al propio hijo!, ¡tan chico! ¿Llevarlo al doctor? Yo estaba destrozada. Apenas podía mirarlo, relata ahora Amanda. No entendía nada. Pedro era mi regalón, un niño atento y cariñoso. No sabíamos cómo enfrentar lo que estaba pasando. El lunes Amanda visitó a un siquiatra para pedirle asesoría. El profesional les restó importancia a los hechos: Esos juegos sexuales son lo más común que hay entre hermanos, le dijo, quédense tranquilos. Esa tarde, ya más calmados, ambos padres hablaron seriamente con su hijo. Le explicaron que la situación no podía repetirse jamás, le manifestaron su sorpresa y su enojo y, para que no quedaran dudas, lo castigaron con un mes sin salir de la casa después del colegio, sin jugar fútbol, sin internet y sin tele. Pedro prometió que nunca más lo iba a hacer. Confiaron en que habían actuado a tiempo y del asunto no se habló más. Era demasiado doloroso recordarlo. Pero sí redoblaron la vigilancia. Amanda se preocupaba de que ella o Jorge estuvieran presentes en la casa cuando Pedro llegaba del colegio para que no se quedara a solas con sus hermanas. Monitorearon los comportamientos de Anita: no parecía angustiada ni con cambios visibles después del episodio. Cada tanto, le preguntaban si había vuelto a pasar algo. La niña decía que no. Pasaron los meses. Pasaron los años. Pedro entró derechamente en la adolescencia y presentó a sus primeras pololas. El incidente estaba superado. Hasta que un día, Anita, ya de 8 años, se comportó especialmente triste y ausente. Interrogada una y otra vez por su madre acerca de qué le ocurría, de pronto la niña, entre llantos, confesó: Volvió a pasar. Volvió a pasar con Pedro. Amanda abrazó a su hija y tratando de aguantar sus propias lágrimas, le preguntó, lo más delicadamente que pudo, detalles sobre lo ocurrido. La niña contó solo de tocaciones. Encaramos a Pedro, por cierto, pero a estas alturas mi marido y yo sabíamos que con eso no bastaba, recuerda Amanda.Se nos vinieron encima todos los miedos. ¿De qué sería capaz nuestro hijo más adelante?, ¿por qué actuaba así?, ¿cómo ayudarlo?, ¿cómo proteger a nuestra hija? Nos sentíamos completamente abatidos. Justo esa semana Pedro tenía que someterse a una cirugía menor y debía pasar la noche hospitalizado en el Hospital Calvo Mackenna ¿Cómo dejarlo solo en una sala llena de niños?, ¿debía advertirles a los doctores? Era atroz. No nos atrevíamos a dejar a Pedro solo ni a sol ni a sombra. Lo que salió a la luz Aunque el caso de Pedro parezca inconcebible, no es aislado: el año pasado, en Chile, según el Ministerio Público, 1.111 jóvenes entre 14 y 18 años fueron acusados de perpetrar abusos sexuales. De ellos, 211 fueron condenados a cumplir sentencias en centros de reclusión juvenil o a penas no privativas de libertad. Si la cifra sorprende, lo cierto es que no es nueva. Según expertos, se calcula que un tercio de los abusos sexuales infantiles son cometidos por adolescentes o, incluso, por niños de 12, 11 y hasta 9 años. Siempre ha sido así, solo que antes los adolescentes agresores no eran requeridos por la justicia y menos sometidos a tratamiento. Pero desde que en 2007 se fijó la edad de responsabilidad penal en 14 años, estos casos salieron a la luz, dice la doctora Laura Germain, directora de la Fundación de Prevención de Violencia Infantil (Previf), pionera, en 2002, en crear el primer programa de tratamiento para jóvenes y niños que han abusado sexualmente. El grave problema es que la sociedad no está preparada para asumir que un agresor sexual puede ser un menor de edad. No sabemos cómo actuar y no hay centros especializados suficientes para tratar a niños agresores. Aparte de Previf, solo hay otros dos en Chile: Trafún, de la ONG Paicabí, en Viña del Mar, que desde 2004 atiende a menores de 14 años, y Meninf, creado en 2003 por la Policía de Investigaciones. Todos están copados. No dan abasto. En este momento tenemos a 30 niños en lista de espera dice Nelly Navarro, directora del Centro Trafún. Nos han enviado chicos de Antofagasta, de Isla de Pascua y los internan en hogares de acá, totalmente desarraigados y solos, para que reciban terapia. El director de Sename, Rolando Melo, reconoce el déficit: Nuestra prioridad ahora es crear nuevas plazas para las 1.300 víctimas de abuso sexual que están en listas de espera de programas de reparación. Para los jóvenes agresores sexuales abriremos este año un nuevo centro en Chiloé. Aún así estamos sobrepasados. La consecuencia de esta situación es graficada así por Iván Zamora, director de la ONG Paicabí: Estamos frente a un dilema ético: ¿a este chico que abusó de su hermana lo vamos a sacar de su casa y llevarlo a un hogar del Sename o condenarlo judicialmente sin darle tratamiento? Claramente no, pero es lo que está ocurriendo. Estos niños deben ser tratados pues aún están en etapa de desarrollo y pueden ser recuperados. El gran riesgo de no hacerlo es que se profundicen sus conductas abusivas. Es urgente fortalecer la oferta pública y privada de intervención especializada en Chile. Tienes que irte de la casa El calvario que vivió la familia de Pedro lo demuestra. Después de mucho preguntar buscando asesoría, Amanda llegó con sus dos hijas a Cavas Metropolitano, el Centro de Atención a Víctimas de Atentados Sexuales de la Policía de Investigaciones (PDI). A las dos niñas las pusieron en terapia. La asistente social trató de convencer a Amanda de que denunciara a su hijo, pero ella se negó. Quería ayuda para él. En Cavas le prometieron buscar un lugar que lo atendiera pero, mientras tanto, le advirtieron, debía sacar a su hijo inmediatamente de la casa o las niñas seguirían expuestas. Amanda y Jorge le pidieron a una tía que se llevara a Pedro a vivir con ella. El niño partió con sus útiles del colegio, su cama y su televisor. Pero se fue entre comillas, porque casi todas las noches comía en el hogar familiar, compartía con ellos los domingos y veía regularmente a sus hermanas. Les rogaba a sus padres que lo dejaran volver. A ellos se les partía el corazón. Para completar el cuadro, Anita sentía que por su culpa el hermano estaba exiliado. Recién después de seis meses, una asistente social de Cavas le encontró a Pedro un cupo para tratarse en Previf. Él se resistió. Sus padres lo llevaron prácticamente a la rastra. En la primera sesión, la terapeuta fue tajante: Nos dijo que Pedro tenía que irse de frentón de la casa. Nada de domingos con nosotros, ni de ver a sus hermanas. La idea, nos explicó, era que él tomara real conciencia de que lo que había hecho era gravísimo y que tenía consecuencias severas. Nos dijo: La primera obligación de ustedes es proteger a sus hijas. O se va Pedro o hago un informe a tribunales para mandar a las niñas a un hogar. Ahí me tembló la tierra, recuerda Amanda. Pedro perdió el derecho a compartir con su familia. Fue una etapa durísima para todos. Aunque Amanda y Jorge lo visitaban continuamente, el niño se deprimió. Lloraba constantemente, bajó las notas en el colegio y estuvo al borde de ser echado. Pese a que iba a terapia todas las semanas, seguía empecinado, en cada sesión, en no hablar del tema. La sicóloga nos decía que él tenía una postura de niño mimado, no se responsabilizaba por nada. No quería poner de su parte, resume Amanda. No fue sino hasta que llegó una orden de los Tribunales de Familia para llevarse a las niñas al hogar María Ayuda, que Pedro cambió. El Cavas había enviado un informe a tribunales y el juez había resuelto que Anita y Camila no estaban protegidas por sus padres y debían irse. Vinieron los carabineros a buscarlas y yo no entendía nada, cuenta Amanda. Fue terrible. La familia se destrozó. Las chicas pasaron varios meses en el hogar de menores, pero el impacto hizo que Pedro despertara: angustiado por sus hermanas, se comprometió a fondo con la terapia. Por primera vez, reconoció el daño causado. El primer reencuentro de Pedro con las niñas fue en el hogar de menores. Ellas no lo veían hace más de un año y, Camila, la mayor, corrió a abrazarlo y darle besos. Con Anita se sonrieron y se saludaron tímidamente. Pedro estaba muy emocionado. Le pidió perdón a su hermana, delante de todos nosotros, por haberle faltado el respeto en lo más íntimo. También nos pidió perdón a Jorge y a mí, relata Amanda. Muchos niños y adolescentes que agreden sexualmente han sido víctimas. 37% de loa que llegan a nuestro centro sufriero abuso sexual. 20% ha sido violado. 41% vivió maltrato físico. 32% ha sido víctima de bullying dice el sicólogo Rodrigo Medina del programa Menine. Comenzaba la sanación. Después de un año y medio de tratamiento, en febrero de 2010, lo dieron de alta. Según sus terapeutas, ya no había peligro de que reincidiera. Había madurado, era más afectuoso, reconocía sus errores y la sicóloga nos dijo que él había internalizado que ya no podía cometer esos actos, cuenta Amanda. Seis meses después, en agosto, los Tribunales de Familia autorizaron el regreso de las niñas. Pedro volvió para Navidad. El proceso de reconstituirnos como familia nos tomó bastante tiempo, revela Amanda. Para Anita fue muy difícil. Aunque estaba contenta de tener a su hermano de vuelta, me miraba mucho si se acercaba a Pedro a preguntarle alguna cosa. Le costó soltarse. Ella fue la última en terminar su terapia. Ella era calladita, sumisa, y tenía que ganar herramientas para poner límites y entender que nadie debía pasarla a llevar. Hasta que aprendió a sacar su voz. Tres años después de la debacle, Amanda resume: Estoy demasiado feliz de verlos al fin a todos bien. Y soy muy consciente de que si no fuese por las terapias quien sabe qué habría ocurrido y cuál hubiese sido el destino de Anita y de Pedro. Pero ojalá yo, como madre, hubiese tenido la información sobre adónde acudir en busca de ayuda para mis dos hijos cuando ocurrió el primer abuso. ¡Nos hubiéramos ahorrado tantos sufrimientos!. Cómo enfrentar lo que no se quiere ver ¿Frente a qué señales deben preocuparse los padres? ¿Cómo diferenciar un juego de exploración sexual normal en la infancia de un abuso? Lo que distingue una agresión sexual es que no hay un consentimiento mutuo entre dos iguales. Existe una relación de sometimiento de un niño sobre otro, un abuso de poder, y diferencias grandes de edad, afirma Salvador Arredondo, de la ONG Paicabí. También hay distintos niveles de violencia y gravedad en los abusos. Un niño de 11, 12 o 13 es más probable que realice tocaciones. Pero en los adolescentes de 14 o 16, a veces hay intimidación y fuerza, incluyendo violaciones, advierte Laura Germain. Las razones para que un menor de edad abuse son múltiples: en gran parte de los casos, los niños agresores han sido, antes, también víctimas de abuso; en otras, son jóvenes que han recibido una sobreestimulación sexual, como el acceso a pornografía, a una edad en que su sexualidad está en formación. Pero, según los especialistas, no hay un perfil definido ni un solo factor desencadenante. Ocurre en todos los estratos sociales y en todo tipo de familias. Cuando el daño ya está hecho, la terapia integral, a toda la familia, es indispensable para reparar. Lo peor es tratar de tapar el problema, o no creerle a la víctima. Hay padres que ponen las manos al fuego por su hijo y se niegan a admitir que cometió un abuso. Si se descubre una agresión sexual, hay que buscar ayuda especializada inmediatamente, señala Laura Germain. Mientras antes se intervenga, mejor. Respecto si el niño agresor debe salir del entorno cercano del abusado, el criterio de los especialistas es tajante: si ambos viven en la misma casa, aunque sean hermanos, hay que sacar inmediatamente del hogar al adolescente que abusó. Puede parecer duro, pero es absolutamente necesario. Lo explica Laura Germain: No basta con que el niño agresor esté en la pieza del lado y vigilado por los padres, porque el menor abusado necesita que se le reconozca su condición de víctima y se le proteja. Al niño que agredió también hay que protegerlo, pero por separado. Es difícil sacar de la casa, por ejemplo, al propio hijo, pero es el único camino en estos casos. Sobre si se debe denunciar o no a un menor, la ley es clara: cualquier situación de abuso sexual, incluso si los agresores son niños, debe ser denunciada. De hecho, los profesionales de salud, profesores y funcionarios públicos están legalmente obligados a hacerlo en un plazo de 24 horas tras conocidos los hechos. Pero más allá de la obligación legal, los especialistas han advertido que seguir los pasos judiciales es indispensable en el proceso de reparación y sanación. Cuando comenzamos a trabajar en esto éramos reticentes a denunciar, porque queríamos proteger a los menores, cuenta Nelly Navarro, directora del Centro Trafún, pero nos fuimos dando cuenta de que es mejor hacerlo, porque un abuso sexual nunca debe quedar en la impunidad ni en el secreto. Tiene un efecto sensibilizador en el agresor, porque el niño toma conciencia de que lo que hizo es un delito. Y también es reparador para la víctima, señala. El caso de Matías Le pasó a Matías (su nombre ha sido cambiado) en noviembre de 2010, cuando tenía 12 años. Estaba tomando el té en su casa, cuando escuchó que la vecina chillaba a gritos: ¡Matías es un pedófilo!. Se le congeló la respiración. Se acordó de lo que había pasado tres días antes, cuando la vecina había dejado a Roberto, su hijo de cuatro años, al cuidado de su mamá mientras hacía un trámite. Entonces él había llevado al niño al piso de arriba a jugar play-station. Allí, le había pedido a Roberto que se bajara los pantalones. Tras conversar con la vecina, la mamá de Matías entró corriendo a la cocina y encaró a su hijo: ¿Es cierto lo que me cuenta la vecina, Matías, es cierto?. Él lloró, confesó y dijo mucho más. Le contó a su madre que, cuando tenía 5 años, el hijo de 15 años de una amiga que solía venir de visita, había hecho lo mismo con él. Matías fue demandado en Tribunales de Familia por la madre del niño abusado. Por ser menor de 14 años no fue imputado de delito, pero el juez ordenó que saliera por unos meses de la casa de su mamá y viviera con su abuela, en una parcela de la Quinta Región. También ordenó que recibiera terapia semanal en el centro Trafún. Los primeros meses fueron un caos. A Matías le vino depresión. Según él mismo cuenta pasaba llorando en la parte de atrás de la parcela de mi abuela, pidiéndole perdón a Dios. Hoy, después de 15 meses de terapia, Matías volvió a la casa familiar, aunque los vecinos nunca más les dirigieron la palabra ni a él ni a su madre. El niño, que ahora tiene 13 años, resume así su proceso: Nunca pensé que iba a recuperarme de esto, fue una decepción enorme que le di a mi familia y tenía miedo de que no me quisieran más. Además, nunca le había contado a nadie lo que me había pasado cuando chico y no sabía con quién hablar. Pero en la terapia me enseñaron a expresarme, a tener confianza con mi mamá y a ser responsable. Por eso quiero entregar ahora mi experiencia, para que otras personas sepan que se pueden superar. La reparación Cuando un adolescente que ha cometido abusos llega a terapia, lo primero es lograr que reconozca lo que hizo, lo que le causa mucha vergüenza. Se le hace entender que su agresión provocó un daño en el otro niño. También hablamos de la etapa de adolescencia en que están, cómo puede canalizar sus impulsos sexuales y desarrollar habilidades sociales para tener amigos, pololear, integrarse. Es un tratamiento con mucha reflexión y discusión con ellos, explica Rodrigo Medina, de Meninf. Como cierre del tratamiento, el adolescente tiene que llegar a pedir perdón. A veces es una carta simbólica que se lee frente al terapeuta. Si están las condiciones, se disculpa frente a la víctima y su familia. También los preparamos para la posibilidad de que no los perdonen. Es legítimo que la víctima decida si quiere o no perdonar y cuándo, acota Laura Germain, de Previf. La efectividad de estas terapias es contundente. En Meninf y en Paicabí han atendido a unos 600 niños y adolescentes que cometieron abusos sexuales y, a dos años de ser dados de alta, solo 5% ha reincidido. Es muy pronto todavía para saber los efectos de largo plazo, pero estudios internacionales arrojan una tasa de éxito del 90 por ciento. Al intervenir tempranamente, no solo reparas a un adolescente. También previenes que, a futuro, otros niños sean víctimas de abuso sexual, dice Iván Zamora, director de la ONG Paicabí. Por eso reiteramos: nunca esconder el problema, y buscar ayuda cuanto antes. Para colaborar con la Fundación de Prevención de Violencia Infantil, ingresa aquí. Qué hacer, en cinco pasos Si una persona es testigo o sabe que un menor de edad agredió sexualmente a otro niño, esto es lo que los especialistas aconsejan hacer: 1. Separar al abusador de la víctima. Es la primera medida, inexcusable, sean los niños hermanos, primos, amigos, compañeros de curso, vecinos. 2. Buscar inmediatamente ayuda especializada tanto para el agresor como para la víctima. 3. Si se trata de un abuso reciente, constatar lesiones en cualquier establecimiento de salud público o privado. 4. La ley exige denunciar. Además, es necesario para la reparación de la víctima y para toma de conciencia del abusador. Si el agresor es menor de 14 años se debe acudir a una OPD (Oficina de Protección de Derechos) de Sename o un juzgado de familia. Si es mayor de 14 años, denunciar en Fiscalía, Carabineros o en la Policía de Investigaciones. 5. Hacer una terapia efectiva, en familia y con contención, tanto para el agresor como la víctima. Los tratamientos son largos, pero en esta etapa de la vida muy efectivos. Recuerde que usted está previniendo un daño mayor y entregándoles al agresor y a la víctima una mejor oportunidad de vida. Testimonio completo La ONG Paicabí tiene en Viña del Mar un centro especializado en dar tratamiento a menores de 14 años que han realizado prácticas sexuales abusivas con otros niños. Han atendido a más de 300 chicos de 13, 12, 11, e incluso 10 y 9 años. En el mismo sofá que ocupa desde hace 15 meses en sus sesiones de terapia, está Matías, un adolescente de 13 años que no llega al 1,60 m de estatura y recién está cambiando de voz. De pelo castaño corto, cara tierna y vestido con un buzo del colegio, se sienta bien pegado a su mamá, Carmen, mirando el suelo, casi escondiéndose detrás de ella. Está nervioso. Su mamá también. Es que lo que tienen que contar no es fácil. Para proteger su identidad, sus nombres fueron cambiados. Me llamo Matías y tengo 13 años. Empecé este tratamiento en enero del año pasado y cuando vengo es con mi mamá, porque me siento protegido y acompañado, no me gusta venir solo. Este testimonio es para compartir con otras personas cómo me fui recuperando y me hice responsable del error que cometí una vez. Porque fue un abuso, empieza. Fue hace un año y medio. Matías recién había cumplido 12 años. La vecina trabajaba y a veces dejaba a su hijo de cuatro años al cuidado de Carmen, la madre de Matías. Esa tarde, Matías y el pequeño vecino se quedaron solos en el segundo piso, jugando Play Station. Su mamá y su hermana de 17 años estaban abajo, encerando. Lo que pasó fue que le dije que se sacara la parte de abajo del pantalón. Lo toqué ahí. Y fue un abuso. En ese momento no supe bien por qué lo hice, pero sé que estuvo mal, confiesa Matías. Carmen subió a los pocos minutos y se extrañó al encontrarlos encerrados en la pieza con las ventanas y las puertas tan cerradas. Pero el niño no hablaba. Y Matías tampoco. Me acuerdo que de ahí bajé rápido y me bañé. Y de ahí mi mamá me preguntó qué fue lo que pasó y le dije que nada, dice. Carmen no siguió indagando y todo pareció quedar ahí. Pero a los pocos días, estalló la bomba. Era un día en que estábamos con visitas, con mi hermana invitada a tomar once, recuerda Carmen. Mi vecina, que vivía en la casa contigua, salió indignada al patio y me empezó a gritar que Matías había abusado de su hijo y que iban a llamar a Carabineros para que se lo llevaran preso. Fue bien complicado para nosotros, porque tachó al Matías de pedófilo y cosas peores. Mientras ocurría la gritería en la calle, Matías estaba adentro, sentado a la mesa con su tía, aterrado. Su mamá entró y le preguntó qué había pasado. Matías se puso a llorar y le dijo la verdad. Pero había otro secreto más antiguo: -Mamá, hay algo que no le he contado. Cuando yo era pequeño, me pasó lo mismo. Y le contó que cuando él tenía 5 años, fue abusado sexualmente por el hijo de 15 años de una amiga que lo cuidaba cuando su madre trabajaba. A Carmen se le vino el mundo encima: Yo estaba con muchos sentimientos encontrados como madre. Confundida, dolida, porque hizo esa maldad con un niñito tan pequeño. Pero también me sentía muy culpable por lo que le había pasado a Matías cuando chico, porque yo era mamá sola. Tenía que salir a trabajar para sostener la casa y todavía me atormento porque no estuve ahí cuidándolo. Sentía una impotencia terrible, porque yo también había sido abusada cuando niña. Y no pudo evitar que a Matías le pasara lo mismo. Y que él ahora repitiera el abuso con otro niño, quizás sin entender bien lo que significaba. Como una cadena que se repetía y se repetía, dice. Pero en ese momento no había tiempo para derrumbarse. Carmen tenía miedo de que llegaran los carabineros a tomar preso a su hijo. Tomó al muchacho de un brazo y se lo llevó a la parcela de su abuela. Ese fin de semana, Matías le confesó a su papá, a su abuela y tíos lo que pasado con el niño vecino y sobre el abuso que sufrió cuando chico. Matías, que siempre había sido el niño cariñoso, inteligente, que recibió un notebook del Gobierno por sus buenas notas, el orgullo de la familia, veía ahora en la cara de todos la pena y el impacto. Fue una gran decepción que le di a todos. Tenía miedo de que no me fueran a querer más. Que me iban a llevar preso, o a vivir a un hogar, dice Matías. Vino una serie de días caóticos. Matías fue demandado en Tribunales de Familia por la madre del niño abusado. Como era menor de 14 años, no podía ser imputable de delitos, pero sí de medidas de protección para evitar nuevos abusos. El Tribunal de Familia ordenó que el muchacho saliera por unos meses de la casa de su mamá y viviera con su abuela, en una parcela al interior de la Quinta Región. Además, tenía que asistir por lo menos un año a un tratamiento especializado del Centro Traifún en Viña. Matías comenzó a ir todas las semanas a terapia. Ya no tenía un domicilio fijo. Se quedó unas semanas con su abuela, luego pasó unos meses viviendo con su papá y de regreso donde su abuela. En casa de su madre pasaba poco, por la tensión con sus vecinos. Los primeros meses era un infierno para nosotros vivir ahí, porque los vecinos golpeaban la pared, amenazaban y me estigmatizaban al cabro. Además que yo preocupada de que a Matías, que tenía 12 años, fueran a hacerle algo en la calle, dice Carmen. Bajó sus notas en el colegio y estaba de mal humor, huraño con su familia. Enojado con todos y especialmente consigo mismo. Andaba bajoneado, raro. Me exaltaba, rompía cosas, pensaba cosas malas y no veía solución. Echaba de menos a mi mamá y me iba a la parte de atrás de la parcela de mi abuela, me ponía a llorar y le pedía perdón a Dios, recuerda Matías. Luego de 15 meses de terapia, poco a poco Matías y su madre empezaron a salir a flote y a reconstruir la confianza entre ellos. Yo sentía que no iba a poder recuperarme del error que cometí, pero en el Centro Traifún me han enseñado a no sentirme culpable y a ser responsable. En todo sentido. Además, nunca le había contado a nadie lo que me había pasado cuando era pequeño y no sabía con quién hablar. Pero en la terapia me enseñaron a expresarme, a tener confianza con mi mamá y que tenía que dejar de sentirme culpable, y ser responsable. Los tíos de Traifún y mi familia son los que más me han apoyado. En marzo volví a vivir a la casa con mi mamá y mis hermanas. Ahora todo lo conversamos, como debió haber sido siempre. Mi mamá ha sido incondicional y la necesitaba mucho cuando estuve fuera de la casa. Siempre le digo que la amo. Ahora me siento bien en todos lados Estoy pololeando con una compañera de curso. Empezamos el 15 de marzo y estoy contento, dice, riéndose por primera vez y poniéndose rojo, como cualquier chico de 13 años que habla de su primera polola.
  4. Adopté a una niña con VIH Karla es sicóloga, tiene 35 años y decidió adoptar a una guagua con VIH, cuando hacía un voluntariado en un hogar de menores que viven con el virus y conoció a la niña. Siento que me eligió, asegura y describe la pelea que tuvo que dar, por ser soltera y la última prioridad, para quedarse con ella. Paula 1248. Sábado 7 de abril de 2018. Si existe amor a primera vista, en esta historia sucede entre una guagua abandonada que es portadora del VIH y una mujer que está en el Hogar Santa Clara, haciendo ahí un voluntariado los fines de semana. Esa mujer es Karla (ha pedido mantener su apellido en reserva), quien es sicóloga de la Universidad de La Serena y antes trabajó en proyectos de sicoeducación y de reparación de maltrato y abuso en hogares ligados al Sename de la Región de Atacama. Y esa niña es Ana (su nombre ha sido cambiado), que entonces tiene 1 mes y medio y que tras el parto fue dejada en un hospital por la madre biológica, que tenía problemas de adicción, fue diagnosticada con sífilis y VIH en el embarazo, estaba en situación de calle y tenía otros dos hijos institucionalizados. Ana llora mucho. Es diciembre de 2012 y viene llegando al Hogar Santa Clara, ubicado al frente de la Vega Central, en la comuna de Recoleta, el que acoge a niños con VIH en situación de abandono o vulnerabilidad. Karla le está dando de comer a un niño y observa. Como nadie logra calmar a la niña, se ofrece a intentarlo. Apenas la toma, Ana deja de llorar. Karla piensa: Estoy frita. La madrina Tres meses después, Karla le pidió a la hermana Nora Valencia, presidenta de Fundación Santa Clara, ser la madrina de Ana, lo que dentro del hogar implica ciertas tareas: acompañar a la niña, cuidarla de forma personal e incluso llevarlo a la casa los fines de semana. Es como sustituir un poco su figura familiar, para que los niños no se sientan tan solos, explica Karla. Para ser madrina de un niño del hogar, hay que pasar por una evaluación sicológica y, en caso de ser aceptada, el hogar informa a los tribunales de familia. Todos los niños están con una medida de protección y tenemos la obligación de informar al tribunal cada tres meses sus avances en términos de salud, familiar, escolar, terapias, etc, explica la hermana Nora Valencia. En 2013 Karla había concluido los estudios de su diplomado y se había quedado en Santiago, para seguir cerca de la niña. Había encontrado un trabajo en un proyecto del Sename relacionado con reparación de maltrato grave en niños. Todos los días después de su jornada laboral, partía al hogar y le daba de comer a Ana, la mudaba y la hacía dormir; era una manera de tener una rutina juntas. Aprendí a ser mamá cuidándola a ella, relata. En los primeros dos tests para medir el virus, Ana dio negativo. Eso preocupó a Karla porque significaba que la podían derivar a un hogar del Sename con 20 guaguas más y otros niños. Ahí empecé a pensar en la posibilidad de quedarme con ella. Cuando la niña cumplió 6 meses, un tercer y cuarto test confirmaron el diagnóstico; sí tenía VIH. La niña comenzó la triterapia, el tratamiento para controlar el virus. Karla ayudaba a las tías del hogar a darle los 3 cc del jarabe en que se presenta el medicamento para niños. Así aprendió un truco para dárselos, porque no le gustaba: con el chupete, por un costado de la boca. También aprendió a conocerla. Se daba cuenta de que, pese a ser tan chiquitita, se notaba que era una niña dañada. Dormía mucho y, cuando se cerraba una puerta, se asustaba. Al principio tuvo muchos dramas, no solo conmigo; eran miedos anteriores al contacto con las personas. Ahora es súper regalona, recuerda Karla. No sabe precisar en qué momento tomó la decisión definitiva de intentar adoptarla. Me encariñé con ella. En un momento tuve la certeza de que quería que fuera mi hija. En 2013, el Hogar Santa Clara la contactó con la Fundación Chilena de la Adopción, Fadop. Luego de pasar por evaluaciones sociales y sicológicas, la fundación le extendió un certificado que decía que era idónea para adoptar. Sin embargo, en su círculo hubo cuestionamientos. Un amigo me dijo que era una responsabilidad muy grande. Que, además de la mochila de ser mamá, era como ponerme una soga en el cuello, cuenta. A su familia le preocupaba cómo iba a llevar adelante el proceso de adopción, porque es soltera y se les da prioridad a las parejas. Un día que estaba con muchas dudas, Ana le apretó la mano fuerte al quedarse dormida. Ella leyó ese gesto como que debía seguir adelante. El virus como aliado Karla fue voluntaria casi dos años en el Hogar Santa Clara, pero a fines de octubre de 2013 recibió una buena oferta laboral de un Cesfam en su ciudad de origen, en la Región de Atacama, ciudad que pide mantener en reserva para resguardar la identidad de Ana. A través del hogar, solicitó la figura de cuidado personal de Ana y tenía todo listo para partir con la niña a su ciudad de manera definitiva el 22 de diciembre de 2013. Pero el día 6 de ese mes, la niña presentó una resistencia como se dice cuando el virus aumenta su presencia en la sangre-, y debió quedarse en Santiago. Justo entonces, apareció la madre biológica, reclamando ante un tribunal, con abogado y todo. Fue solo eso, porque después no insistió en recuperarla, recuerda Karla. Y agrega: Yo conocía el funcionamiento de Sename y también al sistema judicial, sabía que algo podía pasar durante el proceso, como que apareciera la mujer que la tuvo. Pero sabía también que la iba a pelear hasta el último momento. Partió al norte con Ana, pasaron la Navidad juntas y debió traerla de regreso a Santiago. La aparición de la progenitora de la niña puso pausa a la tramitación del cuidado personal que llevaba adelante Karla. Eso fue lo más complicado que tuvimos que vivir: me fui con ella el 22 de diciembre y hasta el 10 de enero, que la llevé de vuelta, tuvo su familia: porque estaban mi papá, mi mamá, mi hermana, mi tía. Ana tenía 1 año y un mes, y no entendió que después de eso tuviera que irme sola al norte, alejarme de ella. ¿Cómo le explicas algo así a una niña tan pequeña? Me llamaban del hogar y me decían: Ven, por favor, que está llorando. Durante 2014, Karla viajaba fin de semana por medio a Santiago para verla y estar con ella. Entre junio y octubre, la niña estuvo en la lista que administra el Sename porque era susceptible de adopción. Al Sename no le importó nuestro vínculo. La hermana Nora defendió la posibilidad de que se quedara conmigo ante el Sename, que sabía que yo existía como su madrina y persona significativa; eso aparecía en todos los informes. Pero la respuesta fue que querían una familia de tipo tradicional para Ana. La institución mandó a la niña a la lista nacional de adopción, donde hay prioridades y buscan hacer un enlace entre los niños y los matrimonios que quieren adoptar. Y la lista corre. La prioridad era matrimonio nacional, luego matrimonio internacional, al final están las solteras y las viudas. Hubo muchos fines de semana en que no sabía si la iba a volver a ver. Fue complicado. La hermana Nora recuerda ese momento: Yo defendí que ella se quedara con la niña ante Sename. Para mí, independiente de que Karla fuese soltera, era la familia de la niña. En cinco meses que estuvo en la lista, añade Karla, nadie solicitó el proceso de adopción de Ana. Creo que me la terminaron entregando porque no hubo nadie más interesado. Estaba en una edad adoptable pero nadie la quiso por el VIH. El virus fue un aliado. El 4 de noviembre de 2014 el Tercer Juzgado de Familia de Santiago le otorgó el cuidado personal de Ana. Partió con ella al norte, donde armaron un hogar juntas. Ahí Ana tiene su pieza con la cuna de madera que le regalaron en el hogar, sus peluches y los carteles que le hicieron sus compañeros del hogar con saludos y sus pequeñas manos estampadas. El 4 de mayo de 2015 se realizó la audiencia de adopción en un tribunal de la III Región, con lo que pudo inscribirla con nuevos apellidos. Los papeles de su pasado e historia quedaron archivados en el Registro Civil de Santiago y ella los puede pedir a los 18 años, relata Karla. Mi BB En su computador personal, Karla tiene una carpeta llamada Mi BB. En esa carpeta está la historia en fotos y videos de Ana: ahí se ve a Karla, en el hogar bañando a la niña, de pocos meses, que chapotea sonriente. También está la celebración del primer año de vida junto a otros niños y tías del hogar, mientras Karla la sostiene en brazos. Y el cumpleaños número 2, cuando ya estaban en el norte, con la familia y amigos de Karla. Ana deja de jugar a la pesca milagrosa y mira el computador. ¿Ahí estoy yo, mamá?, pregunta. Ya tiene 5 años. Le gusta bañarse en el mar y comer chocolates. La última Navidad pidió de regalo un perro chico y un auto de Carabineros. Aunque le encanta su pieza, aún duerme con Karla, su mamá. Desde que tiene 1 año, el virus se ha presentado a un nivel indetectable y no hay riesgo de contagio. Puede compartir una cuchara o chupete con sus compañeros del jardín, e incluso si se corta y otra persona toca la sangre, no hay riesgo, porque el virus muere con el oxígeno. Con una baja carga viral, o nula, se reduce el riesgo de contagio a una pareja durante una relación sexual. A su edad, Ana aún no sabe la enfermedad que tiene. Me preguntó por qué tenía que tomar remedios. Le expliqué que tiene un bichito en la guata y debe tomarlos para que el bichito no la haga enfermarse. Pero ella no se cuestiona, incluso cuando hay invitados en la casa les muestra los medicamentos y les pide que se lo den, relata su madre. A la hora de once, Karla le da con una jeringa los 13 cc de Nevirapina, uno de los tres medicamentos que toma y que es parte de su triterapia. Como si se tratara de un juego, Ana cierra los ojos y traga rápidamente antes de volver a jugar. El suyo es uno de los aproximadamente 300 casos de niños con VIH que existen en Chile, considerando solo los del sistema público, según datos de la Fundación Santa Clara. A excepción de su familia y un par de amigos, en su entorno no saben de la enfermedad de la niña. Es por el temor a que sea discriminada. En el colegio donde va tampoco saben ni en mi trabajo. No es necesario porque no hay riesgo de contagio. Karla quiere contar su historia para mostrar lo que le cuesta a una soltera adoptar, por estas burocracias del sistema. También, para dar a conocer lo bueno y malo que significa el VIH en estas circunstancias. Que ella tuviera una enfermedad de base a mí me ayudó. Porque si Ana no la hubiera tenido, estoy segura que jamás me la habrían dado en adopción a mí.
  5. Pionera en el poliamor Transgresora en sus textos y en su propia vida, la periodista y escritora peruana Gabriela Wiener sumó hace cuatro años a la relación consolidada con el escritor Jaime Rodríguez, una tercera persona: Rocío, una cantante de una banda punk. El trío ha funcionado, aunque han tenido que esforzarse y cuidar los celos. Mandaron a hacer una cama XXL y se aventuraron a tener un hijo los tres, formando una peculiar familia donde también está Lena, la hija adolescente de Gabriela y su marido. Por Carola Solari / Fotografía: Tamara Arranz Paula 1245. Sábado 10 de febrero de 2017. Especial Amor. Gabriela Wiener tiene un marido y una mujer. Es peruana, limeña. Vive desde 2003 en España y habita una casa grande en un barrio popular de Madrid, donde también comparte su vida con Lena, su hija de 11 años, y Amaru, de 2, el hijo que su marido tuvo con Rocío, que es el tercer eslabón de la relación. Gabriela es periodista y escritora. La suya es una escritura desde sí misma, una escritura en que ella se expone. Su primer libro, Sexografías, es una recopilación de sus crónicas, como por ejemplo, aquella que relata que vendió sus óvulos, una práctica que fue recurrente entre inmigrantes jóvenes llegadas a España para ganar un poco de dinero. Su segundo libro, Nueve lunas, habla de su primer embarazo. Ejercicios para el endurecimiento del espíritu, trata de crudos recuerdos escritos como poemas. Y Dicen de mí, el último, es un libro en que se mira con los ojos de los otros, a través de las entrevistas que hace a su ex sicóloga, su primer jefe, un novio que le pegó, su vecino, su madre, su hija. La intimidad es mi materia y mi método, dice ella. En ese libro la primera entrevista es la que hace a su marido, Jaime Rodríguez, a quien conoció en 1998 en un diario fujimorista donde ella llegó a hacer su práctica. Él entonces era fotógrafo del diario pero también escribía poemas; hoy es escritor y editor. Hemos hecho demasiadas cosas juntos, desde un viaje sin retorno, pasando por una performance impúdica, casarnos, abrir nuestra pareja, amar a la misma mujer, anota ella en el libro. Cuando lo conociste, ¿qué te enamoró de Jaime? Nos conocimos y nos besamos por primera vez en noviembre de 1998 en una comisión periodística: yo era la pasante de cultura y él el fotógrafo que quería ser escritor. Me enamoré de él la primera vez que fui a su casa y vi que todavía tenía a la vista la foto de su ex novia enmarcada que lo había dejado hace dos años. Me pareció de un romanticismo doloroso. Tenía cara de poeta triste, se parecía a Vallejo, aunque con unos ojos llenos de pequeños brillitos tintineantes como los de Candy Candy. Luego, para mi sorpresa, tenía una cosa vehemente dentro, como una vida interior tremenda, oscura, rabiosamente secreta, suya, que me propuse desentrañar sin éxito. Sus poemas inéditos me dieron envidia, ganas de escribir y ganas de tirar con él, lo que hicimos los siguientes 20 años. ¿Alguna vez creíste en la monogamia y en la posibilidad de amar a un hombre exclusivamente? No recuerdo haber creído en ello activamente, pero lo que desde luego no recuerdo es haberlo puesto en práctica. Fui infiel hasta que descubrí que no existe la infidelidad. Solo existen los deseos, los cuidados y los descuidos, quizá también los acuerdos, aunque es fácil incumplirlos. Desde niña fui consciente de cómo habitaban en mí cosas como el amor y el deseo, y me dediqué a explorarlos. Entonces no terminaba de ponerle palabras a lo que vivía. Quizás por esa ausencia de conceptos o ideas preconcebidas me aventuré sin muchos complejos, con mucha honestidad conmigo misma, algo que mis parejas podían interpretar como traición. Solo con los años he ido situando más esas pulsiones, entendiéndolas, y dándoles espacio en mí de otra manera. Toda mi vida ha sido una búsqueda de ese terreno desconocido hacia el que tendía. No creo en la exclusividad amorosa, me parece muy improbable, aunque lo que me funciona a mí no tiene por qué funcionarles a los demás. Recuerdo esa crónica Dame lo tuyo, toma lo mío en la que relatas que fuiste a un club swinger, acompañada de tu pareja. ¿Esa pareja era Jaime? Sí. ¿Él te acompañó en alguna otra aventura de orden amoroso/sexual sobre la que luego escribiste? Hice un libro entero sobre los swingers que nunca se publicó. Íbamos juntos a los clubes, a los bares, a las citas con parejas, participábamos en los chats. También he escrito sobre un trío en el que estuvimos. Me ha acompañado en varias de mis andanzas. A veces eran cosas mías en las que yo le enredaba, pero muchas otras han formado parte de nuestra relación, una búsqueda común de algo que expandiera un poco la idea tradicional de pareja. ¿Cómo fue que conociste a Rocío? A través de una amiga común, en una fiesta. Ella tenía una vida totalmente diferente a la mía: vivía en colectividad por ejemplo, sin embargo, nuestros proyectos cuadraron casi inmediatamente. Jaime y yo ya habíamos estado antes con otras mujeres y la idea de tener un hijo compartido con más de una persona no era nueva para ninguno. ¿Qué te atrajo de ella? Su voz cavernosa y rota; cantaba en una banda punk. Y que hiciera cosas muy extrañas: no trabajaba en ningún trabajo convencional, vivía de la autogestión, estudiaba ruso, escribía cartas manuscritas larguísimas, habitaba una casa okupa, dormía mucho, me llevaba a sus fiestas under. Me enamoró su libertad, que fuera inalienable. Su pelo lindo, lo suave que era. Me volvió loca gustarle tanto. Que no me cuestionara, que todo pareciera posible a su lado. Me atrajo el hecho de que vivía intentando hacer las cosas de otra manera, algo con lo que me sentía muy identificada. Mis padres fueron activistas políticos, y en mí siempre ha existido una pulsión política, de transformación. Juntas quisimos hacer la revolución sexual, amorosa y todas las demás. También me permitió vivir mi parte lesbiana en plenitud. Eso se lo agradeceré siempre, ahora no sé cómo volver al armario. Antes de Rocío, ¿habías tenido alguna relación con una mujer? Ocasionalmente. Me había enamorado platónicamente de algunas pero nunca había tenido una relación. Era algo que ya tenía ganas de vivir, y la verdad se lo recomiendo a todo el mundo. Para mí ha sido una bendición. ¿Cómo fue que decidiste sumarla a ella a tu matrimonio, en vez de largarte a vivir fuera de casa esa pasión? Jaime y yo decidimos sumar juntos a Rocío, desde el primer día nos entendimos y vivimos como trío, o como tripareja como decía mi hija, entonces no tenía sentido pensar en algo así como en una fuga. ¿Cómo llamas a esta relación con Jaime y Rocío? Amor libre o relación no monógama. ¿Cómo se negocia abrir la pareja para sumar a un tercero? Son muchos años de abrirla a otros niveles, quizás menos trascendentales, como pueden ser los encuentros sexuales más esporádicos. También de hablar de ello como posibilidad, de hacer muchas cosas mal y profundizar en nuestras debilidades y virtudes. Pero nunca estás preparada del todo, no es nada fácil, es un trabajo que tienes que querer hacer. En la práctica, ¿cómo funciona una tripareja? Muy parecido a una de a dos. Tienes tus momentos bellos, tus roces y un montón de cuestiones logísticas por resolver. En el fondo no es tan diferente, solo le sumas algunas variables. Por ejemplo, el que en una discusión entre dos un tercero puede ser un mediador. O bien complicarlo todo. ¿Qué pasa con los celos? Porque uno de los tres puede sentirse excluido. Lo loco es que alguien crea que haya relaciones sin celos, sin miedos e inseguridades. Igual que en las relaciones monógamas hay etapas de celos. La diferencia es que cuando has decidido no seguir la norma y abrir tus relaciones, eres más vulnerable pero también más consciente de los celos y de los cuidados del otro. Y tienes una convicción por trabajarlos. ¿Cómo es la cama del poliamor? ¿Es cierto que mandaron a hacer una de 5 metros? Sí, mandamos a hacer una cama XXL cuando nació nuestro hijo Amaru. ¡No mide 5 metros! Mide casi 3 de largo. La hicimos porque una doble se nos quedaba estrecha y en parte porque queríamos hacer colecho (dormir juntos) con el bebé. Por suerte tenemos un cuarto muy grande pero si algún día queremos mudarnos va a ser complicado. Una chica súper despeinada Cuando en Dicen de mí, Gabriela entrevista a su hija Lena le pregunta cómo fue para ella cuando llegó Rocío a vivir a su casa. La niña responde: Mira, un día me desperté y encontré a una chica súper despeinada en mi salón durmiendo en el sofá y yo estaba bitch, give me my TV. Eran las 7 de la mañana, mi hora de ver la tele con pan y leche. Le dije: Hola, ¿quién eres tú?. Al principio me dijisteis que era vuestra amiga y luego que vuestra novia. Unas líneas después, Gabriela le pregunta si se siente especial o rara por tener una familia así. Y Lena contesta: No, pero me da pereza hablar de eso. Se lo conté a tanta gente que me he cansado, me aburro. ¿Cómo lo hicieron con Lena? Mi hija tenía 7 años cuando nos hicimos tres. Era pequeña pero igual de enérgica, permeable y lista para la aventura. Ella nos integró a nosotros, no nosotros a ella. Todos nos revelamos, nos abrimos y sinceramos y por eso crecimos juntos. Fue algo natural para ella. Por suerte todo fue fácil, parece que los niños no tienen por qué heredar nuestros prejuicios sociales. ¿Cómo decidieron tener a Amaru? Como pareja siempre habíamos contemplado la posibilidad de tener otro hijo que no necesariamente tuviera que parir yo. A su vez, Rocío venía de un colectivo en el que las chicas habían hecho un pacto de útero: sincronizarse para embarazarse y parir. Se hablaba de crianza colectiva entre las 12 personas que vivían juntas; lo más parecido a una comuna en tiempos modernos. Así fue que nuestros deseos encajaron. Después de un año y medio juntas y de mudarnos a una casa muy grande en un barrio más popular decidimos tenerlo. Nació en nuestra casa, rodeado de todas nosotras. Ha sido un proceso emocionante que, además, ha involucrado a mucha más gente, como nuestras familias o el propio colectivo. ¿Consideras a Amaru también un hijo tuyo? Amaru lleva por segundo nombre mi apellido: Wiener. Y lleva los apellidos de los padres que reconoce la ley. En nuestro planes está luchar por el reconocimiento de mis derechos como madre, aunque no lo sea biológicamente. Fue concebido entre los tres. ¿Crees que esta familia poliamorosa puede durar en el tiempo? Estoy completamente convencida. Hemos vivido tantos momentos duros que parecían irresolubles y aquí estamos; hemos superado una relación no monógama, un puerperio, una separación y mira, nuestros lazos parecen cada vez más fuertes y se reinventan. Por supuesto que nuestros hijos tienen mucho que ver. Pero estoy muy orgullosa, siento que hemos formado algo muy parecido a una familia, dándole la vuelta por completo a la idea clásica de familia que pasa por la heteronormatividad, la exclusividad amorosa y los lazos de sangre. Este amor solo puede crecer con el tiempo. Hoy, ¿cómo definirías tu concepto del amor? El amor es cambio y transformación. Creación y belleza. Es crueldad y es verdad.
  6. Esta es mi historia: Mi otro cáncer Este testimonio, de la profesora Francisca Duarte (44), es parte de la sección Esta es mi Historia, que reúne relatos de chilenos comunes y corrientes que vale la pena leer. Paula.cl La primera vez que me embargaron fue el último sábado de noviembre del año pasado, dos días antes de que mi hija, Camila (18), diera la PSU. Ese día tocó mi puerta un relator, acompañado de dos hombres más, con cara de culpa. Habíamos alcanzado a guardar en cajas de cartón nuestros libros, discos y álbumes de fotos, que dejamos en la bodega de mi mamá, y un par de muebles que mi vecina accedió a esconder en su living. Durante tres horas, y mientras mi mamá lloraba, yo veía inmóvil cómo se llevaban toda mi casa. Comedor, refrigerador, lavadora, microondas, tostadora. Un juego de ollas, platos, cubiertos. Cremas, champú, un saco de dormir. Un mes después me embargaron de nuevo, pero esa vez no me dolió tanto. Tengo un melanoma grado 4, debo casi 50 millones a una clínica del sector oriente de Santiago y me van a embargar durante los próximos tres años si no logro congelar la deuda. PUBLICIDAD inRead invented by Teads * Mi familia la componen mi mamá, Cecilia (72), y mi hija, con quien vivo en un departamento de 40 metros cuadrados en Vitacura, que es de mi mamá. Crecí en una familia de clase media alta. Mi mamá es hija de militar y mi papá fue sicólogo, y comunista, razón por la cual nos tocó vivir el exilio en Dinamarca, hasta mis 12 años. Por los contactos de mi mamá, cuando retorné a Chile estudié en uno de los colegios particulares más caros y pitucos de Arica. Más tarde nos vinimos a Santiago, me gradué de cuarto medio en el Saint Georges, y me titulé de profesora en Pedagogía Básica, con mención en Filosofía para Niños, en la Universidad Católica. Desde entonces he trabajado en colegios como el Saint Georges, The Grange School, San Nicolás de Mira, Manquehue, Bradford y Dunalastair, y en colegios rurales en varias regiones del país, y no hubo un solo año en el que no estudiara algo: magíster en Administración educacional, magíster en Religiones Comparadas, Lingüística Inglesa, Dramaturgia. Hasta que me pillaron el cáncer. La primera alerta fue en marzo de 2014, luego de un PAP de rutina en el que mis hormonas salieron disparadas. Mi carótida estaba llena de nódulos, que me sacaron en la Fundación Arturo López Pérez (Falp) junto con la mitad de mi tiroides. Luego vino el fonoaudiólogo, la radioterapia y quimioterapia oral, los vómitos y la caída de mi pelo. Cuatro meses después estaba llena de nódulos de nuevo. Se seguían produciendo y nadie entendía por qué. El geriatra cubano de mi mamá nos recomendó probar otra alternativa: viajar a Cuba a atenderme en la clínica Cira García. * ¿Cómo estás durmiendo?, ¿cómo estás comiendo?, ¿qué es lo que está pasando en tu alma, en tu corazón?, fueron las primeras preguntas que me hizo la oncóloga cubana, quien me atendió al día siguiente de solicitar una hora, sin exigirme rellenar ni un papel o un cheque adelantado. Ese día me indicó iniciar un tratamiento diario con factor de transferencia (derivado de leucocitos de donadores inmunes a receptores no inmunes, a través de células madre humanas y de carnero) y dormir, sin excusas, de 8 a 10 horas al día. También me enseñó a pincharme sola y me sugirió optar por una dieta alcalina de por vida. Dejé el azúcar, la sal, las harinas blancas, las carnes rojas y los colorantes. Salí de las pegas que no me gustaban y corté relación con amigos y parejas que no me aportaban. 14 días después aterricé en Chile con dos ciclos de 30 dosis cada uno. Comencé a pincharme cada tres días, a nivel medular: desde el coxis, tres dedos hacia arriba y uno hacia el lado. Luego de tres meses me realicé una ecografía completa en la Falp. De los 5 nódulos que tenía, no quedaba ninguno. Durante 2015 y 2016 visité un par de veces un doctor, para realizarme exámenes de control. Era una mujer completamente sana. * La segunda alerta fue en marzo de 2017. Un lunar carnoso en el cachete izquierdo de la cola que sangraba con el roce del calzón, y que la dermatóloga que me atendió recomendó sacar y biopsiar, junto a tres lunares más: uno en la nuca, uno en la pechuga y otro en el pie. Meses antes había contratado un seguro de salud en una clínica del sector oriente de Santiago. Eso me alivió. Como mucha gente, para ese entonces debía más de 20 millones de pesos en puros créditos, que destiné a salud, juicios de tuición y pensión alimenticia con mi ex marido, y viajes. Siempre acumulaba más y más deudas. Siempre llegaba en contra a fin de mes. Siempre era financiada o apañada por alguien. 20 días después del examen, un viernes, mientras hacía clases de inglés a un primero medio en el colegio Dunalastair, recibí un mensaje de mi dermatóloga por Whatsapp: Hola Francisca, necesito que te vengas ahora a mi consulta. Los exámenes salieron malos. Pensé: Ok, salieron malos, ¡qué lata!, al menos los sacamos a tiempo. Llamé a mi mamá para que me acompañara y nos juntamos allá. Tienes un melanoma grado 4. Eso quiere decir que lo que sacamos es la punta del iceberg, y que debemos sacar hasta la cuarta capa de la piel. Hay que hacer una ampliación y realizar un estudio para ver cuántos ganglios están comprometidos, me soltó la dermatóloga. Quedé atónita. ¿Me estái hueveando? Yo no tomo sol en el poto. ¿Qué estoy haciendo mal que me estoy auto castigando así?, pensé. Quedamos en shock. Me enojé mucho. Sentí impotencia. Pensé en la Cami. Las posibilidades de la metástasis eran demasiado reales y tenía pavor de dejarla. Esto es grave. Necesitamos operar el lunes, como máximo, agregó el oncólogo, quien se sumó más tarde, ese mismo día. Cuando salí les escribí a mis amigos, un grupo de siete compañeros del colegio que ese mismo sábado estaban en el living de mi casa planeando cómo ayudarme de ahora en adelante. A mi hija le conté esa tarde. Gordita, me sacaron un lunar y salió malo. Tengo un cáncer, me tengo que operar. Te vas a quedar esos días con tu papá. Ella se enojó mucho. ¿Por qué todo de nuevo?, ¿por qué todo nos cuesta tanto?, me dijo. A mi mamá le dijeron que tenía tres meses de vida. * El lunes a mediodía entré a pabellón. La operación implicó sacar músculo, 26 ganglios y una cicatriz de 10 centímetros que hasta el día de hoy no cierra bien. Me quedé en la clínica hasta el jueves y días después recibí un llamado de mi doctor. Lo que sacamos no es suficiente. El ganglio centinela está comprometido y si no hacemos una disección ganglionar el cáncer podría agarrar la pierna. ¡Cresta! También me realizaron un PET, un examen similar a una resonancia, pero más larga y específica, que observa tu cuerpo por capas. Tenía, además, un tumor en el pulmón, 93% de probabilidades de reincidencia del melanoma en los primeros tres años y los doctores me habían sentenciado a que nunca más podría hacer ningún tipo de ejercicio, estar muchas horas de pie o caminar a pies descalzos. Siete días después estaba en pabellón de nuevo. Ya no tenía susto, tenía rabia. Esta vez me operaron por delante y todo lo que estaba agarrado al tumor, desde la cola hasta la ingle, salió. Y a cambio tenía un hoyo entre mi ingle y mi pierna que no me permitía recostarme de guata ni de lado del dolor. Cuando desperté, sentí unas corrientes en mi pierna izquierda, constantes, como si me estuvieran electrocutando. Tengo poca conciencia de los 18 días hospitalizada que vinieron después. Me acuerdo de estar volada todo el día, sintiendo mucho dolor. Durante esos días la Cami durmió y se duchó en la clínica. Se iba de la clínica al colegio, del colegio al preuniversitario y del preuniversitario a la clínica. Nunca más se fue a dormir con su papá o con sus amigas, y dejó de salir los fines de semana. Mi grupo de amigos del colegio, mi legión de ángeles, se organizó en turnos de cuatro horas, durante el día y la noche, para cuidarme y contener a mi mamá y a mi hija. El día que me dieron de alta no podía mover los pies ni levantarme. Tenía una neuropatía. Y, a diferencia de cómo entré a la clínica, ese día salí en silla de ruedas. Cuando volví a la Falp, los doctores me aseguraron que a ellos nunca les había ocurrido y que se trataba de una mala praxis. Dos meses después llegó la primera cuenta de la clínica. Debía 26 millones y el seguro no me cubriría ni un peso, justificando que había una preexistencia que yo no había declarado. Faltan a la verdad y a la ética. La segunda cuenta sobrepasaba los 30 millones. Se nos vino el mundo encima. ¿De dónde voy a sacar esa plata?, pensé. Quise volver a Cuba. * Mis amigos organizaron una Panchatón. Un evento musical en el local del marido de una compañera, que incluía música en vivo de tres bandas y una rifa, con premios recolectados o financiados por la OGA (Old Georgians Association, organización de ex alumnos del colegio Saint Georges). Ese día llegaron más de 100 personas y yo canté, en silla de ruedas, junto a mi grupo folklórico. En total, se reunieron casi 5 millones de pesos, que costearon mi pasaje y el de mi mamá, y los medicamentos. Los apoderados del curso de la Cami le regalaron el pasaje a ella. Para las vacaciones de invierno llegué a Cuba en silla de ruedas. Me recibió un equipo conformado por una oncóloga, un neurólogo, una enfermera, un fisiatra, un sicólogo. Y un coach, cuya única función es animarte cada vez que quieres tirar la toalla. El día comenzaba a las 7 de la mañana. Nos tomábamos un taxi a la clínica y me recibía María de los Ángeles, una cubana que llevó mi silla los 21 días que estuve ahí. Durante la mañana me administraban mi tratamiento, el mismo factor de transferencia de la vez anterior, pero el triple de fuerte, seguido de una hora de ejercicios inmediata y obligatoria, para que el medicamento circulara, y 5 gotitas diarias de veneno de alacrán azul. Durante la tarde, pasábamos cuatro horas en el mar haciendo ejercicios para mi pierna. Mete la pierna, saca la pierna, sube la roca, baja la roca. Y mientras acá me mandaban a hacer reposo, en Cuba me devolvían al hostal si es que llegaba desarreglada. Hasta que tú no estés bien vestida, con tus ojos y boca pintada, yo no te atiendo, compañera. Tú te quieres, que yo no puedo quererte por ti. ¿Para qué tú te quieres volver a la cama, si las camas son para dormir? Durante el día haces el tratamiento y de noche te vas de rumba, te tomas un roncito y si tú logras hacer el amor con alguien, tanto mejor. ¿Tú sabes cuáles son los beneficios de un buen orgasmo? Son 46. Te limpia arterias, hígado y estómago, engruesa las arterias debilitadas, limpia el recto. Tú no te vas a morir. Esto va a ser estricto, pero vamos a reeducar las células de tu cuerpo y tú te vas a recuperar, me dijo la oncóloga. Paralelamente, le realizaron exámenes a la Cami. Este cáncer es heredable, me dijeron los doctores. Lloré al instante. Compañera, no llores, la vacuna ya está hecha. La vacunamos ahora y ella no lo va a tener nunca en su vida, agregó. A mi hija le quedan tres dosis. Está limpia. Mi tratamiento y el de la Cami costaron, en total, un poco más de 2 millones de pesos. Y de Cuba me traje tres ciclos de inmunoterapia. En Chile, cada ciclo me salía 40 millones, no reembolsables. En Cuba, los tres ciclos me costaron un millón. Casi todo lo financié con lo que se había recaudado en la Panchatón. Luego de 21 días en Cuba, volví a Chile caminando con muletas. * Los siguientes dos meses continué con mi tratamiento diario, siempre en contacto con el equipo de Cuba, quienes me atienden a través de llamadas por videoconferencia. Reemplacé las 4 horas de fisiatría diarias en el mar por una hora al día con una kinesióloga. Y, como no tengo sistema linfático en la pierna, necesito realizarme una hora de masajes de drenaje al día. Volví a trabajar al colegio, pero duré una semana. La pierna no me dio para estar 10 horas al día parada. Tengo una pega que no puedo ejercer y, por ley de inclusión, no me pueden echar. Pero eres un cacho. Deberías tomarte más licencia. Por los niños, por los papás, me dijeron. En el fondo, es por ellos. Al medirme en discapacidad, había retrocedido un 48% de lo que había progresado. El ánimo se me fue a la cresta y mi siquiatra me recetó antidepresivos. Empezó la sicosis. Esto hay que pagarlo, vamos vendiendo la casa entera. * He sacado el cálculo mensual. 5 mil en Eutirox (tiroides), 50 mil en Prosac (antidepresivo), 30 mil en Gabapentina y 30 mil en Tramadol (analgésico), 15 mil en Carbamazepina (para la neuropatía), 50 mil en parches de silicona para las cicatrices y 171 dólares en veneno de alacrán. A eso se suman 15 mil pesos por sesión en kinesiólogo y 10 mil pesos por sesión en masajes linfáticos, que debo realizarme de lunes a viernes, además de 80 mil pesos en siquiatra. Sobrevivir bien me cuesta 750 mil pesos, sin incluir ningún tratamiento para el cáncer y ninguna consulta con oncólogos ni neurólogos. El primer castigo es la falta de sanidad. El segundo, el cáncer sistemático. Después de hacer prórrogas tras prórrogas de pagarés y apelar siete veces al seguro, la clínica -en la cual nunca más volví a atenderme- me ha propuesto pagar 30 millones de pesos como deuda final, a cambio de cancelar mi seguro, el que he seguido pagando sagradamente cada mes sin poder obtener ningún beneficio de él. Ni un examen de sangre. Perder el seguro implica un gasto de un millón y medio de pesos, cada tres meses, que es lo que cuesta el PET. Yo no tengo cómo financiar 6 millones anuales durante los próximos tres años. Llevo siete meses con licencia y sin sueldo, porque el Compin (Comisión de Medicina Preventiva e Invalidez) considera que faltan antecedentes para un reposo justificado. Cada mes recibo entre 88 y 122 lucas, salvo por el último, en el que por primera vez recibí mi sueldo completo, de 700 mil pesos. Mientras tanto, le he puesto energías a mi Pyme, en la que vendo aceites de oliva y sales con especias, que me da un ingreso mensual de 150 mil pesos en promedio. He intentado participar de ferias gastronómicas, como lo hacía antes del cáncer, pero el dolor de la pierna es insoportable. La deuda sigue creciendo. Y mis amigos, mi legión de ángeles, me sigue financiando a través de una cadena de favores que me hace sentir culpable por ser tan afortunada. Vivo de la caridad de mis amigos y de la OGA, que se están moviendo todo el día, y de mis alumnos y apoderados, y eso me avergüenza, aun cuando dicen que uno cosecha lo que siembra. Mis amigos me pagan el PET. La OGA me proporciona una canasta familiar mensual y un abogado, ex alumno del colegio. Ex apoderados me han obsequiado cheques de hasta 800 mil pesos, porque tú lo vas a necesitar más que yo, y otros han pagado una mensualidad del colegio de mi hija. No tengo idea de lo que va a pasar en marzo. He solicitado al colegio evaluar la posibilidad de reasignar mis funciones, no soy capaz de estar parada tantas horas. Puedo adecuarme, hacer lo que me pidan. Me han amonestado por subir fotos en las que salgo bonita, bien, a Facebook. Por dejar que mis amigas se metan a la ducha conmigo, me maquillen y me saquen a un bar. Capaz que lo está inventando, porque no me veo lo suficientemente enferma. Ese es el tercer castigo, el cáncer social, y eso me hace autoboicotearme todo el tiempo. Si eres rico, tu familia paga por ti. Pero si eres clase media, te vuelves invisible. No tienes beneficios del Estado y todo confabula en contra: seguros, isapres, clínicas, seguridad social. Eres un estorbo. La gente te borra de la lista. Se agota de ti, porque no estamos formados en una sociedad de empatía y solidaridad. Tú cáncer molesta e incomoda a tus amigos, a tu familia y a tu pega. Te vuelves invisible. * En el PET que me realicé en octubre de 2017 salí limpia en cuello, pierna y pulmón. Pero en el que me realicé en febrero, volvieron a aparecer tumores en mi pierna izquierda, y ahora también en la derecha. Vives con miedo a que vuelva, pero de esto no me voy a morir. Estoy determinada a conseguir la sanidad. Pero de momento quisiera justicia y reinserción. Justicia para no depender de mendigar a otra gente. Quisiera un remezón en el sistema, que las isapres dejaran de ser una mafia y que los seguros fueran un poco más humanitarios. Reinserción para no quedarme encerrada en mi casa, para salir del encierro y volver a trabajar y vivir. Para volver a caminar sin muletas, para reinventarme. Para recuperar mi independencia, para sanar el cansancio mental y espiritual, para que mi mamá viva en paz, para que mi hija estudie tranquila.
  7. El amor de la capitán Maribel Mesías (36), capitán del Ejército, fue la primera mujer en la institución en desenterrar minas en la frontera de Chile con Bolivia. Hoy estudia Ingeniería en la Academia Politécnica Militar y sueña con ser coronel. En enero de 2019 se casará con su novia Helda González y ya salió del clóset en el Ejército, donde, dice, su orientación sexual no ha sido tema. . Por Carla Alonso / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner Paula 1245. Sábado 10 de febrero de 2017. Especial Amor. En junio de 2017, al término del periodo de exámenes del plan común de Ingeniería en la Academia Politécnica Militar y mientras el curso afinaba los detalles del asado al que asistirían junto a sus familias, el mayor a cargo preguntó si alguien tenía algo que decir. Yo quiero salir al frente dijo la capitán Maribel Mesías, levantando el brazo. Se paró. Le transpiraban las palmas de las manos. Vestida con su tenida de combate y bototos color ocre, el pelo tirante y amarrado atrás, dijo: He compartido hartas cosas con ustedes y quiero transparentar algo que sé que saben porque es un secreto a voces Sus compañeros la seguían en silencio, atentos con la mirada. Ella tomó aire. La verdad es que estoy con Helda, que es mi polola. Los compañeros me aplaudieron, felicitaron, abrazaron, cuenta Maribel y se emociona. Está sentada en un café cerca de la Escuela Militar, donde estudió durante cuatro años, y a su lado está Helda González (34), su polola, quien es enfermera y la mira mientras habla. Dice Helda: Fue muy valiente la Mari en realidad. Llevan casi dos años juntas y fue el amor por esa mujer lo que le dio valor a Maribel para transparentar primero su orientación sexual con su familia, cuando tenía 34. Dice que se anima a contarlo en una revista porque quiere mostrarle a la gente que ha tenido la oportunidad de desempeñarse profesionalmente y que para el Ejército su orientación sexual no ha sido un tema. Me han aceptado como soy. Desde que transparenté la situación recibí muchos mensajes bonitos de mi línea de mando y compañeros. Desde que ingresó a la Academia, en marzo de 2016, a todas las actividades familiares de su unidad, a la que van los oficiales con sus señoras e hijos, Maribel asiste con Helda. En esas actividades no andan de la mano ni hacen demostraciones de cariño, al igual que las demás parejas, porque no está permitido por protocolo interno. El 21 de diciembre del año pasado fue con su novia, como su pareja oficial, a la cena de fin de año de la Academia. Ella vestía su uniforme y llegaron tomadas del brazo. Me acerqué a donde estaba mi mando directo y dije: Helda, ella es mi pareja. La saludaron como a cualquier otra persona. No pusieron cara, relata. Su mando, es decir, el jefe de curso, el subdirector y el director de la Academia este último es coronel, se enteraron en la fiesta, por la misma Maribel. La capitán es la primera mujer oficial en hacer pública su orientación sexual. Y cree que el modo en que se ha manejado internamente es una señal de cómo la institución se ha adaptado a los nuevos tiempos. En el Ejército, porque hay que hablar de la gente que lidera en este momento, me han abierto las puertas para poder ser yo y me siento libre de hoy hacer mi trabajo sin ningún cuestionamiento. Rastreando bombas Maribel es porteña y vivió su niñez en Puerto Montt. Supo que lo suyo era la carrera militar cuando estudiaba en un colegio de monjas y acompañaba a su padre, Harold Mesías, que era periodista, a las actividades del Círculo de Amigos del Regimiento Sangra, en esa ciudad. Mi papá me llevaba a los campeonatos de tiros, cuenta Maribel. Su madre, Mercedes Alcayaga, era dueña de casa y criaba a cinco hijos: Maribel es la menor. A los 18 años le dijo a su papá que quería entrar al Ejército. Era quitada de bulla, tenía buenas notas y el anhelo de Harold Mesías era que estudiara Ingeniería Comercial en una universidad. Dio la PAA, le fue bien y volvió a la carga con su padre: le pidió un preparador físico y prometió que estudiaría para la pruebas de ingreso a la Escuela Militar. Se preparó durante un año; entrenaba tres veces al día. En el transcurso de eso falleció mi papá. Nunca me vio de uniforme, recuerda hoy. Ingresó a la Escuela Militar en 2001, con 19 años. Y su generación inauguró la carrera de cadete de cuatro años para mujeres, en igualdad de condiciones con los hombres. Participábamos de todas las actividades de la formación profesional a la par con los hombres: las campañas, las marchas, con el mismo equipamiento. Tras cuatro años de estudio, egresó en 2004 con la especialidad de Arma de Ingenieros, como se llama a quienes hacen instrucción a los soldados conscriptos. El Arma de Ingenieros se dedica a la construcción de puentes, habilitación de caminos; trabajábamos con explosivos, con desminado humanitario, levantando minas en las fronteras, explica. En 2007, con 25 años, le tocó levantar minas antipersonales y antitanque en Arica, en la frontera con Bolivia, convirtiéndose en la primera mujer soldado en cumplir esta tarea. Por esto, le hicieron una entrevista en la revista del Cuerpo Militar del Trabajo de la institución en la que aparece, en una foto, con casco y un robusto traje gris, de protección, con una pierna sumergida en la tierra y una mina antitanque al lado, que ella había sacado. Fue una súper buena experiencia. Marcó un precedente y después ya entraron otras mujeres a trabajar en desminado humanitario. En Arica también hizo un curso de conducción de tanques y, tiempo después, y durante un año y medio, dirigió a una cuadrilla que se dedicaba a desenterrar minas antitanque y antipersonales. Más tarde fue destinada a Los Ángeles, donde trabajó en la reconstrucción de Dichato tras el terremoto. Ahí estuvo a cargo de una compañía de 100 hombres. Hoy cursa tercer año de Ingeniería con la idea de especializarse en el Ejército y poder seguir carrera. Está en plan común y a mediados de este año elegirá la especialidad de mantenimiento. Los que no se especializan no pueden seguir ascendiendo y su carrera dura 20-25 años. Para el 2027 se proyecta que el Ejército tendrá a mujeres en su alto mando alcanzando el grado de general de brigada. Maribel integra esa promoción, la primera de mujeres que entró a la institución en igualdad de condiciones con sus pares masculinos. En el Ejército, porque hay que hablar de la gente que lidera en este momento, me han abierto las puertas para poder ser yo y me siento libre de hoy hacer mi trabajo sin ningún cuestionamiento. Haciendo match Maribel y Helda se conocieron en Tinder. Hicieron match en marzo de 2016. Ambas venían saliendo de una mala relación que querían dejar atrás. Helda, quien entonces trabajaba en un hospital en Viña del Mar, recuerda sus primeras impresiones: Cuando me contó por Tinder que trabajaba en el Ejército para mí fue un susto. No tengo ningún familiar directo cercano ahí e igual estaba un poco atemorizada por la imagen que tenía del Ejército durante la dictadura y por desconocimiento. Pensé que era una mujer gigante, grande, como ruda, cuenta Helda. Hablaron casi un mes a través de Whatsapp antes de conocerse personalmente: charlas sobre su lugar de origen, gustos y valores que compartían, como que no perdonarían una infidelidad, por ejemplo. El 8 de abril de 2016, Maribel pasó a buscarla en auto a la salida de un seminario al que asistía Helda en Santiago por su trabajo. Le llevó rosas rojas, las mismas flores y de la misma florería que le regala hasta hoy y cenaron en Lastarria. El 17 de abril comenzaron a pololear. Y hace seis meses viven juntas; Helda dejó su casa en Viña del Mar y se mudó a Santiago. La Navidad pasada fue la primera que pasaron solas, en el departamento que comparten. Ahí, sobre un tren navideño de adorno, Helda dejó una cajita con dos anillos y sorprendió a Maribel con propuesta de matrimonio. Hoy cada una lleva su argolla de compromiso con la mitad de un corazón y una piedra amatista, de color morado, que es el favorito de ambas. Piensan casarse en enero de 2019. Aunque falta un año ya definieron algunos detalles: ambas usarán un vestido blanco, firmarán el Acuerdo de Unión Civil y la ceremonia y la fiesta será en la V Región, porque ahí se dieron su primer beso.
  8. No es un chiste Por Sabine Drysdale, periodista, coautora del libro Nicanor Parra. La vida de un poeta (Ediciones B, 2014). Paula.cl Ha muerto Nicanor Parra. Ciento tres años de vida. Cerros de poesía. Su partida es una oportunidad para que su obra deje de ser leída en clave graciosa, de chiste, porque no lo es. Cuesta leerlo a Parra, a ratos incluso hiere, porque sus poemas son los más feroz que se ha escrito sobre nosotros mismos, sobre lo que no queremos saber ni mostrar, un golpe certero y mortal a la hipocresía que nos recubre a los chilenos. Y sobre él mismo y sus trizaduras. No, no es chiste Nicanor Parra. Trabajaba en la revista Sábado de El Mercurio cuando me pidieron hacer un artículo sobre Parra, entrevista incluida. Fue en 2011, una semana antes que ganara el premio Cervantes. Buceando en las bibliotecas me di cuenta de que salvo Conversaciones con Nicanor Parra de Leonidas Morales que lo entrevistó en los años setenta, no había libros que hablaran de la vida de él, hasta hoy en la mañana, poeta vivo más importante de la lengua hispana. Me pareció raro que no existiera una biografía de un artista de tal envergadura. Sentí curiosidad. Nicanor Parra era un personaje mítico, un rockstar de la poesía con un férreo círculo de escritores, periodistas y algunos fans que tenían acceso privilegiado a él en su casa de Las Cruces, pero que no escribían sobre él. Nadie quería importunarlo, supongo, o asumir el riesgo de que no le gustara el resultado y perder su amistad. Yo no tenía nada que perder. Sin previo aviso, fui una mañana a tocarle la puerta de su casa en Las Cruces y me abrió. Y me dio una clase; me enseñó a entrevistar sin hacer preguntas. Nicanor no respondía preguntas. Las encontraba un ejercicio impertinente. Mi curiosidad solo aumentó y junto a la periodista Marcela Escobar, con quien había trabajado en Sábado y otra apasionada sobre la familia Parra, quisimos llenar el vacío biográfico y publicamos en 2014, el año del centenario de Parra, el libro de crónicas biográficas Nicanor Parra. La vida de un poeta (Ediciones B). Partimos por mandarle una carta para advertirle de nuestro proyecto. No recibimos respuesta por escrito, pero sí nos abrió la puerta de su casa dos veces. Ahí sostuvimos conversaciones inesperadas con la vista a la playa de Las Cruces. Nos habló en castellano, en inglés, en sueco, en lunfardo isabelino. Bailamos cuecas bravas, cantamosIts a Long Way to Tipperary, nos presentó a Macedonio Fernández, tomamos té; no, nunca tomó té con Pat Nixon, la mujer del presidente de Estados Unidos en la Casa Blanca en plena guerra de Vietnam, aclaró por primera vez sobre aquella calumnia difundida hasta el hartazgo y que le costó convertirse en un paria para la izquierda internacional y también ser expulsado como jurado en el premio literario Casa de las Américas en La Habana. El reporteo, que hicimos en forma independiente, bajo la edición del escritor Patricio Jara, nos llevó a entrevistar a los dos hermanos que aún estaban vivos entonces, Lautaro y Óscar (Marcela había entrevistado unos años antes a Roberto y Eduardo) y hacer un retrato del Nicanor hijo y hermano, que reveló a un hombre que hizo lo imposible para que sus hermanos salieran de la pobreza y se educaran, que terminaran al menos el colegio (él sería el único que lo lograría y que además estudiaría en la Universidad de Chile y luego en Oxford, en Inglaterra). Pero también uno más escéptico que pregonaba que cada uno debía rascarse con sus propias uñas cuando necesitaban su ayuda económica. Conocimos al Parra amante apasionado y también violento, en las cartas de una de las mujeres a las que más hizo sufrir, la sueca Sun Axelsson, quien fue su amante mientras estuvo casado con Inga Palmen y que escribió una novela autobiográfica con su triste y destructiva historia de amor con Nicanor. Pudimos ver al hombre centenario emocionarse al recordar a Ana María Molinare, la mujer imaginaria, su gran amor a la quien le propuso matrimonio y recibió un rotundo no: por viejo y por roto. Dio media vuelta y se fue. Portazo. Yo me quedé llorando, nos dijo. Conocimos al Nicanor Parra negociante, al hombre práctico que no trabaja gratis (sino que hace que los demás trabajen para él) interesadísimo en el dinero que careció de joven, y de los bienes raíces. A un rey del marketing propio. Ya nos habíamos ido con Marcela de la última entrevista, estábamos subiéndonos al auto para partir de regreso a Santiago cuando oímos los gritos de Rosita, su empleada, que nos llamaba a volver. Nicanor nos invitó a pasar a la pastelería, como llamaba a su biblioteca. Me pasó un cuaderno azul para que leyera un texto en voz alta. Era la carta de suicidio que le dejó su adorada hermana Violeta, su álter ego, su versión femenina, la mujer que marcó su existencia. ¿Por qué reveló este íntimo, feroz e inédito texto a dos periodistas desconocidas?, nunca terminaré de preguntármelo. En esa reunión le mostramos el boceto de la portada del libro, una magnífica ilustración de su rostro, de Francisco Javier Olea, que le gustó. Claro que puso su dedo tapando la v: La ida del poeta se leyó tras su intervención. Se ha ido Nicanor Parra. No, eso no es cierto. Y tampoco un chiste.
  9. Elegir vivir con menos Álvaro Holuigue y Jessica González decidieron, junto a sus tres hijos, salirse del sistema y dejar de ganar dinero para bienes innecesarios a cambio de tiempo y calidad de vida. Hoy viven en Cartagena, cultivan las verduras que consumen, hacen su pan y practican el trueque. Se las arreglan con poco más del sueldo mínimo y les alcanza hasta para ahorrar. Paula.cl Cuando llueve Jessica (39) y Álvaro (44) inmediatamente ponen un tambor en el patio para recolectar el agua que cae del cielo. Este rito instalado en la familia Holuigue González desde hace más de tres años es uno de los tantos que los ayuda a vivir prácticamente fuera del sistema ahorrando lo suficiente para necesitar solo 300 mil pesos mensuales, no tener Isapre ni AFP, visitar el supermercado lo menos posible, no ver televisión e incluso fabricar su propio detergente. Esta pareja con tres hijos: María Ignacia (16), Álvaro (14) y Antonia (10) decidió en un momento de su vida bajarse del tren del consumo y priorizar lo que necesitaban y no lo que querían. Había cosas que no cuadraban y no entendíamos en qué mundo estábamos, donde el único fin de trabajar era ganar plata. Álvaro recuerda aquella época en que se pilló trabajando más horas de las normales y viendo muy poco a sus hijos. Era 1999 cuando Jessica se cruzó en la vida de Álvaro, quien había estudiado Veterinaria y ya tenía algo de experiencia en el mundo del campo. Pololearon un año, se casaron y se construyeron una casa a 8 kilómetros al interior de Cartagena. Tomábamos agua de pozo, la luz era de velas, y escuchábamos una radio a pila, dice Jessica, asegurando que era idílico. Pero todo cambió cuando no se cómo recalca se convirtieron en empresarios del campo: con 8 mil gallinas ponedoras y mucha gente trabajando para ellos. Debieron contratar a una nana para los niños (que ya habían llegado) porque Jessica ocupó el papel de jefa comercial en la empresa. Salía a las 8 de la mañana a vender a Santiago y volvía a las 12 de la noche. Pasaba por un hipermercado a comprar unos juguetes a mis hijos, a los que solo veía por fotos. Sus niños comenzaron a preguntar cada vez que la veían ¿Qué me trajiste? y la comida la pasaban a buscar a un restorán porque no alcanzaban a cocinar. Sentí que había cambiado tiempo por plata, recuerda con angustia la Jessica de hoy, que solo sale de casa para hacer clases de yoga. Generar y generar lucas Pero las cosas comenzaron a fallar. En 2007 el sistema les hizo una zancadilla: subió el petróleo, el maíz se fue a las nubes y el negocio dejó de ser rentable. Álvaro debió comenzar a trabajar como contratista para mantener el estándar de vida. Una vez fuimos al supermercado y nos salió una cuenta de 180 mil pesos, y ¿qué llevábamos?, nada que realmente necesitáramos, dice. Decidieron irse a vivir a Llolleo para estar más cerca del colegio de los niños y arrendaron una casona de 400 metros cuadrados, con 5 mil de terreno en el mejor barrio de la ciudad. Álvaro viajaba por todo Chile para conseguir obras y trabajos. Prácticamente no estaba con la familia. Seguíamos en el sistema para generar y generar lucas, cuentan con un dejo de tristeza. Algo no estaba funcionando. En el año 2011 Jessica tomó a los niños y se trasladó a Santiago y encontró trabajo en un mall como vendedora de ropa mientras su marido seguía en el área de la construcción. Esta nueva idea apenas duró un mes. Poco a poco se iba notando la crisis familiar, y todo por mantener un estilo de vida que nadie nos estaba pidiendo tener, se miran y reflexionan como pareja hoy. El quiebre se produjo en enero de 2013. Nuevamente la mujer de la familia tiró el mantel, tomó una mochila, a sus tres hijos y se fue a Isla de Pascua. Sería solo por el verano, pero se quedó un año. Recogía de la basura los muebles y utensilios. Los niños andaban todo el día sin zapatos, íbamos a la playa después del colegio, jugaban felices y sentía que me estaba haciendo cargo de mi vida. Creo que nos ayudó a crecer, analiza ese momento bisagra en la vida de ambos, cuando trabajó como costurera ganando 4 mil pesos diarios y lograba sobrevivir. A Álvaro le costó un poco más cambiar el switch. Yo seguía trabajando en la construcción. Me levantaba temprano y volvía de noche a una casa en silencio. Estaba solo dedicado a trabajar para enviarles plata a los niños. No imaginaba lo que vendría después. Cuando Jessica y los niños regresaron al continente Álvaro no reconoció a su mujer. Ella ya no quería que la plata fuera el centro de sus vidas, y se separaron. Había comenzado el verdadero cambio. Nunca más chaqueta y corbata Santiago no logró ser una alternativa para Jessica. Después de un año en Isla de Pascua, decidió que no quería vivir en la capital. No podía meterlos a un colegio con chaqueta y corbata, dice. Era la convicción de que sus hijos debían seguir siendo libres y recibir una educación distinta. Álvaro, quien siempre la apoyó, le comentó de un colegio en Cartagena que tenía educación alternativa. Jessica no lo pensó dos veces y partió en busca de una casa. Todo el mundo nos decía: ¡Cartagena!, ¿estás segura que quieres vivir ahí?', recuerda. Compraron una casa de 1948 de 95 metros cuadrados construidos. Álvaro comenzó a ir porque necesitaba unos arreglos. La visión del mundo que tenía Jessica me hizo ver de otra manera la vida. No todo era trabajar para tener. Me di cuenta de que estaba perdiéndolo todo: mi familia, mi mujer, mi gusto por vivir, reconoce. De a poco se fue quedando en Cartagena para reconstruir su nido y, de paso, su familia. Tres meses después le declaró a su mujer cuál sería su nueva vida: Le dije: Ya no quiero ser más contratista, me quiero salir del sistema, no quiero seguir trabajando así, quiero hacer lo que me gusta. Comenzó entonces a hacer jardines, a estudiar Permacultura (modelo ecológico que cuida la tierra, la gente y pretende un reparto justo) y dar clases de Biología en el colegio de Cartagena. La visión del mundo que tenía Jessica me hizo ver de otra manera la vida. No todo es trabajar para tener, me di cuenta de que estaba perdiéndolo todo: mi mujer, mi familia, mi gusto por vivir, dice Álvaro. Ser sustentable en la ciudad Hoy esta renuncia los tiene viviendo sin angustias diarias, y están felices. Ahorran en todo lo que consideran innecesario, se compran ropa en la feria, no van a restoranes, no tienen auto, andan en bicicleta o a pie. Jessica no acepta ningún trabajo donde tenga que tomar locomoción. Queremos decirle a la gente que no es necesario irse a vivir al Cajón del Maipo para cambiar la forma de vida, dicen enfáticos en los talleres de cosmética y alimentación sana que realizan en su cocina recién remodelada con sus propias manos, donde resalta la madera nativa de un tronco del sector. ¿Cómo se puede dejar de consumir? Primero entender el mundo, después entenderse uno dentro del mundo, que es parte de la conciencia y, por último, no dejarse vencer por las tentaciones de la publicidad que te dicen lo que debes tener o lo que debes hacer. Álvaro y Jessica cultivan la tierra en su jardín para obtener frutas y verduras; tienen maceteros con yerbas medicinales no van al médico; hacen trueque con los productores locales de huevo, miel, verduras, legumbres, quínoa o avena, y fabrican en casa su pasta de dientes, detergente, jabón, champú, desodorante y cremas. Ellos mismos hacen su pan, tallarines y las colaciones de los niños. Los Holuigue González imparten clases de cosmética y alimentación sana y cultivan hierbas medicinales. ¿Qué compran en el supermercado? Solo necesitamos aceite, papel higiénico, servilletas, arroz y harina. Leche prácticamente no tomamos. De los artículos más caros consumen poco: pollo, dos kilos una vez al mes, carne, en alguna oportunidad y al pescado le dan una opción a la semana. Incluso, pueden ahorrar para hacer arreglos en el hogar. Decidieron sacar todo el cemento que rodea la casa para poner plantas y su próximo proyecto es proporcionarse por completo el consumo eléctrico (hoy pagan $ 13.000 mensuales) e incluso tratar de venderle al sistema interconectado los watts que les sobren como familia. Quieren ser más sustentables. Hoy su hija mayor se educa en casa a través de un colegio virtual. Un día me dijo: ¿Por qué tengo que ir a un lugar que no me gusta, recuerda Jessica, y no tuve cara para obligarla, era yo misma hablándole al mundo. El segundo irá a una escuela rural ama el campo y la más chica está matriculada en el colegio Presidente Aguirre Cerda. Sabemos que nuestros hijos tienen que salir al mundo, pero entienden que existe esta forma de vida donde uno no tiene que ir a un trabajo que no le gusta solo por el dinero, recalca Jessica, recordando que hoy viven con 300 mil pesos mensuales, consumen agua o jugo de fruta, decoran la casa con artículos autofabricados, tejen sus propios chalecos y enseñan educación ambiental en la municipalidad. Para nosotros no es terrible que el supermercado esté cerrado un día feriado.
  10. Esta es mi historia: Tuvimos un embarazo inviable y nos enteramos a los 6 meses de gestación Este testimonio, protagonizado por el matrimonio compuesto por la publicista Josefina Díaz (36) y el ingeniero comercial Benjamín Irarrázaval (37), es parte de la sección Esta es mi Historia, que reúne relatos de chilenos comunes y corrientes que vale la pena leer.. Paula.cl Recuerdo que mi cuerpo se congeló. Después de 6 meses de embarazo y 15 ecografías, el tercer ecógrafo que me veía le decía en voz alta, como si no estuviéramos ahí, al estudiante becado que tenía a su lado: Esta guagua es inviable. En las últimas semanas nos habíamos enterado de que la Olivia, mi guagua, venía con un onfalocele (defecto congénito en el cual un órgano se desarrolla por fuera del cuerpo). Es como un globito en el ombligo. Hay muchos niños que nacen con esto. Es una operación muy fácil, lo que está hacia afuera se mete hacia adentro, dos puntos y listo, nos había explicado el doctor. También venía con los riñones en herradura (unidos por la parte superior). Pero hay guagüitas que tienen este problema y viven toda su vida sin que les pase nada, agregaba el doctor. Pero ese día, el de la ecografía, las cosas cambiaron. Tu guagüita no es compatible con la vida. Tiene una displasia renal, va a vivir máximo un año y no será una vida grata, siguió el ecógrafo. Luego de eso, nos dejaron solos en la consulta. Estábamos en shock. Caminamos a la sala de espera sin decir nada. Teníamos que esperar para recibir el CD con el informe de la ecografía. Me metí al baño y me puse a llorar. -Creo que nunca he llorado tanto como en el trayecto de la clínica a la casa -interrumpe Benjamín. Ese día llegamos a la casa a googlear: ¿qué es la displasia de riñón?, ¿cuáles son las probabilidades de sobrevivencia?, ¿cómo es la calidad de vida?. Recordé a mi ginecólogo de cuando chica, lo llamé y nos recibió al día siguiente. Confirmó el diagnóstico: onfalocele y riñones en herradura. Te voy a derivar al mejor ecógrafo que conozco, nos dijo. Un día después estábamos en la consulta del doctor Waldo Sepúlveda, gineco-obstetra de Fetalmed. Tu guagüita es trisomía 13 o 18. Su estómago, sus riñones, su crecimiento, sus ojos, el tamaño de su tabique, dijo, luego de hacernos una ecografía, y nos instó a realizar un examen. Voy a extraer líquido amniótico por aquí dijo señalando los pies de la Oli, sin tocarla. Vimos la aguja entrar, sacar el líquido y salir. Ese examen nos costó 500 mil pesos y no lo cubrió nuestra Isapre. Dos días después, recibimos los resultados: trisomía 13. Mi guagua se iba a morir, y a 6 meses de gestación, nosotros, por fin, sabíamos lo que tenía. Le pregunté al doctor cuáles eran mis opciones. Con 26 semanas nadie te va a hacer nada. Puede morir hoy, mañana, en días. En el parto o después de su nacimiento, nos explicó. Y agregó: Tienen dos opciones: que esto los derrumbe, o que se propongan disfrutarla y darle la mejor calidad de vida que puedan, mientras esté con ustedes. Ese día el Benja me dijo: Este es nuestro embarazo, esta es nuestra guagua, y la vamos a aprovechar lo máximo que podamos. *** Con el Benja fuimos amigos por 16 años, hasta que en 2013 nos pusimos a pololear. Un año después nos fuimos a vivir juntos y en 2016 nos casamos, cuando tenía cuatro meses de embarazo. Ahí, en el matrimonio, les contamos a todos que esperábamos a una niñita. Después del diagnóstico, nos demoramos tres semanas en hablar con nuestras familias. Les dijimos por separado, en almuerzos familiares. Yo soy tu hijo y necesito a mi mamá. Te necesito fuerte, le dijo Benja a mi suegra. Sin quererlo, yo opté por ser más brusca: Se va a morir mi guagua, les dije. Salvo por nosotros, nadie sabía lo que la Oli tenía. Habíamos buscado en internet sobre la trisomía 13 y lo que vimos fue terrible. Nos encontramos con imágenes muy chocantes. Y si lo hubiésemos sabido antes, ¿habríamos abortado?, pensamos. Concordamos en que lo habríamos considerado. Quizás en el momento, estando en una camilla, nos habríamos arrepentido. Pero nunca lo sabremos, porque nunca tuvimos la opción. Después de pensarlo le pedí perdón a la Oli, y le dije: Mientras tú quieras estar, quiero que estés feliz. Durante 6 meses no nos habíamos enterado. A los 3 meses, recuerdo, fui asustada a la doppler. Ese día, en la ecografía, había algunos parámetros fuera de rango. La Olivia estaba en la curva baja de crecimiento. Va a ser enanita, pensé. Pregunté si podía hacer o comer algo que pudiese ayudar a su crecimiento. Me dijeron que no tenía de qué preocuparme. De ahí en adelante me empezaron a hacer ecografías cada 15 días, y para el quinto mes, cada 10, con otros dos ecógrafos. Así hasta el mes 6. *** Los días que siguieron a la última ecografía tratamos de hacer una vida normal. Cuando Benjamín llegaba a la casa me saludaba a mí y a la Oli. Le poníamos música, Benjamín le leía cuentos y, si se movía, apagábamos todo para ponerle atención. También le hablamos de Comedor, un perrito que tuvimos que sacrificar por un cáncer. El Benja le decía: Oli, un día te vas a quedar dormida y va a venir un perrito blanco a buscarte y llevarte con él. Dentro de todo, la Oli estaba bien, sus latidos eran perfectos y crecía. ¿Podremos donar alguno de sus órganos?, nos planteamos. ¿Queremos donar su corazón, el de nuestra guagua, que aún ni siquiera podemos ver?. Pensar en eso hacía todo demasiado real. Teníamos miedo. Miedo a que yo despertara y que ella ya no estuviera ahí. Para ese entonces, las ecografías eran una vez a la semana. -Desde que te enteras, prácticamente no piensas en otra cosa. Yo me despertaba y pensaba: Mi guagua se va a morir. Estaba en una reunión y pensaba: Mi guagua se va a morir. Nunca para, es una constante y empiezas a convivir con esa pena -dice Benjamín. Nos turnábamos. Si Benjamín estaba mal, yo lo abrazaba y lo consolaba. Si él me pillaba llorando, en la cama, me abrazaba en cucharita. *** Una prima mía nos habló de la Fundación Amparo. No me hacía sentido contarles mi pena a extraños, pero Benjamín quería ir y yo quería acompañarlo. Nos recibió un matrimonio que vivía en Providencia. Su primera guagua tuvo trisomía 18 y había muerto al nacer, y ahora tenían dos hijos más. Esa fue la primera vez que alguien nos habló de la parte más cruda. Hay funerarias a las que hay que llamar, papeleos de inscripción y defunción del Registro Civil que llenar y un equipo médico que elegir. También nos entregaron un documento para traspasarle a nuestras familias con algunos consejos: No decir frases esperanzadoras, no afirmar Ustedes van a estar bien, no hablar de Dios ni de milagros, no justificar con un Lo bueno es que ustedes aún son jóvenes. Mi hija se iba a morir y yo iba a vivir con su muerte para siempre. En la fundación también nos guiaron en la elección de una maternidad. Decidimos atendernos en la Clínica Indisa. Allí, el doctor nos instó a hacernos preguntas que no habíamos considerado: ¿Les gustaría estar solo los dos durante el parto, o quisieran integrar a la familia?; ¿Preferirían un parto normal o una cesárea?; ¿Quisieran que ayudáramos a Olivia a mantenerse con vida?; si nace muerta, ¿Quisieran que su familia igualmente la conozca?. Decidimos que estaríamos solo los dos, que dejaríamos que mi cuerpo fluyera y que la Oli decidiera cómo nacer y que, si nuestra guagua permanecía con vida, iba a ser porque podía y no porque nosotros quisiéramos. Yo le repetía: Si te quieres morir dentro, dale. Si quieres nacer, estamos acá. Habitualmente estos partos son a la semana 36 o 37. El doctor me dio un pre-natal más largo. Estaba en la casa, dándole vuelta. Limpiaba la casa, una y otra vez, y me apoyé en mis tres perros. *** Mi trabajo de parto comenzó el lunes 29 de agosto de 2016, a las 8 de la mañana, cuando estaba en la semana 40 de embarazo. La Oli nació 11 horas después, en un parto normal, y pesó y midió 3,480 k y 48 cm, respectivamente. Tenía su estómago afuera, dentro de una especie de globito, y 6 deditos en cada una de sus manos y en un pie. No tenía desarrollados sus ojitos, así que no podía abrirlos, y tenía el paladar fisurado, así que no podía tomar leche. La puse en mi pecho y la abrazamos y besuqueamos. También nos tomamos fotos con ella. Luego dejaron entrar a mis papás, a mi hermano y a mi suegra. La Oli no se moría. Una hora después de que nació estábamos yendo a la pieza y cuando íbamos por el pasillo advertimos un túnel de cerca de 40 personas que estaban esperándonos. Eran nuestra familia y nuestros amigos con flores y globos. La Oli era como una rockstar. Entraron de a uno y en grupos. Ese día recibimos gente hasta la 1 de la mañana, la Oli lloró hasta las 6 de la mañana siguiente y nosotros no teníamos más que un pilucho para vestirla. Ese día le pusieron una bolsa estéril alrededor de su estómago y una sonda. Esa noche, a las 4 de la mañana, nos llamaron a Neonatología. Se está muriendo, vengan a acompañarla, nos dijeron. Benjamín me subió a una silla de ruedas y cuando llegamos la tomé en mis brazos. En el monitor, veíamos cómo bajaban sus latidos, mientras la enfermera que nos acompañaba rezaba. La abrazamos y le hablamos. De pronto, su respiración retomó el ritmo y sus latidos se volvieron intensos. La enfermera no entendía nada. Nosotros tampoco. Al tercer día los doctores ya evaluaban mi alta. Yo le había empezado a dar de mi leche a la Oli, en jeringas, y ella había dejado de vomitar. Su sistema excretor no estaba funcionando. Los siguientes tres días llegábamos a las 7:30 de la mañana y nos íbamos a la 1 de la madrugada. Pasaban los días y yo la miraba. Estaba viva. Veía sus deditos y pensaba: eso no es nada, podría operarse. Luego miraba sus ojos. Y si es cieguita, puede vivir así también. Sentí un poco una ilusión, que sabía que no era real. La mañana del domingo 4 de septiembre, la Oli tenía otro color y un jadeo cortito que nunca dejó de hacer. Ese día con Benjamín salimos a dar una vuelta, caminamos, solos, por avenida Santa María. En un momento dije No doy más, me siento y me pongo a llorar. Le digo a la Jose: Quiero que la Oli se muera. Egoístamente pedí en voz alta que la Oli se muriera. No quería que siguiera así, sin que pudiésemos hacer algo por ella. ¿Cuánto estamos dispuestos a hacer para tenerla con nosotros?, decíamos interrumpe Benjamín. Esa noche, a las 22:30 hrs, la Oli empezó a apagarse. Sus latidos bajaban. 95. 40. Despacito, de a poquito. Después de que todo el mundo pudo conocerla y despedirse. Nos despedimos de ella y pudimos cambiarle su ropita. *** Su funeral los hicimos como una celebración de primer cumpleaños. Había flores, música y un día soleado. Era una niña. Queríamos árboles, colores, no una capilla oscura, con un señor hablando de ella sin siquiera conocerla. La cremamos y hablamos nosotros. Un tío mío cantó para ella el Ave María y nuestros amigos más cercanos llegaron con decenas de globos de colores. Otros le leyeron un cuento o le tocaron una canción. El pasado 29 de agosto celebramos el primer cumpleaños de la Oli. Y seis días después, conmemoramos su muerte. Ese día el Benja se tomó la tarde y compró flores y globos con helio, y junto a nuestros perros, Cabezón, Patuleca y Rocket, los soltamos en el patio de nuestra casa. Ella está todos los días presente, todos los días la nombramos y la saludamos. Conservamos una esquina de la casa con fotos de ella y le agradecemos, por regalarnos tiempo. Por darnos expectativas. Ser padres de nuevo Un mes después de la muerte de Olivia, el doctor Waldo Sepúlveda les sugirió a Josefina y Benjamín realizarse un examen de cariotipo, que detecta la presencia de traslocaciones genéticas. Ese simple examen tuvo un costo de 60 mil pesos para Josefina y 15 mil pesos para Benjamín, que fue cubierto por la Isapre. La muestra de sangre fue tomada en la Clínica Indisa y la evaluación fue realizada en el laboratorio de la Universidad de Chile. Los resultados arrojaron que Benjamín tenía una traslocación genética en el gen número 13: uno de sus cromosomas del gen 13 está pegado con uno de sus cromosomas del gen 14. Esta traslocación puede portarse, como es el caso de Benjamín, o manifestarse, como es el caso de Olivia. Desde entonces han evaluado distintas alternativas, como extraer óvulos, fecundarlos con un semen comprado y realizarle un test genético al embrión (que tiene un valor de entre 8 y 12 millones de pesos), o fecundar los óvulos de Josefina con semen comprado e implantarlos (que tiene un valor aproximado a 1 millón de pesos). Actualmente, Josefina y Benjamín llevan 5 meses realizando un tratamiento con vitaminas, para la estimulación folicular y para mejorar la fragmentación y buena movilidad de los espermios en la Clínica Las Condes. Según los doctores, de utilizarse los espermios de Benjamín, existe un 25% de probabilidades de que nazca una guagüita sana, un 50% de que venga con la misma traslocación que Benjamín, pero que no se manifieste, un 12,5% de probabilidades de que nazca con una trisomía 13 que se manifieste y un 12,5% de probabilidades de que sea una monosomía 14, que corresponde a embriones que no alcanzan a fecundarse y que resultan en abortos espontáneos.
  11. MIGUELITA Miglèse Paulemon, Miguelita en español, llegó hace 15 meses a Chile desde Puerto Príncipe. En Haití estudiaba Enfermería, pero la pobreza la obligó a abandonar todos sus planes. Antes, su madre emigró a Canadá. Miguelita se atrevió con Chile, se instaló en Quilicura y trabaja como asesora del hogar. Un par de veces por semana lo hace en la casa de la mamá de una de las dueñas de Sisa, la marca de ropa de Alejandra Cruz y Elisa y Trinidad Rodríguez. No es solo su belleza la que llamó la atención de las socias de Sisa. Hace un buen tiempo que la marca viene prescindiendo de modelos para sus campañas. “La pregunta que muchas veces nos hicimos después de hacer fotos con modelos fue: ‘¿Qué sentido tiene hacer una producción para transformar a una niña en alguien que realmente no es?, sabiendo que existen mujeres reales que pueden representar tal cual son nuestra marca. La elección de Miguelita es una reacción a esa pregunta.
  12. Lucía Santa Cruz: la musa de la derecha Una de las intelectuales más influyentes de su sector habla de su otro lado: el costo de ser de derecha, el dolor de perder a una hija, de aborto, matrimonio igualitario y también de ser mujer: “nunca he adherido al feminismo”. . paula.cl Vive en una casa que sin ser tan grande es imponente, como una villa italiana, que un tiempo fue amarilla y ahora es blanca, en una calle que sigue siendo tranquila pese al implacable avance inmobiliario de las cuadras que la rodean, llenas de nuevos condominios, de ese Chile emergente que ella describe en su libro La igualdad liberal. Pero Lucía Santa Cruz no siente nostalgia por un pasado “agradable” como dijo alguna vez, pero que considera injusto. El tema de la movilidad social le viene interesando a esta historiadora hace años, desde que vivió en Inglaterra –dice– y le tocó ver un Parlamento que ya no manejaban los terratenientes y cuando, hace 30 años, escuchó a Carlos Cruz en la Universidad de Chile –quien después sería ministro de Obras Públicas– decir que “el cambio más importante es que antes un joven lo único que quería era ser empleado público y usar manguitas negras para surgir, y hoy lo único que quiere es estar en una empresa”. En el año 2000 hizo un estudio en la UAI con Eugenio Guzmán para analizar la influencia de las políticas económicas en los patrones de diferenciación social. Es el día después del triunfo de Sebastián Piñera y Lucía Santa Cruz está contenta. –Pensé que ganaba Guillier, incluso hice una apuesta en el banco –dice, refiriéndose al Santander, del que es directora. Aunque nunca ha militado en Renovación Nacional o en partido alguno, Lucía Santa Cruz es una musa de la derecha chilena, o de parte de ella. “Andrés Allamand me decía Madre Superiora porque los retaba”, dice. Ha sido una consejera e inspiración desde que escribía columnas en los 80 sobre los derechos individuales, las que le dieron también autoridad moral y política en su sector, aparte de la que le otorga su cultura y elegancia intelectual. También elegancia de la otra. Con un vestido suelto floreado, y un grueso collar de perlas que se enrosca en el cuello, sentada en un living lleno de libros sobre mesas de centro, con tapices puestos con naturalidad, sofás franceses y un jardín perfecto a su espalda, elegancia es el primer adjetivo que surge. En una mesa lateral hay dos fotos del príncipe Carlos de Inglaterra (una con Camilla Parker) dedicadas, y en otra, una del príncipe y su mujer junto a Lucía, su marido Juan Luis Ossa y su familia –tomada en esta casa–, amistad que viene desde los tiempos de juventud, cuando Lucía vivía en Londres como hija del embajador chileno, Víctor Santa Cruz, y después como estudiante en Oxford. Amistad de la que no habla con periodistas, por lo demás. “Tuve el gran privilegio de tener una educación extraordinaria, pero hay mucha gente que tiene una educación extraordinaria y no la aprovecha. La he aprovechado con mucho esfuerzo, soy matea”. Lucía fue decana de Artes Liberales de la UAI y miembro del directorio de TVN. Hoy es directora de la Fundación Adolfo Ibáñez y miembro del directorio del Banco Santander. Eres una optimista de la movilidad social. Pero sigue siendo difícil que un trabajador del sur, por ejemplo, llegue a ser presidente del Santander, aunque sea muy capaz. A ver, el presidente del Banco Santander nació en Iquique, fue a un liceo público, se llama Vittorio Corbo. El gerente general es Claudio Melandri, quien se vanagloria de haber crecido en Recoleta. Es muy distinta la situación a 1960. Si uno va analizando cómo está conformada la elite, no es la de 1970, de castellanos vascos que tenían el monopolio del poder político, económico y social; hoy es diversa, móvil, y hay mucha más meritocracia. Y tú, que eres una persona totalmente de la elite, por origen, pertenencia, apellido, ¿has vivido los cambios de la sociedad con cierta incomodidad? Todo lo contrario. Con un gusto enorme. Mira, Carlos Peña presentó mi libro y después me dijo, privadamente pero creo que a él no le importaría si lo digo, que yo era una igualitarista espontánea. Y eso es verdad. Me molestan las situaciones de privilegio no merecidas. Ahora, yo estoy en una posición muy beneficiosa, porque de alguna forma he podido competir bajo estas nuevas condiciones. ¿En qué sentido? En que creo que nada por lo cual soy conocida es producto de privilegios. Me lo he ganado competitivamente en el mercado. Pero cuando partiste tu carrera, el haber sido quien eras, hija de un embajador en Inglaterra, hacía que tuvieras privilegios de todo tipo. No. Tuve el gran privilegio de tener una educación extraordinaria en Inglaterra, pero hay mucha gente que tiene una educación extraordinaria y no la aprovecha. La he aprovechado con mucho esfuerzo, soy matea. Entonces, nunca me he sentido amenazada, me imagino que otras personas pueden haberlo sentido, sé que hay mucha gente que sí, pero yo no, todo lo contrario. ¿Y cuál ha sido la parte difícil de esta vida que se ve tan bien desde fuera? ¿Ser mujer ha sido un hándicap en contra? No, mis problemas no han sido públicos. Igual que todas las personas, uno tiene problemas privados, que son los que realmente le importan. A nosotros se nos murió nuestra hija, hemos tenido dolores… Fue al nacer. Era la primera. Es un golpe devastador. ¿En qué sentido eso te cambió? Los dolores ayudan a ordenar la escala de valores. A mí cuando me pasa algo –un fracaso profesional, una pérdida material– digo: “¿Cuánto más de eso daría yo para que a ningún nieto mío le pase nada?”. Lo daría todo. Entonces, te sitúa con una escala de valores, te los ordena, porque los dolores dejan de ser abstractos. ¿Te sentiste más vulnerable? Por supuesto, con un sentido de la mortalidad, del privilegio de la natalidad. Para mí, cada hijo que me nacía bueno y sano era la venida del Mesías. Son aterrizadas muy grandes. En todas partes hay enfermedad, hay soledad, hay conflictos familiares. Al final las cosas del ámbito privado son los hándicaps en contra. Pero sigo creyendo que soy muy privilegiada. Pero a veces sí siento… es curioso lo que te voy a decir… siento que ser de derecha es complicado. ¿Has pagado costos por ser de derecha? Pero por supuesto. Los troleos, los prejuicios. Tú no sabes la cantidad de gente de izquierda que me ha mirado con odio, y al conocerme hemos terminado siendo grandes amigos. Me tocó, durante la transición, formar parte de ese grupo que se organizó en el CED, que fue como el preámbulo del Acuerdo Nacional, y ahí me tocó una persona a la que le tuve que decir en un momento: “Mírame, salúdame, no tengo cuernos”, y terminamos íntimos amigos. Después me acuerdo de Eduardo Loyola (abogado socialista), nos hicimos íntimos amigos. Yo lo fui a ver a la cárcel, y él me mandó flores cuando nos echaron de De cara al país. Ahí conocí también a Carlos Ominami, quien una vez me dijo: “Yo no puedo dormir en la noche si tú me sigues diciendo que eres de derecha. Tú no puedes ser de derecha” (risas). Bueno, como eso. Y yo tengo íntimas amigas que la mitad votaban por Guillier y la otra mitad no. “Mis problemas no han sido públicos. Igual que todas las personas, uno tiene problemas privados, que son los que importan. A nosotros se nos murió nuestra hija. Fue al nacer. Era la primera. Es un golpe devastador”. ¿Esto fue como un proceso en tu vida? ¿O siempre fue igual? Siempre. A mí me gusta la diversidad. En Inglaterra aprendí a diferenciar el ámbito afectivo de las discrepancias objetivas. Trato siempre de no trasladarlos al ámbito personal, de manera de poder querer a alguien a pesar de que piense las cosas más horrorosas desde mi perspectiva. Y para la derecha es difícil que eso le pase… ¿Porque está muy enclaustrada? No, pasa porque hay mucho prejuicio, porque siento que tengo menos libertad genuina de expresión. ¿Porque tus ideas hoy en día son menos populares? No, son más populares, y quedó demostrado en la elección, pero creo que son minoritarias en el ámbito de los periodistas y en el ámbito académico. Pero el aborto, por ejemplo, ¿no sientes que para la derecha ya es batalla perdida? No. Y esa es una discusión tremendamente provinciana en Chile. Se está pidiendo unanimidad acerca de un tema que es profundamente divisivo y conflictivo en todas partes del mundo. Yo en una carta que escribí a El Mercurio cité a Michael Sandel, que dice: “Estar en contra del aborto y estar a favor del aborto, ninguna de las dos son posiciones moralmente neutras, todas conllevan un juicio de valor que depende de lo que uno crea acerca de la naturaleza del feto. Si cree que es una persona humana, es igual al infanticidio, si no cree que es una persona humana, por supuesto que priman otros derechos”. Entonces, esto de decir que la derecha es cavernaria, a mí me parece muy latinoamericano y muy provinciano. ¿Se te cayó Vargas Llosa? No, porque su gran contribución es antes que todo la literatura. Me siento amiga de Vargas Llosa. Creo que fue un juicio impulsivo, él tiene esa veta, que hay muchos liberales latinoamericanos que creen que –no es el caso de Mario Vargas Llosa– una parte muy importante del liberalismo tiene que ver con esos temas. Y para mí tiene mucho más que ver con la autonomía frente al Estado. Lucía Santa Cruz Sutil estudió Historia en la Universidad de Londres y tiene un M. Phil en Historia en la Universidad de Oxford. También es autora del libro de cocina La buena mano. ¿Sigues estando en contra del aborto en las tres causales? En todo, fíjate. O sea, creo que hay muchas cosas que son ilegales y uno está dispuesta a cometer una ilegalidad, pero eso no lo hace legal. Lo traté de explicar en una entrevista, pero no salió muy claro, pero si yo tuviera una hija de 12 años violada, no sé qué haría. Pero no encontraría que está bien, y diría “es infanticidio”, pero puede ser, y entiendo mucho que haya personas que lo hagan. Mi guagua murió porque no era viable, y no habría sacrificado ni un día de ese embarazo. Pero tú no sabías que no era viable. No, porque no había ecografías. Tenía una intuición, tenía algo… ¿Lo que no te gusta es que sean banderas estas causas? No, para nada. Pero en lo único que estoy ciento por ciento clara es en el aborto. ¿Qué piensas del matrimonio igualitario y la filiación? Mira, después de ver lo del Sename, que es la cosa más escandalosa que ha pasado en este país, que hayan muerto niños encargados al cuidado del Estado, bueno, cuando uno ve que hay niños que tienen ese destino… yo conozco parejas de homosexuales que les brindarían una vida infinitamente mejor. ¿Te has replanteado el tema? Es un tema que es discutible, tampoco hay que descalificar a nadie porque piensa otra cosa, porque la verdad es que la evidencia no existe, de cuál es el efecto, es muy corta la experiencia. Es un tema que hay que discutir, analizar, y ojalá no muy emocionalmente, y no casuísticamente. ¿Y piensas que esa debería ser la posición del nuevo gobierno también? El nuevo gobierno tiene el desafío de tratar de buscar los mínimos común denominadores, primero dentro de la fuerza que lo eligió, y después también con muchos que no votaron por él, pero que comparten algunos valores fundamentales. Tiene que ser una posición de negociación. EL LLAMADO DE LAGOS Lucía Santa Cruz participó a fines de los 70 en el libro Tres ensayos sobre la mujer chilena, donde analizó la época de la Conquista, desde la mirada que los extranjeros tenían sobre esta. “La veían como muy avanzada para su tiempo, muy autónoma”, explica. “Porque la historia de la mujer chilena no ha sido una historia de opresión. Las circunstancias históricas primeras, con una guerra en Arauco muy prolongada, significó que las mujeres, al margen de los derechos que le entregaba la ley, quedaban solas, tomaban decisiones importantísimas, y eso las hizo muy autónomas. Por eso creo que nunca ha habido movimientos feministas demasiado radicales o violentos en Chile, porque de alguna manera las mujeres pudieron soslayar los aspectos normativos con prácticas muy distintas a lo que la ley imponía. Fue uno de los primeros libros de lo que hoy día se llamaría –y me carga el concepto– estudios de género. Nunca he adherido al feminismo”. ¿Te carga la palabra? Sí, porque no adhiero al clasismo, ni al racismo, ni al machismo, ni a ningún “ismo”. Me cargan los “ismos”. ¿Y por qué te carga el feminismo? Porque no me gusta ningún análisis que se base en una categoría única para analizar la sociedad. O sea, el género es una variable de muchas. Obviamente para mí el hecho de ser mujer es muy importante. Pero en una parte, porque también me define tener la edad que tengo y ser de la generación que soy, ser católica, chilena, historiadora, haber trabajado en distintos ámbitos. Entonces, si a mí me tratan de explicar exclusivamente desde la categoría del género no van a entender quién soy. ¿Pero ser mujer te marcó en algún sentido en la dificultad de tu carrera? Fíjate que entiendo que para muchas puede haber sido así, para mí, tengo la impresión de que fue al revés, que me ayudó. Me tocó una época donde pasó a ser positivo, por ejemplo, tener mujeres directoras… La paridad te ayudó entonces. Es que no es la paridad, es una política de incorporación de miradas distintas en los directorios. ¿O sea no te sientes en un cupo de paridad mujer en el Santander, por ejemplo? Para nada. Siento que mi contribución en los directorios no ha sido tanto como mujer, no ha sido tanto desde la femineidad, que lo ha sido también, sino que desde las humanidades. Tener una mirada de la sociedad más compleja, que nada más que entendiendo al ser humano como el “homo economicus”, es un gran aporte. Aportes que han sido más desde esa mirada, y desde cierto rigor, en ciertos principios, valores éticos, que desde el ser mujer. Ahora, ser mujer también ha sido una contribución, pero esa contribución ha venido desde mi diversidad, no desde mi igualdad. He estado en reuniones donde percibo que una discusión se está poniendo muy conflictiva, y siento que tengo los instrumentos para irla desactivando. ¿Y eso no es desde el ser mujer? ¿Desde la empatía de lo femenino? Eso es desde el ser mujer, sí. Pero es desde mi diversidad, porque soy distinta a los otros hombres que están ahí. Pero estar en directorios, estuviste en TVN, ¿te hizo ser más proclive a la paridad, o sea, a poner mujeres en directorios? Es necesario. Ahora, no creo que deba ser impuesto, porque es profundamente humillante estar ahí nada más que en condición de mujer, porque entonces te están promoviendo en condición de tu inferioridad. Tenemos que estar en igualdad de condiciones. En muy poco tiempo, si una empresa muestra su memoria anual en Nueva York, en Londres o en Suiza, con un directorio integrado exclusivamente por hombres, va a ser muy mal vista. Hoy existe el convencimiento de la importancia de la diversidad de la integración de los directorios. No solo en términos de género, pero también en términos de género, que es la parte más obvia, por la sencilla razón de que si tú quieres reclutar a los mejores, no puedes reclutar sólo dentro del 50%, porque las capacidades están distribuidas. ¿Qué piensas de la brecha que aún existe en los sueldos? No hay un estudio que a mí me convenza que realmente se trata de igual trabajo, igual remuneración. En general, son globales. Es una brecha que ha ido disminuyendo, todavía falta, pero lo que importa es lo que está cambiando, y para eso lo que necesitamos es pleno empleo, es crecimiento, competitividad. Pero creo que nunca nadie ha podido explicar por qué las mujeres no luchan más por cargos directivos… Creo que genuinamente, hay una disposición a querer más tiempo para los hijos, y hay una disposición a no querer renunciar a las tareas que siente propias, que no las quiere delegar. ¿Tuviste que hacer renuncias que te dolieron en tu carrera, por tus niños? El gran desarrollo de mi carrera fue después de que mis niños ya eran más autónomos, cuando eran grandes. Tuve que hacer renuncias. Estuve en el directorio de la Nestlé en Suiza, y me significaba cuatro viajes al año, y me acuerdo un cumpleaños de un hijo que no estuve, que me dolió mucho. Pero nunca tuve que renunciar. “No creo que deba ser impuesto (mujeres en directorios), porque es profundamente humillante estar ahí nada más que en condición de mujer, porque entonces te están promoviendo en condición de tu inferioridad”. ¿Es verdad que cuando Lagos te ofreció ser miembro del directorio de TVN le dijiste que lo tenías que consultar con tu marido, y él te dijo: “No me esperé esta respuesta de una mujer como usted”? No, me dio una respuesta mucho mejor que esa. Me dijo: “Yo espero que esa sea la posición de una mujer en un matrimonio muy bien avenido, y no la de una mujer que tiene que pedir permiso” (risas). “Así es, Presidente. En general, él conversa conmigo los cambios en su vida profesional, y yo los míos”. Así que entendió perfectamente que pueden haber conversaciones paritarias en un matrimonio. Y jamás he sentido que me haya obstaculizado. No debe ser fácil para un hombre de su generación tener una mujer que brilla mucho por sus luces propias. Siempre digo que las mujeres hablan de lo difícil que es para ellas; yo encuentro que para los hombres es tremendamente difícil también estos cambios de roles. Hay índices antropológicos preocupantes. ¿Como cuáles? Por primera vez en la historia de las especies animales –y ciertamente de la especie humana– la mujer tiene el poder total sobre la reproducción, decide si se reproduce, cómo, con quién, y ni siquiera necesita la presencia física de un hombre para ello. Eso es un cambio en la estructura de poder gigantesco entre hombres y mujeres. Luego, cuando uno mide el estado de una especie, lo demográfico es por lejos lo más importante. Bueno, la mujer tiene más expectativas de vida, hay más abortos –tengo entendido– de fetos masculinos que femeninos, espontáneamente. En fin, todos los datos hablan de una “superioridad” demográfica de las mujeres. Los índices educacionales de las mujeres, en muchas carreras, son superiores a los de los hombres. El precio de la hora de trabajo hombre-mujer en Norteamérica y en Inglaterra está cada vez siendo, en más áreas, más alto para las mujeres que para los hombres. Entonces, el cambio va en una dirección favorable a las mujeres y difícil para los hombres. ¿Y para la especie? Mira, no creo que uno pueda construir a partir de la voluntad y de la decisión intelectual las realidades culturales. Por eso es que a mi juicio no habría que seguir subsidiando a las mujeres, hay que crear la cancha donde no haya obstáculos. Y para eso hay ciertas condiciones que tienen que ser mejoradas, como la flexibilidad. ¿Para hombres y mujeres por igual, para que todos se hagan cargo? Por supuesto, pero no un postnatal con igual derecho que las mujeres, porque esa es la última usurpación masculina de los derechos de las mujeres, que se embarazan, lo pasan pésimo 9 meses, tienen una disposición especial porque la lactancia materna es mejor, y después se los quitan. Por eso yo creo que todo debe ser voluntario.
  13. Jane Morgan: despedida de soltera La creadora de Japi Jane, la tienda de juguetes sexuales, se casa por segunda vez. Pero no habrá vedettos en su despedida. Aquí explica, en primera persona, por qué. Paula 1238. Sábado 4 de noviembre de 2017. Experimenté la soltería post 30 años y los hombres se espantaban cuando les decía que era Japi Jane. Me divorcié tras 10 años de relación y, cuando iba a citas, después me enteraba que los hombres decían: ah no, con ella no. Trabaja con la sexualidad, con juguetes. Se asustaban con esta pega. Yo me lo tomé con humor. Pensaba: si un hombre se siente intimidado por la sexualidad, es un hombre que no tiene confianza, entonces no es para mí. Con mi pareja actual fue distinto porque él jamás había escuchado de Japi Jane. Me metí en este negocio de casualidad. Soy gringa. Llegué en 2000 desde Missouri para aprender español y aquí conocí a mi primer esposo. Me acuerdo que un día quise comprar un juguete sexual y me di cuenta de que no había oferta y lo poco que había estaba en lugares sórdidos. Entonces decidí importar unos coloridos vibradores con forma de tiernos animalitos para venderles a mis amigas. La cosa prendió tanto que a los pocos meses renuncié a mi trabajo como ingeniera comercial en una fundación y me dediqué a formar Japi Jane, en 2006. Empecé yendo con mi maletita llena de objetos del placer a despedidas de soltera, llevando juegos didácticos, como una vagina de plush y un pene de plástico, para que mis enseñanzas quedaran claras como el agua. Luego hice un diplomado en Sexualidad Humana, abrí tres tiendas y una sucursal en Lima. En los 11 años que lleva Japi Jane puedo asegurar que la chilena aún sabe poco sobre su anatomía femenina: conoce las zonas reproductivas, pero no las de placer. Incluso las jóvenes veinteañeras, no saben lo que es la vulva. Lo que sí ha cambiado es quienes vienen a comprar: antes las mujeres casadas eran las que llegaban más relajadas a la tienda, pero las solteras eran muy pudorosas. Entraban poco menos que con lentes oscuros y escondidas. Hoy veo muchas solteras que compran juguetes para su propio placer, les sacan fotos y lo publican en Instagram. Creo que hemos contribuido a instalar la noción de que los juguetes sexuales son aliados y no consoladores. Para una buena vida sexual hay que partir con uno mismo. A mi hijo, de 18 meses, le voy a hablar directamente sobre la masturbación. Los niños tienen que crecer sabiendo que está bien la autoexploración y el autoplacer y que son cosas que se hacen en privado, pero que no tienen por qué esconder o avergonzarse. Y esto va especialmente para las niñas a quienes sus padres no les hablan, no les fomentan ni les dan el espacio para hacerlo. Esto genera adultas sumamente culposas con su propio placer, no se atreven a experimentarlo y lo consideran tabú, algo que incluso les trae problemas con su vida sexual en pareja. El primer juguete sexual de cobre made in Chile pronto será una realidad. Es que me picó el bichito de la innovación. Es un prototipo con forma de un ave chilena y, a través de un crowfunding, reunimos $3 millones de un total de cinco. Ahora, estamos con Corfo investigando sobre las propiedades antibacterianas del cobre para su uso íntimo. Cuando por fin esté listo, seremos pioneros en un artículo para el placer con este noble metal. Será un aporte al bienestar nacional digno de exportación. La primera vez que me casé tuve tres despedidas de soltera y he ido a más de 600 despedidas como Japi Jane. En marzo me caso con el papá de mi hijo Luca. Digo me caso, pero en realidad vamos a firmar el Acuerdo de Unión Civil, con una ceremonia que oficiaremos nosotros mismos. Como ya he tenido demasiadas despedidas estilo wild on, esta vez, acordé con mis amigas que será una despedida para consentirnos en un spa. Ya no estoy para vedettos.
  14. En crudo Antes de ser una famosa chef, Virginia Demaria supo de grandes dolores, la golpeó una depresión y, muy distinta en apariencia, fue un torito. Aquí, la reina del handmade habla del lado menos conocido de su vida, de cómo la marcó la muerte de su papá cuando tenía 7 años, y del camino que hizo antes de hacer de su nombre una marca. También, de su campaña contra el pelambre. Hay una onda muy poco leal entre las mujeres, muy de criticar todo. Paula 1238. Sábado 4 de noviembre de 2017. Antes de la Virginia Demaria que todos conocen hubo otra Virginia Demaria, muy distinta. Una irreconocible en apariencia, zigzagueante en su camino, oveja negra para su entorno. Era un torito, dice mostrando una foto vieja con uniforme escolar con 17 años, mientras que, a propósito de una con 20 y pelo muy corto y morado, explica aquí estaba muy mal, deprimida. Hasta esa edad, Demaria, 36 años, hoy casada, madre de tres hijos (con ganas de tener un cuarto), chef, reina del handmade, autora de cinco libros, rostro sonriente de TV y voz de radio, embajadora de marcas y seguida por 204 mil usuarios de Instagram, jamás imaginó que haría de sus habilidades, cara y estilo de vida, una empresa con su nombre. A su alrededor, los pronósticos tampoco eran muy auspiciosos. En la familia y en el colegio fue siempre la buena para las manualidades. Desde chica tuve noción de que con eso podía sacar aplausos, pero a la vez, hasta bien avanzada la adolescencia, sentí que, ante los ojos del resto, ser buena para dibujar y pintar no tenía el mismo valor que ser buena en otras cosas, recuerda sentada en la terraza de su casa en Vitacura, mirando el jardín a cargo de su marido, el ingeniero comercial Arsenio Molina. Tal vez la única señal clara que recibió en esa precuela de lo que es hoy se produjo una Navidad. La última junto a su papá. Yo tenía 7 años. Estábamos todos en el living, yo sentada y abrazada a mi papá, quien me dio una maleta de arte profesional, con óleos, pinceles y papel mantequilla. Una maleta negra que no era para niña chica. Era para grandes. Fue como que me dijera te la compro, te tomo en serio. Tengo la certeza de que, a la larga, eso me marcó hacia adelante para haber sido todo lo rebelde que fui y haber peleado por lo que quería, cuenta. La menor de cinco mujeres (dos arquitectas, una periodista y una diseñadora), tenía 3 años cuando a su papá le diagnosticaron cáncer al pulmón que luego llegó al cerebro. Al día siguiente, él y su mujer, Lilian Avedril, partieron a Houston para comenzar un tratamiento. Las niñas se quedaron al cuidado de los abuelos. Fue el inicio de cuatro años de recuperaciones y recaídas, hasta que el 5 de septiembre de 1988, con un vestido hecho por las bordadoras de Conchalí, Virginia despidió a su papá en el Parque del Recuerdo. Antes del funeral, reconstruye, tuvieron que llevarme a caminar porque no paraba de llorar. No tengo mucho más en la cabeza ni en mis sentimientos, salvo que me picaba el vestido y que mi mamá no se vistió de negro sino de damasco, y eso me encantó. Cuando todos se fueron, y nos quedamos mi mamá y mis hermanas con las cenizas de mi papá, con las llaves del auto dibujé un Snoopy sobre la ánfora. ¿Qué recuerdos tienes de él? Me acuerdo muy poco de mi papá y los recuerdos que tengo están también construidos con lo que me han contado mi mamá y mis hermanas. Me cuesta no haberlo tenido y haberlo tenido menos que todas, porque crecí con una persona de la que todos sabían más que yo. No era raro escuchar ¿crees que el papá te hubiese dejado hacer eso?. ¡Cómo iba a saberlo! Además del poco tiempo que lo tuve, conocí a un papá enfermo, al que le diagnosticaron un cáncer con 90% de probabilidades de muerte. ¿Tu casa era un lugar triste? Para nada. A mi mamá la recuerdo siempre muy firme y en las diapositivas que tengo de mi relación con él, parece que mi forma de ser le daba la alegría que necesitaba. Yo tiraba comentarios del tipo no puedo comer esta comida porque tengo cáncer. La primera vez que llegó pelado a la casa, agarré las tijeras y me corté al ras la chasquilla como para empatizar. Abrió la puerta y le dije ¡papá te ves demasiado bacán, igual a Kojak, el detective!. Se reía mucho conmigo. Mis recuerdos son súper alegres, cachando que estaba quedando la cagadita, pero alegres. ¿Cómo se reordena tu familia después de su muerte? Rápidamente mis hermanas tomaron un papel importante en mi vida, especialmente la mayor, que asumió el rol de estar bien arriba mío mientras yo crecía. La mamá de Virginia tenía 39 años cuando quedó viuda y a cargo de las cinco niñitas Demaria, como se les conocía en el colegio La Maisonnette. Antes, durante y después del cáncer, la casa siempre fue el centro de reunión, con amigos y pololos que entraban y salían, y una madre a la que no hay nada que le guste más que alimentar. En su casa se ha comido siempre en una mesa bien puesta, con entrada, plato de fondo y postre. Cuando en Chile nadie conocía el sushi, mi mamá ya lo hacía, dice Virginia. Una casa acogedora y con reglas estrictas. Sábados, domingos, feriados y vacaciones, incluso después de fiestas de amanecida, Virginia y sus hermanas debían estar levantadas a las 10 de la mañana, máximo. La flojera no era permitida. Tampoco el no puedo. Fuimos criadas para eventualmente bancarnos lo que venga solas. Todas tenemos nuestras carreras, todas trabajamos y si hay que hacer un arreglo, sacamos martillo y taladro y ya. La gente suele encasillarme en que soy intensa y que hago mil cosas todo el día. Las cinco somos exactamente iguales. Así fuimos educadas. No tan iguales. Mientras las hermanas fueron siempre de sacarse las mejores notas y llevarse todos los reconocimientos académicos, Virginia no supo de diplomas. A lo más en la libreta de comunicaciones encontrabas un esta gordita exquisita dibuja precioso. Hasta me llevaron a la sicopedagoga para ver por qué la Virginia tiene 6,3 y el resto de sus hermanas 6,8. Mi cabeza es como Pinterest, mi memoria es visual, soy negada para las matemáticas y mientras todos comentan el best seller del momento, yo jamás he podido leer un libro completo, porque llego a la página 50 y hace 30 que estoy imaginando dónde voy a colgar el nuevo plato de mi colección o lo que quiero cocinar. Cuando la gente me dice pucha es que tú eres buena para todo: bordas, tejes, cocinas, dibujas, la verdad es que no es así. En 2016 Virginia Demaria recibió el primer premio de su vida: fue elegida una de las 100 Mujeres Líderes. Dos días después de ser homenajeada, se encontró en un mall con una periodista que la felicitó. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Por fin en mi familia me van a creer, comentó. Este año cumple 12 en televisión desde que fue descubierta por Claudia Conserva. Hacía su práctica como chef en el desaparecido restorán El Agua, de Chris Carpentier, cuando la animadora preparaba el debut de Pollo en Conserva, en La Red, se interesó por ella y la invitó a un casting. Hace dos años tiene su programa propio, Plan V (canal 13C), donde cocina, recorre lugares y descubre personajes y oficios. Suma un espacio diario en radio Oasis y los libros. Este 9 de noviembre, en la Feria del Libro, lanza Recetario, su sexto título con editorial Planeta. Día a día, de 2015, lleva 15 mil ejemplares vendidos. En esta nueva entrega, Demaria vuelve al recetario clásico y se concentra en preparaciones acompañadas de las fotografías de Pin Campaña, además de otras 25 dibujadas por ella. Otra vuelta de tuerca estilo Demaria. Para hacer todo eso tiene un equipo editorial consolidado, una persona que maneja su relación con las marcas y asesoría en contabilidad. Colapso y amor Salió del colegio y se matriculó en Arte en la Católica. Mi mamá debe haber hecho como 900 mandas para que me cambiara a Diseño, aunque ya le bastaba con que estudiara algo, recuerda. A los pocos meses colapsó. La carrera la frustró. Funcionaba perfecto en taller, pero la aburría lo teórico. ¡Imagínate yo leyendo a Duchamp!, dice soltando una de sus carcajadas. Tenía 20 años. Los tiempos de la foto del pelo corto y morado. De la mirada tristísima. Me dio una depresión que me dejó botada ocho meses. Botada-botada, de no poder salir de la casa, ni ver a nadie más que a mi familia. Ni de querer bañarme ni vestirme. Probé con varios siquiatras, tomé todas las pastillas de todos los colores y mis únicos amigos eran los del Backgammon online. El detonante fue la muerte de su abuela materna. Un 5 de septiembre. Estaba enferma hacía tiempo y estuvo muchas veces a punto de morir. Con mi mamá estábamos en la clínica acompañándola y, como pocas veces, nos pusimos a hablar de la relación que yo había tenido con mi papá. Ese día era el aniversario de su muerte. Ahí mi mamá me contó que, para protegerme, él siempre fue muy consciente de dosificar su relación y cariño conmigo, porque sabía que la enfermedad iba a terminar mal y no quería que la distancia fuese tan brusca. Ahí entendí por qué siempre había sentido una distancia física. En medio de esa conversación, mi abuela se murió. Yo estaba al lado. Es muy fuerte ver morir a alguien. De un segundo a otro algo se sale del cuerpo, desaparece la energía, el cuerpo queda como una figura de cera y se acaba todo. La vida me dio vueltas como en una juguera. ¿Has vuelto a vivir una depresión así? No, por suerte. Creo que ese fue el momento de hacerme cargo de todo lo que había vivido y, como soy intensa, lo hice de manera intensa, con esos ocho meses espantosos. Recuperada, se puso a estudiar en Culinary. La cocina la fascinó. Y fue un alivio para mi familia. Yo creo que imaginaban que podría armar una pyme de comida para llevar o algo así. Tiempo después conoció a quien hoy es su marido hace 10 años y del que habla como si llevara seis meses de pololeo. Te casaste joven. Sí. Conocí a mi marido y supe de inmediato que él era la persona. Yo ya me había pegado una vuelta larga de varios pololeos cortos con el hippie, el roquero, el conservador. Con Arsenio se me ordenó todo. Ya quiero que seamos los dos viejos, nos imagino en el campo, en el sur, cocinando, mirando ovejas. ¿Te asustan las pérdidas? No, para nada. Sí creo que la pareja no es gratis. Hay que alimentarla y yo la alimento. Soy de hacer regalitos sorpresa, de dejar tarjetitas escondidas, tenemos nuestros viajes solos y somos muy partners. Con nadie lo paso mejor. Lo mismo la familia. Comemos todos los días juntos en la mesa, porque es el momento de saber en qué estamos. Soy negada para las tareas y Arsenio las hace todos los días con los dos más grandes. Cocino y él es quien va al supermercado y tiene las mejores picadas. Nos complementamos. Y hace tres años partimos todos los viernes a la playa para salirnos de la máquina de Santiago. Hace unas semanas, en su Facebook, posteó por primera vez una opinión sobre un tema personal: un pelambre. Desde entonces anda repartiendo entre mujeres pulseritras rojas hechas por ella con la técnica de frivolité. Es mi campaña, dice. Un familiar escuchó cómo dos mujeres se referían a mí y me hizo pensar en cómo las mujeres predicamos sobre feminismo y solidaridad entre nosotras, pero a espaldas hay una onda muy poco leal, de criticar todo. Si hablan mal de mí porque subo fotos en Instagram cocinando o tejiendo, bueno, es lo que hago. Hice de lo que me gusta una profesión y me siento afortunada y orgullosa
  15. Hijo de puta Este testimonio es parte de la sección Esta es mi Historia, que reúne relatos de chilenos comunes y corrientes, que vale la pena leer. “La confidencialidad de un sicólogo es el noventa por ciento de su pega. Dar mi nombre y mostrar mi identidad activaría la paranoia de mis pacientes, a quienes atiendo en dos clínicas privadas del sector oriente de Santiago. La confidencialidad de un sicólogo no es muy distinta a la de una puta. Ese es su valor más preciado. Tengo 36 años y los primeros 10 años de mi vida los viví en San Antonio, junto a mi mamá, quien ejerció la prostitución en el ‘puerto rojo’. Decir trabajadora sexual es lo correcto, en términos de reivindicación, pero mi mamá fue puta, ella se refiere así a sí misma y se siente orgullosa de ello. Soy el mayor de 10 hermanos, todos hijos de tres matrimonios distintos. Mi mamá me tuvo a los 17 y su relación con el trabajo sexual comenzó cuando a los 5 años me enfermé de fiebre escarlatina. En ese tiempo andaban por el puerto los Médicos del mundo. Mi mamá era una pendeja apuesta y flaca y se enganchó con uno de los doctores, quien le daba los medicamentos que ella no podía comprarme. Fue un vínculo instrumental: a partir de esto, yo puedo obtener esto otro. Una mujer sosteniendo una relación por conveniencia. Yo logré recuperarme. Ella se dio cuenta de que había un universo al que podía acceder para mejorar nuestra calidad de vida. Para ese entonces, éramos tres hermanos. En las casas contiguas a la de mi mamá vive un pescador, un carabinero y una prostituta. Crecí junto a trabajadoras sexuales sin saber que lo eran. Para mí eran un grupo de tías, una especie de colectivo con matices de hermandad con una solidaridad bien hermosa. Las recuerdo como mujeres de un carácter tremendo. No sé si las tengo idealizadas, pero en mi mente figuran como mujeres altas, arregladas, hermosas. Muy femeninas, que lucían a flor de piel su sensualidad. Sentirme abrazado por una de estas mujeronas era impactante. Es curioso, pero mi familia es bien conservadora en términos del lenguaje. Mi mamá no dice ningún garabato, pero el hijo de puta le sale natural. Supe que mi mamá era puta cuando tenía 8 años. Sospecho que me estaba tanteando, que quería ver cuán preparado estaba para saberlo. ‘A ver, qué tanto si tú eres un hijo de puta’, soltó, sin hacer de ello una tragedia griega. Ese comentario lo sentí fuerte, mi mamá me estaba diciendo por primera vez un garabato y eso me dolía. ‘Te tienes que enterar, este es un pueblo chico y lo más probable es que alguien te diga algo, quiero que lo sepas por mí’, me dijo. Ese día lo supe, pero no lo entendí. En San Antonio, hablar de putas era como hablar de pescadores o zapateros. Además, la caricatura de la puta de puerto yo no la veía. En mi casa jamás hubo un hombre, a mi mamá jamás la vi borracha o desastrosa, y no hubo ni una sola mañana en la que yo despertara, luego de pasar la noche con mi abuela materna, y que ella no estuviera ahí, para llevarnos al colegio. Mi mamá no ejercía la prostitución en la calle, lo hacía en una de las mejores boîtes del puerto de ese tiempo, el Regine. De esos tiempos guarda fotos, la mayoría de sus clientes eran extranjeros muy poco agraciados. Mi mamá no apuntaba al pescador porteño, sino al marino mercante. Por eso, se arreglaba hasta para ir al banco. Pelo holgado, labios y uñas pintadas, tacos de aguja. Cuidarse a sí misma era cuidar la pega. ‘Nunca se sabía si ibas a estar tomando un jugo y al lado tuyo iba a pasar un cliente, con su señora. No te iba a ver feíta, pues’, me decía, cuando ya tenía 13 y entendía lo que ella hacía. De grande he vuelto frecuentemente a San Antonio. Ahora las ‘tías’ bordean los 60, pero las reconozco: su pelo, sus labios, sus zapatos. ‘La que nace puta, muere puta’, dice mi mamá. Ser prostituta significaba convivir con un mundo de astucia, de estrategia, de organización. A veces los tipos quedaban tan borrachos, contaba mí mamá, que no llegaban ni a acostarse. Había muchas formas de ejercer la prostitución sin sexo. Cuando el tipo creía que pagaba dos whiskies para él y su acompañante, en realidad obtenía uno, y el más caro, para él, y un té para ella. Siempre me llamó la atención su ética. Jamás utilizarían o pensarían que manejan información privilegiada. La confidencialidad es su mayor capital y lo saben. Mi mamá me contaba que cada noche, en el Regine, una de las ‘tías’ se encargaba de las guaguas y los niños, para quienes había una habitación especial, en la cual estuve varias veces. Allí algunos dormíamos, jugábamos o comíamos. San Antonio siempre fue fome y cuando ya era adolescente me iba a carretear a los prostíbulos, donde todas las ‘tías’ me conocían. Ahí, cuando tenía 15 años, confirmé que ese lugar existía: una pieza preciosa desde la cual no era posible advertir que estaba en un prostíbulo, ni a los clientes ver que los niños estábamos allí. Nunca sufrí bullying por ser hijo de una puta, ni en el colegio ni en el puerto. Probablemente porque no era el único, había más y varios eran mis amigos. Tampoco recuerdo oír a gente que comentara o le gritara algo a mi mamá. Si así hubiese sido, probablemente se habría dado vuelta y lo habría dejado sentado. Creo que es el factor puerto. La relación de la comunidad con el comercio sexual es más civilizada porque está más visibilizada, más normalizada, y porque, en ese tiempo de dictadura, jugaron un rol importante en cuidar y esconder a los suyos. ‘Un puerto sin putas no es puerto’, decía mi mamá. Cuando tenía 7 años mi mamá se emparejó con un cliente, un empresario muy conocido en la zona con quien sostuvo una relación durante 25 años, de la cual nacieron 7 de mis hermanos. Al tiempo después de emparejarse no ejerció más la prostitución, aunque pienso que con él sí. Era como la historia de Mujer bonita, pero con un tipo que no era ni tan generoso ni tan bondadoso como el protagonista. De alguna manera, sentía que él le enrostraba todo el tiempo dónde la había conocido. La ofendía y eso me molestaba. Le decía todo el tiempo que ella tenía a otro. Yo y él no teníamos una buena relación, razón por la cual a los 8 años me vine a vivir a Santiago con mi papá. A mi mamá la visitaba a veces. Nos distanciamos y durante los próximos tres años surgió esta sensación de que existía, pero de que no se hacía cargo de mí. El sistema me lo empezó a mostrar: no tenía mamá apoderada, no había mamá que respondiera si me metía en problemas, ni había mamá para llevarme al doctor. Por primera vez sentí su ausencia. Llegué a una población politizada, frentista. Allí, un día apareció en una revista un reportaje sobre prostitución, que circuló de casa en casa. En la foto principal, había prostitutas, quienes daban su testimonio y posaban con una huincha que tapaba sus ojos. Las mujeres de la población reconocieron a la hija de una de las vecinas, se pararon afuera de su casa y la increparon. La trataron de indecente. Lo de mi mamá no lo sabía nadie, entendí que debía guardarlo como un secreto familiar. Desde mi adolescencia que escucho con harta liviandad a las mujeres llamarse putas o maracas entre ellas. No me saco la taza de té de la boca para defenderlas cada vez que alguien se refiere a este oficio, pero lo reivindico. No están ni cerca de saber lo que significa, no es un deporte, no se acuestan con estrellas de Hollywood y, aunque todo el mundo alucina con el romanticismo de la obra La negra Ester, este oficio responde a una necesidad. La realidad es que te tienes que dejar besar, tocar y sexualizar por un hombre al que recién estás conociendo. No cualquier mujer lo haría y eso es digno de admirar, sin idealizar. He escuchado comentarios como ‘lo hacen porque es plata fácil’, pero acostarse con alguien que quiere saciar su morbo no tiene nada de sencillo. Sí, se gana buena plata, pero ¿a qué costo? Hay quienes podrán decir que había más opciones de trabajo, pero mi mamá era una mujer, viviendo en un puerto de comunistas donde abundaba la pobreza, en plena dictadura. Predico un discurso feminista que se sostiene, en gran parte, por haber crecido rodeado de un matriarcado impresionante de mujeres que manejaban y mandaban en sus casas, que se hacían cargo de sus hijos y que tomaban las decisiones sin preguntarle a nadie. A veces siento que el feminismo juega al empate, pero estas mujeres no estaban ni ahí con empatar. Te tomo, te hago a un lado y sigo avanzando. Tengo ese aprendizaje: acá se sale adelante y se sale adelante. Soy sicólogo de la Arcis, he trabajado en espacios comunitarios y privados; en la implementación de los Centros de Violencia Intrafamiliar del Servicio Nacional de la Mujer (Sernam); en la Corporación de Asistencia Judicial y fui profesor durante seis años en dos universidades estatales. También tuve un cáncer a los huesos, a los 30. Cuando mi mamá supo, dejó San Antonio y se instaló en mi departamento en Santiago. Durante un año me cuidó, se preocupó de que tomara cada uno de los medicamentos y me acompañó a cada una de las quimioterapias. Fue una reconciliación, como un segundo parto. Hace un tiempo me compré unas parcelas en las rocas de Santo Domingo y las puse a su nombre. Eso de que el instinto de madre lo traspasa todo es un mito, mi mamá tenía la opción de abandonarme, pero no lo hizo, ni a los 5 ni a los 30. Eso basta para sentirme agradecido y orgulloso, viniendo de cualquier oficio o profesión”.
  16. Mi hijo Nicolás El 31 de agosto una llamada de madrugada despertó a Gerardo Scheel. Su hijo de 17 años y alumno de la Alianza Francesa, Nicolás Scheel de la Maza, se había suicidado. Días antes, había sido llevado a una comisaría, sin sus padres, luego de que fuera sorprendido con 1,7 gramos de marihuana en el colegio. “Él cambió absolutamente después de lo ocurrido”, asegura. Aquí, habla por primera vez y cuenta cómo era la relación de ambos: “Siempre le dije a Nikito, todos los días: ‘te quiero’“. El café Viajero, en República de Cuba 1417, en Providencia, está vacío. Son las 10 de la mañana y desde dentro, a través de dos antiguas mamparas que hacen de puerta, se ve entrar a Heidi Scheel (38), de pelo castaño claro, liso y suelto, y pantalón y chaqueta de jeans bordada. Detrás de ella, siguiendo su paso, viene Gerardo Scheel (68), su padre, de cabeza cana, ojos celestes, anteojos, pantalón beige y polar negro. Debajo del polar, colgando de su cuello, una medalla de rugby de Nicolás, de color dorado, que por estos días no se saca. Se sientan uno al lado del otro, ella primero, él después. Ella pide un café. Él pide un chocolate caliente. Allí, a cuadras de la plaza donde su cuarto hijo, de 17 años, se quitó la vida hace 33 días, habla por primera vez de él y lo sucedido. “Nicolás era más bien reservado. Responsable. Yo lo pasaba a buscar a la casa de su mamá y llegábamos a las 8 de la mañana al colegio. Él entraba a las 8:30, nunca llegó tarde. Nunca tuvo problemas de disciplina, tenía promedio 6,5, era un buen alumno. Muy respetuoso y cariñoso”, cuenta el ingeniero comercial, iniciando la entrevista. ¿Alguna vez sintieron temor por la situación anímica de Nicolás? Nunca, hasta después de lo ocurrido en el colegio. Nunca hubo problemas de ningún tipo, nunca hubo una situación que requiriera de alguna intervención. En el colegio han dicho que a ustedes, sus padres, los habría notificado la sicóloga, quien habría sugerido iniciar una terapia… Yo no supe nada de lo que ocurrió ese viernes, en el colegio, hasta varios días después. No recibí comunicación alguna. Lo interrumpe el sonido de su celular. Lo saca de su bolsillo del pantalón, se levanta, contesta y sale del café. Nicolás Scheel de la Maza tenía 17 años y era alumno del colegio Alianza Francesa. También era el hijo menor por el lado de su madre, Ximena de la Maza, y de su padre, quienes tienen uno y tres hijos más, respectivamente, que tienen sobre 30 años, de matrimonios anteriores. Heidi es la tercera y única mujer por el lado de Gerardo. También es quien recibía a Nicolás varios fines de semana largos y vacaciones durante el año en su casa, en Pucón, donde vive hace 10 años junto a su marido y sus dos hijos. “Esto es muy fuerte”, confidencia. “El Nico era introspectivo, pero tenía una fuerte veta social y era de conversación fácil, chistoso. Para mis hijos, Alexander y Oliver, de 15 y 13 años, él era el tío Nik, el que entrenaba con ellos y les hacía clases de rugby a ellos y a otros niños del barrio”. Heidi se mete en su celular y comienza a revisar algunas fotos. En todas está Nicolás. Y agrega: “Le gustaban la música, las excursiones, la escalada, las fogatas. En el colegio aprendió a tocar flauta dulce y compartía las canciones que sacaba con nosotros. Mi hijo mayor no puede entender esto, me dice ‘pero cómo, si él era tan feliz’. El Nico tuvo una vida muy bella, llena de tesoros. Mi marido, Benjamín, lo describe como una estrella fugaz, que dejó el brillo entre nosotros”. Gerardo Scheel vuelve a sentarse. “Disculpa, estoy esperando una llamada importante”, dice. Mientras revuelve con una cuchara una capa densa de chocolate caliente, reconstruye los hechos. “Esto pasó un día viernes y nadie me contó a mí. Nico no quería contarme y la mamá tampoco me contó. Ese fin de semana me fui con mi hijo mayor y mis nietos a los Nevados de Chillán. El martes siguiente era feriado y ese lunes él fue a clases, no quería faltar porque se había cambiado hace poco de curso”, relata. ¿Por qué se había cambiado de curso? Porque en el que estaba era doble, estudiaban para la PSU y para la prueba de admisión francesa, para ir a estudiar a Francia. Pero como él quería estudiar Medicina acá, se cambió a un curso que solo preparaba la PSU. Estar en el curso doble era mucha carga. ¿Cuándo regresaste a Santiago? Volvimos la medianoche del martes feriado. Ese fin de semana yo había recibido por correo una comunicación del colegio que explicaba que había un plan de prevención de drogas y que habían sorprendido a un alumno en estas circunstancias. ¿Te llamó la atención? No mayormente. Ese mismo fin de semana, recibí otro correo de un apoderado amigo del colegio quien me ofrecía ayuda. Hasta ahí no habían mencionado tampoco ningún nombre. Muchos lo sabían, pero yo no tenía idea. El miércoles en la mañana, cuando llevé al Nico al colegio, lo noté cabizbajo, cosa que nunca había ocurrido antes, siempre íbamos conversando o bromeando en el auto. Él a veces aprovechaba de dormir un ratito más en el camino o cambiaba mi música clásica por la música que le gustaba a él, como Imagine Dragons. ¿Esa mañana conversaron algo respecto al comunicado? Nada, en la tarde lo noté… le digo en broma: “mira, me llegó esta comunicación, ¿no serás tú, verdad?”. Él me respondió: “Sí, papá, fui yo”. ¿Cuál fue tu reacción? No aprobé lo ocurrido. Él se sentía mal, me pidió que no le contara a sus hermanos. Al día siguiente, asegura Gerardo, llamó al colegio y solicitó una entrevista con el vicerrector y la sicóloga. “Yo no recibí ninguna llamada, yo pedí una entrevista porque estaba preocupado por él. Ahí me enteré de que Nicolás había ido a conversar con la sicóloga del colegio varias veces y me recomendaron llevarlo a una sicóloga externa”, recuerda. Y agrega: “Yo no sabía nada de lo que había ocurrido el día viernes, cuando lo sorprenden, hasta que sostuve la entrevista en el colegio”. ¿Nunca tuvieron una sesión con la sicóloga del colegio? No, no, no. Conversamos esa tarde que yo lo solicité. A la mañana del día siguiente de la entrevista, Nicolás me contó que tenía pruebas y que no había estudiado nada. Entonces lo retiré a mediodía, lo llevé a almorzar y ahí conversamos. Después me estacioné en un lugar lindo, bajo algunos árboles y él se quedó dormido. Mientras tanto, yo llamé a la sicóloga externa que me habían recomendado y agendamos una sesión para el día siguiente. Alcanzó a ir a dos sesiones. A la primera junto a mí y su mamá, y a la segunda solo. Si uno revisa cifras de consumo de marihuana en jóvenes no es tan extraño que Nicolás haya tenido la curiosidad de probar. ¿Creen que lo sobre estigmatizaron con el tema? A mí me preguntaron en el colegio y yo dije que no compartía ni el consumo ni el porte de marihuana. Ahora, la cantidad que él tenía, que era 1,7 gramos, es una cantidad absolutamente menor, una simple falta que no ameritaba una denuncia porque no corresponde a un delito. ¿Repruebas el protocolo que siguió el colegio? Hay una investigación de la Superintendencia de Educación que está en este momento en curso, ellos determinarán si fue el protocolo correcto o no. Ahora, desde mi punto de vista, podrían haberme avisado a mí también y no solo a la mamá. Mi trabajo está a 5 minutos del colegio, muy cerca, podría haber llegado de inmediato y no me llamaron. Lo interrogaron, cosa que no corresponde… él es un menor de edad, tendrían que haber visto lo que dice la ley. Primero, los derechos del niño. Primero es eso, eso es lo fundamental. Segundo, hay que hacer algo con los padres. Yo estaba ahí, no importa lo que hubiese estado haciendo, habría llegado en 5 minutos. Tercero, había un plazo de 24 horas para tomar la decisión. Entonces… la investigación está en curso, yo no me pronuncio más sobre eso. ¿Cómo vieron que afectó esta vorágine a Nicolás?, ¿creen influyó la presión de cómo se manejó la situación desde el colegio? Difícil lo que me estás preguntando, no quiero emitir juicios al respecto. No quiero hacer acusaciones, por favor, que eso quede claro. La Superintendencia es la que está investigando si se realizaron correctamente los protocolos y si cumplieron o no con la ley, pero sí, él cambió absolutamente después de lo ocurrido. De ahí que el niño no era el mismo. NICOLÁS ÍNTIMO Heidi tenía 21 años cuando supo que Nicolás venía en camino. “Yo siempre quise tener una hermanita. Cuando Nico llegó le escribía cartas, para que las leyera cuando creciera. Él fue un regalo. Además, tenía una edad tan cercana a mi hijo, Alexander, de 15 años, que era tener un compañero”, cuenta, mientras posa su taza sobre una carpeta plástica, de tapa transparente, que deja entrever algunos versos que ella y su padre le han escrito a Nicolás. ¿Él también escribía? Sí, le gustaba –contesta Gerardo–, pero sus intereses iban más por el rugby, la naturaleza. Yo siempre he practicado deporte y traté de introducirlo a los míos. Cuando tenía 5 años le compré unas zapatillas que, me acuerdo, eran talla 28, chiquititas, y lo llevé a escalar por primera vez. Después hizo cursos de vela, en la Cofradía Náutica. Un día en el colegio repartieron unos folletos invitando a participar en el equipo de rugby del Stade Francais, Nicolás tenía 8 años. Ahí se mantuvo hasta ahora. Él no era un jugador estrella que lograba los trails, era un jugador de equipo, que colaboraba con los demás. ¿Compartían también el gusto por la naturaleza? Sí. Una de las experiencias grandes que tuvimos fue conocer juntos el Gran Cañón, en Estados Unidos, hace 4 años. Él quería conocer los árboles gigantes del Sequoia y el Kings Canyon. Ahí también vimos a una osa con sus dos cachorros y a una serpiente cascabel. Él tenía mucho amor por los animales. También viajamos a Isla de Pascua y a conocer los glaciares de la región de Aysén. ¿Y las matemáticas? Antes él era más matemático, incluso alcanzó a hacer una práctica en una empresa de ingeniería, una especie de ‘pasantía’ de una semana que ofrece el colegio. Pero este año le interesaron las ciencias y llegaba contando lo que había aprendido en Biología. Estaba muy motivado, quería estudiar Medicina e hizo una práctica en Urgencias del Hospital de Peñalolén, donde tuvo mucho contacto con el médico a cargo. Yo lo pasaba a buscar en la mañana, lo llevaba, conversaba con el doctor, él le decía cómo prepararse para la PSU. Tenían una relación cercana… Sí, lo veía prácticamente todos los días. Yo lo iba a buscar a la casa, lo llevaba al colegio y en la tarde lo iba a buscar al colegio y lo llevaba al entrenamiento de rugby. Hablábamos por teléfono y por Whatsapp también. ¿Alguna vez te comentó algo respecto a la diferencia de edad que tenían? Un día lo fui a buscar al colegio, cuando era pequeñito, y escucho que uno de los niños le dice: “¿Te busca tu abuelo?”. Entonces se acerca otro niño y le dice: “no, si es el papá” (ríe), pero como yo era deportista, íbamos a la nieve, hacíamos rafting… Te devolvió la juventud… Sí, claro. Por supuesto. Tenía que esforzarme, me obligó a tener un buen estado físico. Por el lado materno y paterno Nicolás tenía hermanos sobre 30 años. ¿Cómo era su relación con ellos? Imagínate, él tenía 8 sobrinos que eran un poco menores que él no más. Era como el tío-amigo… De todas maneras, y era su ejemplo. Con el deporte creció grande y fuerte, era más alto que yo, medía 1,82 metros y pesaba 80 kilos. Heidi interrumpe: “Benjamín, mi marido, le decía en juego: ‘Cuando tú seas capaz de vencerme en la lucha libre, vas a ser el responsable de esta casa’. De repente el Nico se convirtió en un gorila. En el invierno, en la casa de mis papás, Benjamín lo empujó suavecito bromeando. Nicolás lo tomó, lo lanzó al sillón y le dijo: ‘ahora soy yo el jefe de la casa’. Lamentablemente eso no va a ser nunca, jefe de la casa ya no fue, pero se lo había ganado”. EL CORAZÓN QUEMA De los días que vinieron después del episodio en el colegio, cuando Gerardo dice que Nicolás cambió, el padre no quiere ahondar. “Un suicida no quiere matarse, quiere dejar de sufrir”, dice. Heidi toma su brazo. “Perdona, hijita, perdona, pero eso es lo que yo creo”. Y sigue: “Su sufrimiento es insoportable y no ve otra forma de escapar, ¿te fijas?”. Gerardo cuenta que Nicolás era de los que siempre tenía una palabra de aliento para sus amigos y compañeros. Los mismos que se reunieron e hicieron un gran círculo en el patio del colegio en su honor, tras su muerte. “Llenaron el frontis del colegio de flores y frases como ‘Todos somos Nico’, y el principal mensaje es ‘nunca más’. Que esto no vuelva a ocurrir. Que ningún padre reciba una llamada en la madrugada diciendo: ‘venga de inmediato porque su hijo se suicidó’”. Sus ojos se llenan de lágrimas. “Eso no debe volver a ocurrir, a nadie. Debemos cuidar a estos niños (sus compañeros). Cualquier cosa que se diga es no respetar su dolor y el nuestro. Estos niños tienen que ser escuchados, están afectados. Y si la ley o los procedimientos tienen errores, hay que mejorarlos ¡ya! Ese es nuestro objetivo, que nunca más se produzca una muerte como esta. Nunca más”, sentencia Gerardo. ¿En qué crees que fallamos como sociedad? La palabra crítica yo no la voy a usar, pero hay que cuestionarse, reflexionar (responde Heidi, y continúa). El niño debe ser el centro, sin importar su clase social. La muerte de Nico tiene la misma importancia que la de un niño del Sename. Debemos cuestionarnos: ¿quiénes somos y quiénes queremos ser?, ¿el adulto conoce a su hijo?, ¿entabla conversaciones?, ¿le interesa lo que le está pasando?, ¿qué significa enojarse con un hijo adolescente?, ¿le estás cerrando una puerta? A un mes de que tu hijo Nicolás ya no está con ustedes, ¿qué reflexión hacen ustedes como familia?, ¿qué mensaje les gustaría darles a otras familias que puedan estar pasando por lo mismo? Primero, que solo no eres capaz de soportarlo. Si tú me preguntas cómo estoy, yo digo mal. Unos días mal y otros días, muy mal. Nunca estoy bien. Superar esto solo es imposible, la unidad familiar es fundamental. “El familión”, como decía Nico. Hay tanta gente que nos ha manifestado su apoyo, están disponibles para que uno los llame a cualquier hora, puede ser medianoche o las 6 de la mañana. Gente desconocida que ha compartido con nosotros su experiencia y que nos han dicho: “gracias a esto ahora conversó más con mis hijos y les pregunto más. Les hago más cariño”. Yo siempre le dije a Nikito, todos los días: “te quiero”. Siempre. Siempre uno piensa que podría ser más, tengo una espina aquí clavada (apunta su pecho) porque no estuve con él el día que esto ocurrió. No sé…”. Gerardo solloza. Heidi le susurra en inglés: “Es suficiente, papá, ya es suficiente, hay que cuidar las emociones. Y agrega: “Solo la gente que perdió un hijo puede entenderlo. Nosotros estamos recién empezando y otras familias, como Cristián Warnken y Danitza Pavlovic, vieras cómo nos abrazan. Lloramos juntos. Pero dentro de cada dolor hay una belleza, incluso en el dolor de los dolores es posible sacar un diamante. Si pudiese compartir un mensaje con esas familias, les diría que vayan a los colegios de sus hijos y pregunten qué protocolos tienen, que se informen, que se incluyan. No estoy predicando dogmas, pero es un llamado a pensar y a actuar. Un pensamiento sin acto se queda solo en pensamiento”. Y termina Heidi: “Yo creo que ya estamos bien con las preguntas. Duele en este momento, bastante, el corazón quema y cada día quema más”.
  17. No tomamos anticonceptivos Respuesta del lector Felipe Rubilar M., ingeniero civil, a la columna de Catalina Infante B., publicada en Paula.cl. Escribir este testimonio me resulta muy difícil. Para empezar, soy hombre y nunca he sentido los efectos de las hormonas artificiales sobre mi cuerpo, pero al leer la columna de Catalina Infante publicada en Paula.cl el pasado 25 de julio, me animé porque sentí que era justo contar lo que a mi pareja y a mí nos había pasado; que a su discurso le faltaba esta contraparte. Un día cualquiera, hace ya 2 años aproximadamente, mi pareja me contó que quería dejar de usar anticonceptivos. En su caso, ella usaba una inyección hormonal una vez al mes. Su reflexión: es tóxico e invasivo con el cuerpo, interrumpe un ciclo natural, aplana y priva de emociones y disminuye el deseo sexual. No buscábamos ser papás, lo que pasaba era que el haber usado algún método anticonceptivo durante toda su adultez le hacía desconocer el comportamiento natural de su ciclo y cómo su cuerpo se veía afectado por él. Mi pareja comenzó a tomar pastillas anticonceptivas con el fin de disminuir dolores intensos durante la regla, además, tenía con un diagnóstico de endometriosis. Cuando la conocí, recuerdo que le resultaba difícil el recordar tomar la pastilla todos los días. Por lo que me contaba, a todas sus amigas les pasaba lo mismo. Era muy común sentir en medio de una junta, las alarmas de los celulares para ir a tomar la pastilla. Los hombres hacíamos vista gorda y en algunos casos bromeábamos al respecto. Creo que ahí fue la primera vez que sentí que las mujeres se sienten obligadas a asumir toda la responsabilidad frente a la prevención del embarazo. Lo anterior, a costa de su propia salud, ya que esto va contra el flujo hormonal normal de la mujer. Mi única contribución durante todo este periodo fue recordar la ingesta diaria del medicamento, recordar la fecha de inicio del periodo anterior y estimar la llegada del siguiente (siempre a beneficio propio) con el fin de no quedar embarazados. Un error común, que cometí en muchas ocasiones, fue creerme ginecólogo experto debido a tantos años juntos, pero en realidad admito que uno no sabe nada. El uso de la pastilla le resultó cada vez más incómodo. La llegada del periodo 2 veces al mes y una regla excesiva que le provocaba anemia y otros efectos secundarios, llamaron a probar un nuevo método. Es ahí cuando ella decidió cambiar a la inyección mensual. Todavía recuerdo que su cuerpo experimentó muchos cambios cutáneos durante ese periodo. ¡Fue impresionante! Si uno lo piensa, en un día ella recibía una cantidad de hormonas que acumulan la ingesta de todo un periodo. Tardó un par de años regular su ciclo menstrual. Mi contribución cambió. Ahora era el encargado de recordar las fechas de la regla, junto con comprar y acompañar a la colocación del pequeño pinchazo. Lo anterior lo digo porque apuesto que ninguno de nosotros haría ese sacrificio todos los meses por nuestras parejas. En mi caso, soy muy cobarde frente a las agujas y creo que no duraría con un método de este estilo. Tal como comenté al comienzo, ya van casi 2 años desde que no tomamos anticonceptivos. No recordamos la fecha exacta. Tampoco se lo comentamos a su ginecólogo. Creímos que no nos apoyaría debido a su deber de prevenir el embarazo, muchas veces desde la presión de usar un método femenino. Lo conversamos, y acordamos que yo asumiría toda la responsabilidad frente a la prevención del embarazo y que ella por primera vez descansaría frente a este tema. Al principio estaba muy asustado, no queríamos ser padres todavía, pero creo que mi miedo venía desde la ignorancia. Es sencillo, existen métodos de prevención desde el punto de vista masculino. El que más me hace sentido a mí es el preservativo. Es de fácil acceso, versátil y, además, previene infecciones. La diferencia: no invado mi cuerpo con sustancias químicas que cambian mis ciclos ni mi comportamiento habitual. Hace poco le conté todo este cambio a un amigo. Recuerdo que su primera reacción fue: ¿Por qué?, me costó explicarle lo que estoy relatando aquí. Ojalá con esto quede todo claro. El dejar de tomar anticonceptivos creo que ha sido una de las mejores decisiones que hemos tomado como pareja a lo largo de nuestra relación. Mi pareja se desintoxicó luego de un par de meses y veo que se siente totalmente distinta. La veo más natural, más mujer, hasta más hermosa. Su cuerpo se autorreguló, el sangrado disminuyó y el dolor menstrual por el cual había sido recetada hace un par de años bajó mucho. Por lo que me cuenta, se siente más libre, sin ataduras de días ni fechas, y ha podido sentir todo lo que conlleva el no cargar con hormonas ajenas. La veo feliz y plena, por lo que insto a otros hombres a ponernos en el lugar de nuestras parejas y contribuir de forma más activa respecto a este tema.
  18. Power Morel Cecilia Morel tiene el poder. Los parlamentarios la querían de candidata. Sebastián Piñera la escogió como telonera en el lanzamiento de su campaña. Ya no camina unos pasos atrás del ex Presidente, ahora él la espera. Las autoras de la biografía no autorizada del mandatario analizan la figura de su mujer a quien han entrevistado en varias oportunidades y buscan las claves que explican cómo pasó a ser la figura más popular del piñerismo. . No siempre fue así. Poco queda de la Chica Morel que no se hacía notar. Imposible. Ella es probablemente la única figura política que ha logrado tener una popularidad casi comparable a la de los mejores tiempos de Michelle Bachelet. Tras el rescate de los mineros, en octubre de 2010, sus niveles de aprobación se empinaron a las nubes. Tanto, que ni los propios asesores de su marido podían creerlo. Siete de cada diez chilenos aplaudían su gestión, según Adimark. Casi un año después, en agosto de 2011, en pleno auge de los movimientos sociales y cuando el apoyo al gobierno se derrumbaba, y el malestar social se tomaba las calles, el suyo se mantenía casi intacto. Su aprobación nunca bajó del 50 por ciento. Conversamos con Cecilia Morel en tres oportunidades. Dos veces en 2010, para la primera edición de nuestro libro Piñera: Biografía no autorizada y luego en 2017, para la edición actualizada. Entonces buscábamos comprender la mente y el alma de su marido. Pero en el camino logramos perfilarla a ella. Para ahondar en su vida hablamos también con algunos de sus asesores más cercanos, ex ministros y amigos. Todos prefirieron hacerlo en off the record. Después de cada encuentro con Cecilia Morel nos quedamos con la sensación de haber visto solo un ángulo de su personalidad: el lado amable y sencillo, como el de cualquier persona común y corriente. Todo resulta demasiado natural a su alrededor. Tanto así que, en un principio, despierta algo de recelo. Es como si no tuviera aquella cualidad tan humana de marcar distancia cuando se ostenta una posición de poder. Por su casa no pasea un perro de raza fina sino un quiltro, el Cholito, feo y con un parche en la cabeza porque tuvieron que operarlo. Su postre favorito es la leche asada. Le encanta ir de compras a un mall y que ojalá no la reconozcan. Pero eso no es fácil. Es la esposa del empresario dueño de la séptima mayor fortuna del país y de uno de los políticos más influyentes de las tres últimas décadas. Según Forbes, Piñera ocupa el lugar 745 entre los billonarios del planeta. Su marido fue el primer Presidente de derecha en 50 años. Pero Cecilia está lejos de ser el prototipo de mujer del mundo de ricos y famosos, o la señora tradicional del empresario de la elite chilena. No pertenece a ningún movimiento religioso. Tampoco le atrae participar en la socialité santiaguina. Nos confesó que cuando su marido ingresó a la política, en los años 90, no se sentía cómoda en el mundo de las mujeres de derecha. Probablemente porque sus raíces, al igual que las de Sebastián Piñera, están en la Democracia Cristiana. Y en aquel país profundamente dividido entre los partidarios y detractores de Pinochet, ella votó por el No. Yo pertenecía a otro grupo, otra sensibilidad, recordaba al repasar aquellos años. Y hablaba sin filtro de su marido. Entonces, nos contó sobre la primera vez que salió con Sebastián Piñera. Él la invitó a una fiesta en Malloco a la casa de su amigo Carlos Alberto Délano. Al llegar relató se bajaron del auto y no le abrió la puerta pese a que se estilaba hacer en esos años. Él partió caminando adelante raudo y la dejó atrás. También nos había contado sobre su primera Navidad en Boston, cuando su marido estudiaba en Estados Unidos. Él viajó a Chile a pasar las fiestas de fin de año. Ella no podía subirse a un avión por su embarazo ya de siete meses de su primer hijo y cuando le recriminó que se quedaría sola, él con su espíritu pragmático, le dijo: Celebraremos la Pascua después cuando vuelva. Y voló. Pero no se veía ofendida ni dolida cuando nos contó cómo lidiaba cuando Piñera les comentaba a sus amigos riéndose que la Cecilia dice que no entiende por qué la llamaron del banco avisándole que estaba sobregirada, si todavía le quedan cheques en la chequera o cuando decía que había escrito una tesis en que la hipótesis no coincidía con las conclusiones. Por muchos años ella hablaba casi con ingenuidad. Sin mayores cálculos políticos. Siempre disponible a la hora de respaldar y dar tribuna a su marido desde una segunda fila. Años en que se fue construyendo su identidad con un estilo cercano y espontáneo, que sería después, al llegar a La Moneda, especialmente apreciado por la gente y que le daría a ella el valor político que tiene hoy. El valor en el mundo del poder. Los inicios del camino propio No le gustaba la política, pero no le quedó otra que apoyar los planes de Piñera. Cecilia Morel tenía entonces 33 años, cuatro hijos (Magdalena de 17, Cecilia de 14, Sebastián de 12 y Cristóbal de 10) y un marido senador, en aquel Chile de los años 90 en que se celebraba el retorno a la democracia y Sebastián Piñera se estaba forjando su camino en Renovación Nacional. Fueron tiempos de soledad. Tenía un marido ausente. Como senador permanecía o viajaba a Valparaíso casi todas las semanas y cuando estaba en Santiago trabajaba hasta altas horas de la noche. También fue un padre ausente para sus hijos. En 1995 Cecilia sufrió uno de los mayores golpes en su vida. Una profunda depresión causó la muerte de su hermano regalón, Cristián Morel. Él tenía 31 años. Pero en ese periodo es que ella comienza a trazar su propio camino, independiente de su marido. Primero recuperó su espacio profesional tras haber estudiado Orientación Familiar en el Instituto Carlos Casanueva. Trabajó en lo que más le gusta, con jóvenes drogadictos en Renca y después montó la Fundación Mujer Emprende para apoyar a mujeres en condiciones vulnerables. Cansada de atender a los numerosos invitados que llegaban a las reuniones políticas que se hacían en su casa, de esperar que Piñera llegase a comer, cuando cumplió 50 años, en 2004, decidió sin consultarle a nadie tomarse un tiempo para ella, lo que se prestó para muchos rumores de que estaban alejados. Se instaló en París en un departamento con su amiga Adriana Astorga y su hermana mayor. Se inscribió en La Sorbonne. Disfrutó de tener una agenda libre. Le encantaba ir al almacén de la esquina a comprar el pan. Sebastián, en cambio, la llamaba todos los días para contarle del desorden que había en casa, de la falta que hacía. Hasta que un día partió a buscarla. Fue una constatación temprana de la dependencia emocional que el ex Presidente tenía de su señora, la que se desplegó con todo esplendor en los años de La Moneda. Pero ya desde entonces, Cecilia aprendió a defender su espacio y a poner límites a la inagotable energía de su marido. Lo sigue haciendo aunque al candidato Piñera le disgusta hasta hoy cuando ella le dice que no lo va a acompañar a alguna actividad pública. Eso de poner límites es una de las cosas que más le cuesta a Cecilia Morel en los diferentes ámbitos de su vida. En esos años le costaba no ser devorada por la frenética agenda de Piñera y defendía los espacios de la familia. Tanto, que en 2005, cuando él le avisó unos días antes de que empezaran sus vacaciones que iba a ser candidato a Presidente, ella no transó. Le respondió que ya las tenían planificadas. Partió sola al sur con sus cuatro hijos. Solo en 2009, ella y la familia se involucraron en el nuevo intento presidencial. Siempre fui de buscar mi espacio, como que no me gusta que me organicen el día y me digan vamos a hacer A,B, C y D. Me sale como una rebeldía casi instantánea, ha dicho. Ya se estaba forjando la mujer que se empinaría en las encuestas sin que se lo propusiera. El día que salió de La Moneda, en marzo de 2014, Cecilia Morel tenía un 66 por ciento de aprobación, casi el doble del apoyo de su marido. Ya era algo inédito medir la aprobación de la primera dama, pero con ella se hizo. Pese al éxito político que tuvo, nunca sintió la sensación de abstinencia de poder cuando terminó el gobierno. Añoraba volver a tener tiempo para su familia y sus amigas. Se despidió emocionada de los trabajadores de La Moneda. Sin embargo, todos sus cercanos tenían certeza de que Cecilia Morel estaba ansiosa por retomar su vida privada. El poder de Cecilia La volvimos a ver este año, en 2017. Su marido está en plena campaña presidencial y lidera todas las encuestas. Ella ahora está entusiasmada con la posibilidad de volver a La Moneda y trabajar, dice, por el adulto mayor, aunque un cercano dice que costó convencerla. Estaba muy afectada de que sus hijos fueran citados a tribunales y sentía que la campaña sería muy agresiva. Una vez más, nos encontramos con su lado amable. Pregunta y se muestra interesada en el interlocutor, muestra sin tapujos su vulnerabilidad. Su forma de relacionarse es a través de las emociones. Conserva su sentido del humor. Incluso las Piñericosas le causan una profunda gracia. Se ve más segura. Consciente del efecto de sus palabras, ha aprendido a ser un poco más cauta al responder las preguntas. Sus asesores nos confidenciaron que estando en La Moneda revisaba mil veces los discursos. Que siempre ha sido muy perfeccionista. Pero ya no va a todas las actividades que le piden. Se hace espacio para ir a gimnasia. Ella decide adónde, cuándo y a qué va. En estos últimos meses de campaña viajará a regiones y dará unas pocas entrevistas. Nada más. Atrás quedaron los días en que aceptaba toda invitación preocupada de herir sensibilidades. Como cuando recién llegó a La Moneda. Responsable y autoexigente, Morel no filtraba los compromisos. ¿Por qué no va la Cecilia?, preguntaba insistentemente el Presidente cuando decidía no acompañarlo. El primero en exigir que estuviera en todas era su marido. También los ministros, conscientes de su popularidad, pedían que asistiera a los actos de protocolo. Pero en esta incapacidad de decir que no se forjó el poder de entonces y que está cosechando ahora. También se fue haciendo necesaria. Tanto que, incluso sus asesores y el ministro del Interior barajaron durante la crisis del gas en Magallanes, en enero de 2011, la idea de que Cecilia viajara a Aysén para calmar los ánimos de los manifestantes. Poco después también se decidió enviarla a Ventanas, donde el 23 de marzo de ese mismo año se vivió un episodio de intoxicación de 30 niños y nueve profesores de la Escuela La Greda en Puchuncaví, afectados por una nube química que había salido de una chimenea de Codelco. La propuesta, la idea era replicar el ambiente que hubo en plena crisis de la mina San José con los 33 mineros. Allí ella se reunía a solas a conversar con las mujeres de los mineros y lograba crear un ambiente de intimidad y contención que ayudaba a bajar los niveles de angustia. Ella dormía donde pudiera. Nunca pidió un tratamiento especial. Algo similar había pasado antes, en sus recorridos por las ciudades y lugares que habían sufrido más con el terremoto y tsunami de 2010. Hasta que el cuerpo le pasó la cuenta. Una influenza la mantuvo fuera de las pistas por casi un mes. Es en la empatía, en su capacidad de conectarse con la gente, donde está su principal fortaleza, pero también puede ser su flanco débil. Es tan adaptable que a veces tiende a ceder mucho, para dejar contento a todos. Pero eso no arregla los problemas, interpreta uno de sus colaboradores. Navega bien en las aguas tranquilas. Es naturalmente conciliadora. Por eso se demora en tomar decisiones duras, como desvincular a alguno de sus colaboradores. Durante el primer año en La Moneda, cuando su equipo estaba teniendo problemas de coordinación, decidió despedir a una de las integrantes del equipo. Le costó mucho decírselo. Pasó un mes y lo seguía postergando. Ella está consciente de su dificultad para tomar este tipo de determinaciones. Al lado del Presidente Cecilia Morel conservó un ambiente informal estando en La Moneda. No le gustaba que la llamaran primera dama. Se quejaba del tiempo que perdía en maquillarse para las funciones públicas. Pero siempre se dio tiempo para celebrar en el comedor de sus dependencias los cumpleaños de todos sus colaboradores, incluidos los mozos, choferes y estafetas. También les traía regalos de sus viajes al exterior. Sin agenda pauteada, en la mayoría de las ocasiones sigue su sentido común, y le va muy bien. Mejor que a su marido. Cuando está en campaña, abraza, pregunta y se ríe espontáneamente. Lanza una carcajada que le sale desde el estómago. De esas contagiosas. Automáticamente el ambiente alrededor de ella se distiende. Sus diálogos y sus preguntas no son triviales, siempre va al fondo. Es una persona que se relaciona con el otro desde la profundidad, explica una de sus asesoras. Y si antes el Presidente la escuchaba poco en asuntos de la política, hoy eso también cambió. Para el Piñeragate, en agosto de 1992, Cecilia solo contuvo emocionalmente a su marido que en pocas horas vio esfumarse su proyecto de llegar a La Moneda. Una década más tarde su opinión era más incisiva: Sebastián, si quieres hacer una campaña tienes que inyectar fondos, le advertía a su marido para la campaña de 2005, cuando él se negaba a invertir porque sabía que no iba a ganar. Ella sabía que sus alegatos eran en vano. Él no la escuchaba. Aún. Hoy, cuando es evidente su popularidad, él está consciente de que ella tiene una intuición política que vale la pena escuchar. Ella lo corrige desde los detalles más chicos, como no te tires la camisa para el lado y también en cosas más relevantes. Cada vez que el Presidente ha sido duro con alguien y ella se lo advierte, Piñera hace un esfuerzo por ser mucho más cercano la próxima vez. O si ella le cuenta que una persona está con problemas, inmediatamente después, él la llama. Sebastián no critiques tanto al gobierno, le dice. El hombre que años atrás le decía sintetiza cuando Cecilia se dispersaba en la conversación, ahora no solo la escucha, sino que, además, necesita saber dónde está o qué está haciendo. Todos sus asesores coinciden en que Sebastián Piñera hoy depende mucho más de ella. Ese fue uno de los cambios importantes que se gestó en su relación durante los años en La Moneda. Por primera vez compartieron un proyecto profesional. A ella, dicen sus cercanos, le gustó ser primera dama. Se dio cuenta de todo lo que podía hacer para mejorar la vida de la gente pero, además, porque, sin duda, sus habilidades se vieron validadas. Quizás por eso al candidato Piñera 2017 le costó menos convencerla de embarcarse en esta nueva aventura. En mayo, Cecilia Morel se sumó al Comité Ejecutivo de la campaña 2017 en el que participan los ex ministros Andrés Chadwick y Cecilia Pérez y hoy está junto a Piñera en todos los afiches. Porque no hay duda de que ella es determinante en la vida del ex Presidente. Y le sobra lo que a él le falta. Es ahí donde radica su principal fuente de poder. La Chica Morel hoy es una Chica Poderosa http://www.paula.cl/reportajes-y-entrevistas/power-morel/
  19. Ser una mujer bacán Columna de Catalina Infante Beovic. Editora, escritora y una de las dueñas de Librería Catalonia. Llevo unas semanas sumida en la edición de un libro que compila la biografía de 100 mujeres que han marcado la historia de la humanidad. Como hago mil trabajos distintos he tenido que dejar muchas veces esta tarea para el último momento del día. Eso quiere decir que varias noches me he quedado hasta tarde leyendo la historia de mujeres excepcionales de todas las épocas y de todas las disciplinas posibles, desde alpinistas hasta matemáticas, poetas y dirigentes indígenas. Y, aunque la tarea de mi trabajo supone corregir la forma en que están redactadas esas vidas, no pude evitar quedarme hasta tarde buscando fotos, leyendo artículos y sapeando todo lo googleable sobre las mujeres que me toca leer. Desde la primera matemática del siglo V, que terminó torturada a golpes y quemada por enseñar su conocimiento, hasta una ex guerrillera maoísta que hoy es la atleta más prometedora de Nepal, las mujeres que han sabido desafiarse a sí mismas para poder llevar a cabo su propósito tienen más de un rasgo en común. A pesar de las diferencias de época, ideológicas, políticas, de los diferentes orígenes raciales, de las brechas económicas y educacionales, desde Violeta Parra rescatando puerta a puerta el folklore chileno hasta Juana de Arco siguiendo sus visiones para salvar a Francia, se puede observar entre ellas una pulsión en común. Una certeza que las volvió obstinadas, tercas y a veces locas, que las hizo cumplir con su cometido aun cuando esto significara su aislación o su muerte, como si tuvieran un mandato divino que debían a toda costa cumplir. Por diferentes circunstancias de vida, muchas por quiebres trágicos y experiencias traumáticas, o simplemente por una pasión incontrolable que despierta, las mujeres que han marcado la historia reafirmaron en sí mismas la convicción de haber venido a esta vida para algo. Así se olvidaron de todo lo que les dictaba el mundo, se olvidaron de todo lo que se esperaba de ellas, del miedo al rechazo, a la soledad, a ser catalogadas de raras, a las críticas. En fin, se olvidaron de todo menos de sí mismas. Lo único que acataron como verdad fue la que emergía de ellas. Como siguiendo el verso de Walt Whitman, Whatever satisfies the soul is truth, se preocuparon de llenar su alma y esa fue su única verdad. Reflexiono esto desde mi sillón cenando un paquete de galletas sin gluten. Mi perra ronca al lado. Pienso: ya no me gané el Nobel ni fui la que descubrió la cura de nada. Con suerte controlo mi adicción a la harina. Pero quizás, a mucho menor escala, desde la humildad individual de cada una, todas podemos ser un poco como ellas, incorporar un trozo del legado que dejaron. En la simpleza del cotidiano identificar cuál es esa pulsión que habita dentro, aprender a escucharla y hacerle caso, no dejar que sea el mundo quien nos defina lo que es correcto, volverse un poco tercas o locas, olvidarse de todo menos de lo que importa; satisfacer al alma con lo que para uno es la verdad.
  20. Hablar en chileno Ponerle pino, hacer gancho, meterse en un tete y -los ya fundamentales- ¿cachaste? y bacán. Estas frases y conceptos son clave en nuestro vocabulario nacional, pero ¿qué significan y cómo se originaron? Acá, un diccionario hecho por Paula para el Bicentenario. A la cochi guagua: se usa para designar a aquellas personas que consiguen las cosas sin hacer mucho trabajo. La frase deriva de la expresión a la coche guagua que hace referencia a que las guaguas son transportadas sin que ellas hagan el más mínimo esfuerzo. Abrir el tarro: significa cometer alguna infidencia o andar en habladurías. Sinónimo de se le cayó el cassette. Achaplinarse: arrepentirse, desmotivarse, echarse para atrás. La frase está inspirada en la personalidad del famoso personaje de Charles Chaplin. Al apa: subir a alguien a la espalda, llevándolo abierto de piernas y sujeto al cuello, es llevar al apa. La expresión viene de la palabra quechua apir que significa el que lleva. Al tiro: hacer algo de inmediato. Se cree que viene del tiro que señala la partida de una carrera deportiva. Al tuntún: a la suerte, al ojo, al azar. La expresión la hice al tuntún es habitual al explicar cómo se hizo una receta de cocina. Andar con el 131: así se les decía antiguamente a las personas que andaban con copas de más, aludiendo al artículo de la Ley de Alcoholes que penalizaba a los transeúntes ebrios. Arriba de la pelota: es estar enfiestado, levemente borracho. Este dicho tiene dos orígenes probables: o el desequilibrio que experimenta un jugador al pisar una pelota de fútbol, o las bolas de espejos típicas de las discotecas. Bacán: bueno, increíble, excelente, espectacular. Probablemente viene de Argentina y tiene su origen en la palabra genovesa baccan que significa patrón o jefe de familia. Buscarle el cuesco a la breva: es insistir en complicar innecesariamente las cosas, fijándose en detalles poco relevantes. Sinónimo de buscarle la quinta pata al gato. ¿Cachaste?: es ver algo, entender o captar. Viene del verbo inglés to catch, que significa atrapar. Chupamedias: es el personaje que adula para trepar en su posición. El chupamedias más famoso de Chile debe ser Espinita, del programa Jappening con ja. Como chancho en el barro: estar muy cómodo, desenvolverse con mucha confianza en el medio que lo rodea. Con camas y petacas: cuando alguien viaja con mucho equipaje o se traslada muy preparado. Esta frase tiene su origen en la Colonia: las petacas eran unas cajas de cuero de caballo en las que los conquistadores españoles transportaban sus ropas cuando iban de un lugar a otro. Creerse el hoyo del queque: cuando las personas se consideran importantes, indispensables, el centro de todo. Sinónimo de creerse la muerte. Dorar la píldora: suavizar una mala noticia o adular a alguien. La expresión nace porque los boticarios doraban las píldoras con sustancias dulces para disimular su sabor. El pago de Chile: esta frase, que significa trabajo mal pagado o no cancelado, tiene su origen en la antigua costumbre de pagar a las autoridades desde el Virreinato del Perú, siendo muchas veces la caravana asaltada en el camino y el pago no realizado. Embolinar la perdiz: proviene de la operación que realiza el cazador de perdices, quien corre en círculos alrededor del ave hasta marearla. Significa tratar de engañar a alguien o confundirla. Está que corta las huinchas: es estar a punto de perder el control. Esta expresión alude a un caballo ansioso por partir. Estar enfermo del chape: cuando alguien tiene ideas locas. En mapudungun el chape es la trenza larga que usaban los indígenas como signo de autoridad. Hablar a calzón quitado: durante la Colonia los hombres se quitaban los calzoncillos largos para dormir la tradicional siesta, de aquí esta expresión que significa hablar sin tapujos, sinceramente. Hacer tuto: el dicho viene de la palabra quechua tuta, que significa noche. Hacer tuto, por tanto, es irse a dormir. Hacer gancho: sgnifica unir parejas, en general dos personas que no se conocían, hasta que alguien armó el romance. Hacer perro muerto: significa eludir de mala manera el pago de algún consumo o producto, sobre todo en restoranes. Lo dejaron como membrillo colegial: cuando una cosa o una persona queda averiada por una pelea o un accidente. Antes era muy común que los escolares llevaran un membrillo de colación y para que estuviera más sabroso lo machucaban, de ahí la frase. Los canutos: el metodista catalán Juan Bautista Canut llegó a Chile en 1871 y se transformó en un predicador sobresaliente de su credo. Por él, a los evangélicos en el país que declaman públicamente sus ideas, se les llama canutos. Mandarse un condoro: cometer una falta grave y vergonzosa. La frase proviene del conocido Maracanazo, cuando el arquero Roberto Cóndor Rojas se infirió un corte en el rostro para simular un ataque de los hinchas brasileños, dejando con este acto a la Selección Chilena de Fútbol fuera de dos mundiales. Más perdido que el Teniente Bello: la mañana del 9 de marzo de 1914 Alejandro Bello Silva, precursor de la aviación chilena, inició un vuelo sin retorno. Todos lo buscaron, pero fue inútil. El teniente se perdió y desde entonces la frase más perdido que el Teniente Bello se utiliza para señalar cuando algo o alguien está extraviado. Me lo contó un pajarito: cuando alguien se entera de un secreto y quiere resguardar la identidad de su fuente dice: me lo contó un pajarito. Este dicho viene de los cazadores, ya que por el canto de algunas aves sabían de la presencia de su presa. Medio pollo: se usa para denominar al sujeto que por poca plata hace el trabajo de otro. El origen de la frase está en los estibadores del puerto que contrataban ayudantes para completar sus labores, a los que llamaban pollos. A su vez los pollos también empleaban a otra persona, pero por la mitad de las ganancias, la que pasaba a llamarse medio pollo. Meter la mula: engañar o hacer el intento de ello. Este dicho tiene su origen en alguna transacción de caballos donde alguien intentó hacer pasar una mula por un potro. Meterse en un tete: en Chile se le dice tete al chupete que succionan las guaguas para calmarse y por eso se usa para referirse a un problema del que cuesta salir. Pagar el pato: salir perdiendo, cargar con las consecuencias de un hecho. Esta frase es común en toda Iberoamérica y tiene su origen en un juego. Pololo: según algunos autores esta palabra enamorado o novio se inventó gracias a los voluntarios de la 5ª Compañía de Bomberos de Santiago, cuando en los años previos a la Guerra del Pacífico decidieron usar un distintivo del coleóptero conocido como pololo. Rápidamente, la insignia pasó a poder de las santiaguinas como prenda de amor. Y, como derivación, todo el país terminó hablando de mi pololo o de pololear. Ponerle pino: es hacer algo con muchas ganas. Esta expresión tiene relación con el relleno a base de carne, cebolla, huevo y pasas que les da un sabor único a las empanadas y pasteles de papa, así como hacer las cosas con entusiasmo ayuda a que los resultados sean positivos. ¡Por la chupalla!: en quechua, chupalla alude a la achupalla, una planta de cuyas hojas se saca el material para los sombreros. La frase ¡Por la chupalla! proviene de una anécdota protagonizada por el Presidente Federico Errázuriz Zañartu en las Fiestas Patrias de 1871. El mandatario asistió a las festividades con un sombrero de pelo y no una chupalla como era tradición. Asombrado, un asistente gritó: ¡La chupalla del Gobierno!. De ahí se consolidó el dicho para manifestar sorpresa ante alguna situación. Queda en Chuchunco: antiguamente, el sector de Estación Central era llamado Chuchunco. Como en aquellos años era una zona periférica de la capital era considerado un sitio distante, el nombre quedó inmortalizado popularmente como un lugar lejano. Quedar como chaleco de mono: es algo maltratado. El dicho está basado en la vestimenta del monito que llevaban sobre las espaldas los organilleros. Los animales estaban vestidos, generalmente, con una pollerita y un chaleco viejo y raído. Sacar la cresta: viene de las peleas de gallo que se realizaban en Chile. Cuando a este animal le sacan la cresta se considera que está acabado porque es por donde más sangra. Sacarle la cresta a alguien significa dejarlo fuera de combate o pegarle demasiado fuerte. Sacar los choros del canasto: es colmar la paciencia o sacar de las casillas. Suche: al suche, por lo general, se le encargan las tareas más desagradables y tediosas. Entre los mapuches esta palabra era el nombre que llevaban los indígenas jóvenes que servían a los caciques de mensajeros. ¡Vienen los pacos!: los comerciantes que se ponían frente al Mercado del Abasto, actual Mercado Central, decidieron contratar a un vigilante. El elegido fue Don Paco. Cuando el cuidador, chicote en mano, recorría el sector, los niños salían corriendo y gritaban ¡Hey, viene el Paco!. Desde entonces, este nombre se hizo extensivo en el país para denominar a la policía. Vino a hacer la pura pará: cuando alguien está cumpliendo aparentemente un deber, pero en realidad no lo está haciendo. La frase nace inspirándose en la Parada Militar, que se realiza el 19 de septiembre en el parque OHiggins, donde las Fuerzas Armadas desfilan ante las más altas autoridades del país.
  21. Constanza Gutiérrez: narrar con gracia Tiene 27 años, a los 21 ganó el premio Roberto Bolaño y su primer libro, Incompetentes, sobre unos estudiantes en toma, fue muy elogiado. Ahora publica Terriers, cuyos cuentos, protagonizados por niños y adolescentes, están atravesados por el humor. Paula.cl Hace tres años, cuando aún estudiaba Literatura en la Universidad Alberto Hurtado, Constanza Gutiérrez trabajaba en la editorial Hueders: repartía libros en bicicleta y cobraba facturas. Pasaba mucho tiempo en la calle y, en una de esas vueltas, le pasaron un folleto que decía que el terrier es la única raza de perros chilena. Un perro de patas cortas y muy aguerrido, dice y se larga a reír, mientras explica el título de su segundo libro, que es una edición conjunta de Hueders con Montacerdos. Terriers tiene siete cuentos y muchos niños y adolescentes: una que acompaña a su madre a La Tirana y observa cómo ella coquetea con un desconocido; otro que visita a su abuela en Chiloé y sufre por un amor homosexual; y un tercero que traba amistad con un niño que pertenece a las familias gitanas que invaden su pueblo. Son personajes que, pese a sus cortos años, tienen una mirada lúcida y desprejuiciada. Y también divertida. Constanza nació en Castro. Fue a un colegio que pertenecía a una comunidad llamada Cahuala. Terminó su enseñanza media en Temuco y se vino a Santiago a estudiar Literatura. Asegura que a los ocho años ya sabía que sería escritora. ¿Cómo eras tú de niña? Me gustaba mucho leer. Era como los chicos de los cuentos: trataba de hacerme la graciosa a menudo. De ser divertida. También veía mucha tele. ¿Tienes más hermanos? Uno mayor que yo siete años. Él escribía. Creo se me ocurrió por ahí. Él dejó de escribir ficción porque estudió Periodismo y se dedica a eso. Naciste en Chiloé. ¿Cómo fue esa vida? Viví en Castro hasta los 15. Mi vida fue más curiosa que la de cualquier castrense. En esos años fue el boom pesquero, entonces en mi colegio la gente que iba no era chilota; era de Santiago. Además era un colegio distinto, relajado, de una comunidad llamada Cahuala; mis papás no eran parte de esa comunidad, pero nos mandaban ahí porque tenía buenos profesores. ¿Cómo fue tu experiencia escolar? Me echaron de ese colegio y me fui a un colegio para echados en Temuco; usé lo que vi ahí para escribir Incompetentes, mi primer libro, aunque en mi colegio no hubo tomas. ¿Por qué te echaron? ¿Por mala conducta o por notas? Por las dos (risas). Creo que no me entendieron en el periodo rebelde adolescente; tuve problemas ahí. Lo que no me gusta del colegio es que te juntan por edad y hay gente que va más rápido y otra, más lento. Ahora pienso que podría haber entrado después a la universidad, habría sido más responsable, porque iba lento. Como en tercer año, recién me di cuenta, estoy acá, tengo que estar más presente, tengo que vivir esto y no estar con la cabeza en la Luna. ¿Eres distraída? Sí, mucho (risas). ¿A qué edad empezaste a escribir? A los ocho. Escribía cuentos y poemas. Y estaba muy metida. Desde muy chica tenía pensado publicar. No sé por qué. Quizás porque había visto a mi hermano escribir. Y había visto que al final de Papelucho decía que era un libro tomado de un diario de vida real encontrado en un basurero. Entonces pensaba: yo, niña, también puedo escribir un libro y me lo podrían publicar. De ahí para adelante escribí siempre. Creo que es lo más constante en lo que he sido. ¿Qué cosas escribiste en tu infancia? Imitaba cosas: Papelucho, después Las Crónicas de Narnia. Un tiempo traté de escribir cuentos chistosos: era lo que más me interesaba en la adolescencia. Después me puse más sufrida. He pasado por distintas etapas. ¿A tu alrededor todos sabían que querías ser escritora? Todos. Le agradezco harto a la gente que le diera importancia a eso. Encuentro que fueron todos muy amables (risas). ¿Tus papás qué decían? En mi casa son muy valorados los libros y leer es algo importante. Mis papás estaban orgullosos de que escribiera. Mi mamá es asistente social. Mi papá ha hecho muchas cosas, estudió pedagogía en Castellano; pero no ejerció. Cuando yo era niña, él trabajaba como cajero en un banco. ¿Participabas en concursos literarios? Algunos en el colegio, pero no con mucha suerte. Gané el Bolaño a los 21 con un cuento que había escrito a los 20: Arizona, que es parte de Terriers. Y antes había sacado una mención honrosa en un concurso chico. Pero tampoco mandaba tanto ni estaba tan pendiente. Es que soy lenta para escribir. Por mucho que haya sido constante, pueden pasar cuatro meses en que no escribo nada. Hasta que se me ocurre algo. ¿Tienes algún proyecto literario en mente? No. Quiero esperar a leer más cosas y que cambie mi cabeza. No tengo apuro.
  22. Salir a bailar Columna de Catalina Infante Beovic. Editora, escritora y una de las dueñas de Librería Catalonia. Estoy en una fiesta en el Barrio Franklin atiborrada de zombies del barrio alto. Bailo junto al carro luminoso donde un conocido DJ le pone soundtrack a una casa que se cae a pedazos. Me muevo siguiendo la música mientras miro los ojos dilatados y las mandíbulas nerviosas de quienes se acercan de vez en cuando a saludar. Imagino, mientras bailo, que visito el infierno, una fiesta eterna y divertida en la que nunca encontraré nada. Me pongo, como todos, una armadura en el pecho, un escudo que cierra cualquier atisbo de honestidad. Bailo porque me gusta bailar. Me muevo como sacudiendo todas esas voces que me recuerdan lo que jamás podré ser. Un escritor de unos 40 años se acerca. Es la segunda vez en el año que nos presentan, pero él no lo recuerda. La primera me dijo que mi peinado era horrible y esta noche me dice que le gusta. Solo existen dos peinados posibles para tu cara, el que llevas es uno. Paso. Otro amigo se acerca, hablamos un rato, me dice que su inteligencia es superior y que sabe cómo manipular a las personas. Mi técnica es mirar a los ojos para que la gente crea que me importa. Paso. Mi amiga baila al lado con un chico de cara tierna. Le pregunta qué hace y él contesta que es exitoso. Hay tantas mujeres y los hombres somos tan pocos que no tengo que esforzarme en nada. También pasa. Me quedo sola. Voy al baño porque el vacío me da miedo. Hago una fila inmensa donde escucho conversaciones que a nadie le importan. Veo pasar a R. con sus ojos dulces, pero ante la posibilidad de que no me salude yo tampoco lo hago. Pienso en pedir un Uber e irme a mi casa. La fiesta está llena, la música es buenísima, hay pintores, músicos, escritores y yo solo pienso en un refugio donde sacarme esta armadura y poder respirar. Desisto de la fila del baño y doy más vueltas, intento conversar con algunos conocidos, pero estoy igual de turbada que todos y solo digo cosas falsas. El escritor de 40 años regresa. Me hace un coach sobre las cosas que debo cambiar de mi cuerpo para llegar bien a los 40. Lo miro directo a los ojos para que crea que me importa. Mientras observo lo que podría ser la mejor fiesta en lo que lleva del año, trato de recordarme a mí misma por qué estoy aquí. Por qué cada fin de semana hago este rito que comienzo tan entusiasta y termino siempre encerrada en mis propias voces debatiendo sobre el sentido de la vida y la existencia. Me acuerdo del diálogo de una película italiana donde una monja le dice al protagonista (un bueno pa la fiesta) que solo come raíces porque las raíces son lo importante. Vuelvo al carro luminoso y bailo, porque a eso vine. Me gusta bailar, me muevo como sacudiendo todas esas voces que me recuerdan lo que jamás podré ser.
  23. Las perspectivas de Dominique Dominique Damjanic perdió la visión para siempre cuando tenía 9 años. Hoy, es la primera alumna no vidente en la historia de la Universidad Católica que estudia Diseño, carrera que muchos le aseguraron sería incompatible con su condición. La sala de Taller de Diseño de la Universidad Católica está empapelada de lado a lado con secuencias de croquis. Los alumnos están atentos, algunos parados sobre las sillas, otros sentados. Todos los ojos de la sala están puestos en los dos profesores y sus instrucciones para el siguiente encargo. Dominique Damjanic escucha atenta. Ella requiere un doble esfuerzo, no maneja la misma información que el resto porque no puede ver. Está sentada frente a uno de los cinco mesones largos que hay en la sala para que los alumnos dibujen, escriban o dejen sus cosas. Entre mochilas, estuches y unos croquis, Dominique se ve concentrada, con la cabeza un poco gacha y apoyada sobre los puños de sus manos. Solo escucha mientras los demás pueden ver las explicaciones de los profesores frente a la pizarra y siguen, con sus dibujos a plumón casi perfectos, las distintas perspectivas de visualizar y dibujar un taladro. En todo momento parece que ella pudiese ver, porque sus ojos celestes cambian a ratos de dirección entre el dibujo y el infinito que hay más allá del muro. Dominique juega con su pelo corto estilo que adaptó para esta nueva etapa de independencia y enrosca su dedo en un collar largo con una punta de flecha que le regaló su hermano Sacha, uno de los 20 mejores bodyboarder del mundo. Luego de 15 minutos de instrucciones, el encargo se ha vuelto un poco monótono. Algunos alumnos bostezan y Dominique ha cambiado varias veces de posición en su silla. De pronto sonríe y busca hacer contacto con sus compañeras. Un profesor acaba de hacer un chiste que no todos captaron, Dominique y sus amigas sí y lo celebran. Ella siempre estuvo ahí, atenta a las instrucciones y a las voces. Terminada la clase, conversa con sus compañeras mientras tantea y guarda sus cosas. Una de sus amigas la espera muy cerca, le ofrece sutilmente su brazo y salen juntas. Dominique no suele usar el bastón. Le carga. Dice que se le olvida traerlo pero es su manera de decir que no le gusta, solo en caso de que sea muy necesario, como cuando vuelve en micro sola hacia su casa después de clases, lo usa. La mas terca Cuando en 2016 Dominique le contó a su familia que quería estudiar Diseño, sus padres y algunos cercanos trataron de persuadirla para que estudiara otra cosa, algo que se le diera más fácil, algo más teórico y que pudiera aprender a través del sistema Braille o del computador que le habla. No una carrera tan visual como Diseño. ¿Cómo lo iba a hacer la Domi?, se preguntaron sus cercanos, si no puede dibujar porque pierde el punto de referencia. Pero quienes la conocen saben cómo es. Ella se encoge de hombros un poco avergonzada y dice: No sé, soy demasiado terca, me lo critican, pero en cierta forma si no fuera así, no estaría estudiando Diseño, no haría gimnasia artística, que me encanta. Siempre insistí mucho y terminé haciéndolo, se ríe a carcajadas. Y añade: En cierta forma me gusta ser la más terca del mundo. En 2016 Dominique ya lo había decidido, estudiaría Diseño en la Católica, una escuela con mucha demanda, donde solo hay cinco cupos para que alumnos ingresen a través de Admisión Especial, vía por la que postulan aquellos que van por una segunda profesión, los que se quieren cambiar de carrera, los que buscan una paralela y quienes se encuentran en desigualdad de condiciones para rendir la PSU, como era el caso de Dominique. Postuló junto a otros 20 jóvenes, pero no quedó seleccionada. La prueba consistía en dos etapas, la primera, escrita. Ella realizó ejercicios de capacidades conceptuales, como por ejemplo Invente un nuevo isotipo. En este caso un signo de zona de portonazos. Dominique los hizo a través de plasticina, explica José Manuel Allard, diseñador y director de la Escuela de Diseño de la UC. La segunda etapa fue una entrevista personal. La prueba es difícil, añade Allard, porque, a diferencia de la PSU, aborda temáticas bien específicas de diseño. Había estudiantes de la carrera de otras universidades que se querían cambiar, eran de tercer año, entonces obviamente a una persona que no ha estado en el sistema universitario, se le hacía más difícil. A Dominique no le fue mal, tratamos de evaluarla con los mismos criterios, salió ranqueada número ocho, pero no quedó. Ella nos llamó la atención por su disposición y por tener claro lo que quería. A Dominique el no ser aceptada por Admisión Especial no la amilanó y dio la PSU en noviembre de 2016. Con los 687 puntos que ponderó, le alcanzó para entrar a la Escuela de Diseño por la puerta ancha. Su primer obstáculo ya estaba superado, pero ¿qué pasaría una vez que Dominique estuviera dentro? ¿Cómo la evaluarían? El accidente Era un lindo día de verano, perfecto para ir a dar un paseo. Ya casi llegando a la casa, la velocidad aumentó más de lo que debía, hubo un instante de furiosa adrenalina y después todo se volvió borroso. Casi alcancé el cielo, pero todavía no era el momento. Las probabilidades indicaban que era el principio del fin, aunque en realidad no era más que el fin y el principio en un solo impacto catastrófico. Luego de eso hasta la más mínima cosa en mi vida dio una vuelta de 180 grados. Así describe ella en una publicación de Facebook el momento en que perdió la visión para siempre en el verano de 2008 en Toulouse, Francia. Dominique tenía 9 años y sus padres la enviaron a vivir durante seis meses con sus tíos maternos para aprender francés. Llevaba solo dos semanas allá cuando salió a andar en bicicleta con su prima. Iba sentada en la rejilla de atrás, los frenos fallaron y chocaron a toda velocidad. Su prima se enterró el manubrio en el estómago y Dominique salió catapultada. Su rostro se azotó contra el muro. Desde aquel instante, perdió la visión completa de su ojo izquierdo y solo distingue sombras con el derecho. Daño neurológico traumático en la corteza visual es el diagnóstico. Lo de Dominique no tiene solución. Tengo mis nervios ópticos prácticamente muertos, imagínate que tapas un globo con un papel lleno de hoyos y luego a esos hoyos les pones una tela encima, dice. Sombras, pequeñas luces, es todo lo que logra distinguir con su ojo derecho. Desde aquel día comenzó el peregrinaje de sus padres Pedro Damjanic y Leonor Silva junto a Dominique, la cuarta de sus cinco hijos, por distintas clínicas de Chile, Francia y ahora Estados Unidos. Pero ni las más de 10 intervenciones a las que se ha sometido han logrado que recupere la visión. Estuve un mes en coma inducido después del accidente. La única secuela es que no veo. Algunos creen que quedé traumada, pero para nada, ni me lo cuestioné. Cuando entré en conciencia pensé: Tengo que volver a Chile, tengo que volver a Antofagasta al colegio, dice hoy. Sus padres han recurrido a todo, no solo a la medicina tradicional y a la ciencia, sino que a lo alternativo también, como los Monjes de Brasil, curanderas en Chile y un médico que vive en el extranjero y que han traído en un par de oportunidades para ayudar a Dominique a ver. Ella también ha viajado a verlo, y se trata con él hace ocho años. Solo cuenta que es un médico árabe que quedó inconsciente y que fue recogido por unos monjes tibetanos y que, al volver en sí, tuvo el don de curar. Leonor, su madre, se ha aferrado durante todos estos años a esa pequeña luz. Según Dominique, es mejor haber visto que haber nacido ciega. Una vez alguien me dijo que era mejor lo contrario porque era como perder algo que nunca has tenido. No para mí. Es más fácil haber visto antes porque uno tiene mucho más claro cómo es el mundo. Sobre todo ahora que estudio Diseño. Sé lo que los profesores me están hablando, a veces ni siquiera es necesario que me pasen un objeto para tocarlo. Recuerdo perfecto los colores. Como mi mamá es pintora, desde chica para mí el azul no fue simplemente azul sino azul rey, azul marino. Incluso si hay un color más específico y alguien me da las proporciones de una mezcla, soy capaz de imaginarlo, dice. Carrera con obstáculos Para nosotros, ella no es un experimento. Queremos que sea una alumna más, señala José Manuel Allard, director de la carrera. Estaba el desafío de si íbamos a poder entregarle los mismos estándares de calidad que se les entregan a sus compañeros, señala José Manuel Allard, quien además es profesor de Dominique en el ramo Introducción al Diseño. Una vez que se supo que Dominique Damjanic era parte de los nuevos alumnos de pregrado, la Escuela de Diseño trabajó en conjunto con Piane, Programa para Inclusión de Alumnos con Necesidades Especiales, formado hace 10 años en la universidad y que cuenta hoy con más de 80 alumnos con capacidades diferentes que están en distintas carreras. Pero el caso de Dominique era distinto: era la primera alumna no vidente que ingresaba a Diseño. Desde Piane se mandó una carta física y por email a todos los profesores que trabajarían con la alumna entregando recomendaciones de adecuación curricular para el trabajo durante las clases y las evaluaciones, y para ello tenían que ser más descriptivos durante las instrucciones señala Daniela Reyes, educadora diferencial de Piane y quien ha acompañado a Dominique en el proceso. Lo que más nos preocupaba era cómo lo haría Dominique con la representación de las cosas, explica. Idearon entonces, junto a alumnos de Ingeniería de la Universidad de Chile y de Psicología de la Católica, una pizarra portátil con superficie de velcro para que ella, a través de un lápiz que dibuja con lana, pudiera realizar sus representaciones en vez de los croquis. Al poco tiempo de uso se dieron cuenta que la pizarra no funcionaba, Dominique no se adaptó a su uso. Ahora realiza sus trabajos a través de figuras de alambre. Se le da mejor por su maleabilidad. Todo lo demás lo realiza igual que sus compañeros. Para nosotros, ella no es un experimento. Queremos que sea una alumna más, señala José Manuel Allard. A pesar de la carta que envió el Piane y una reunión de profesores en enero, cuando se enteraron que ingresaría una alumna con discapacidad visual, muchos docentes no se dieron cuenta en las primeras clases que Dominique era la alumna que esperaban. A algunos compañeros les pasó lo mismo. Uno de ellos comenta: La encuentro muy admirable, su actitud hace que no te fijes que ella es no vidente. De hecho algunos nos dimos cuenta como tres semanas después de entrar a clases. Hemos hecho trabajos en grupo y tiene mucha disposición para aprender, quiere estar en todas y hacerlo todo sola. La independencia A los 9 años, producto de un accidente, Dominique perdió la visión. La voz de Dominique es tan suave que a veces cuesta escucharla en la cafetería. No es por timidez, es solo que hablo bajo, asegura entre risas. Luego se pone seria y dice no sentir rabia por el accidente ni por su condición. He conocido cosas que de otra forma no hubiera conocido. De repente hablo con personas comunes y corrientes, o sea que ven por decirlo así, y me cuentan sus problemas. Y a veces son cosas tan pequeñas y se complican tanto. Yo con esto he aprendido a valorar y a jerarquizar los problemas. La única dificultad es la independencia. Tuve que aprender a andar en micro, además, no hay casi nada adaptado para mi caso. En cuanto a las amistades uno siempre encuentra amigos que no se hacen ningún drama con que no vea. Obvio que siempre hay gente que se complica o se incomoda, pero al final esa gente no va a estar con uno. Si se siente incómodo no voy a andar perdiendo el tiempo con alguien que no vale la pena, quizás. Dominique cuenta que casi no llora. La última vez fue hace dos semanas, pero no quiero hablar de eso aquí, responde cortante mientras se lleva una pequeña cuchara con café a su boca. Comprueba que la temperatura está bien, lleva la taza a sus labios y, sin embargo, igual se quema. Cae un poco de café en la mesa, busca rápidamente servilletas pero no encuentra, se pone muy incómoda, ¿Hay servilletas?, pregunta su voz suave. Desde marzo se va a la universidad con una compañera que vive cerca y que la pasa a buscar. Otras veces la lleva su mamá y también se vuelve sola a su casa después de clases, para lo que debe tomar dos micros. Llega hasta el paradero ayudada por su bastón, una vez ahí le pide a alguien que le avise cuando pase la 409 y luego dice al chofer de la micro que le indique cuándo tiene que bajarse. En el siguiente paradero repite lo mismo y toma la C08, que la deja cerca de su casa. Otro gesto de independencia es quedarse sola en su casa en Santiago, como un fin de semana largo de abril en que toda su familia viajó a Antofagasta, menos ella porque tenía trabajos para la universidad. Aunque los espacios son grandes, ella conoce cada rincón. Se sabe de memoria los peldaños de la escalera y la sube corriendo, también dónde están sus cosas. Por eso cada vez que alguien deja algo fuera de lugar en la cocina se pone mal genio. Una vez no desayuné porque no encontré el té, cuenta. Cuando está sola se calienta la comida que le dejan en el microondas porque no le permiten usar el horno, todo lo demás se le hace fácil. Fin del semestre El primer semestre de su año ha finalizado y Dominique hace un balance de cuáles fueron sus verdaderos obstáculos, como el Taller 2D. Es una introducción al diseño y es muy visual, hay que hacer las cosas exactas. Me costó mucho porque los programas de computación no son compatibles con los equipos que hablan. Tuve que imprimir unas letras, luego ir girándolas y pegarlas siguiendo un patrón. Me evaluaron el oficio, es decir las terminaciones, y no tenía la más mínima posibilidad que me quedara igual porque no lo puedo hacer tan perfecto, lo mismo con las tipografías. Eso me complicó, explica. Pero Dominique está agradecida de la Escuela. Solo un profesor se ha visto complicado conmigo, no sabe cómo enfrentarme ni cómo enseñarme. Ella lo notó porque él le postergó sus evaluaciones mientras todos su compañeros rendían las pruebas, aunque, dice, estaba preparada. Pero también hay ramos donde siente que va por buen camino, como Modelo y Prototipo, donde Dominique ejecuta modelando con plasticina sus representaciones, mientras el resto de los alumnos trabaja con maquetas y distintos materiales. Ella encuentra que es la asignatura donde más aprende porque le explican cómo hacer las cosas, lo paso muy bien en clases y el profe es muy tela, dice. No solo Dominique se vio enfrentada a ciertas dificultades durante el semestre. Para la mayoría de sus profesores también resultó un desafío enseñarle. Para mí, la principal dificultad fue en las clases electivas porque siempre están apoyadas con Power Point, lo que implicaba poner mayor atención en explicar, ser más detallistas y entregarle a ella la mayor información posible de las imágenes que no puede ver, explica Allard. En el caso de los cursos de proyectos, es decir en taller, la dificultad al enseñarle era poder comunicar y explicarle desde códigos gráficos (dibujos) hasta cromáticos (gama de colores) en el plano, conceptos que son todos del campo visual. Lo más importante para los diseñadores es poder contrastar sus trabajos con los de sus pares. Eso es algo que me preocupa porque no sé si Dominique está captando del todo. Honestamente no sé cuánta información en verdad recibe. Luego de no ser aceptada por Admisión Especial, Dominique rindió la PSU y fue admitida en la carrera de Diseño. Han pasado más de cinco meses desde que Dominique entró a la universidad, y reflexiona sobre las personas que, al igual que ella, están con alguna discapacidad: Pienso que no deben ser ellos mismos los que se tiren para abajo, las personas critican la discriminación, pero eso se da porque son ellos mismos los que se victimizan, no hay que sentirse pobrecito. En esta nueva etapa, está contenta, sigue practicando acrobacias en tela, de vez en cuando hace trekking, tiene buenos amigos y hace lo que quiere. Solo se pone nostálgica cuando recuerda la playa de Hornitos, donde se mete al mar y se siente segura. Santiago es distinto, el tráfico, las calles, acá hay miles de obstáculos que tendrá que seguir sorteando, como su carrera. No voy a dejar de estudiar porque digan que no seré capaz porque esto es visual. Siempre tiene que haber un primero que abra las puertas y demuestre que se puede.
  24. Un año sabático en familia Loreto Novoa y Michel Tiara tomaron una decisión: renunciar a sus trabajos, sacar a los niños del colegio y vender la casa para viajar en familia por Europa y Estados Unidos durante un año. Como los ricos y famosos, pero en nuestro caso, que somos profesionales, fue puro atrevimiento, dice Loreto. Aquí, ella comparte lo vivido y recorrido. Texto y fotos: Loreto Novoa Esta historia parte así: un día dejamos nuestra vida tal y como la conocíamos y, al otro, partimos a recorrer el mundo. Nos lanzamos como lo hacen esas parejas que salen saltando al vacío en las típicas fotos de redes sociales. Pero, en vez de ser dos, fuimos cuatro: una familia completa partiendo a la aventura. La idea surgió de algo muy trivial. Leí una entrevista al periodista Matías del Río donde contaba del año sabático que pasó en Estados Unidos con toda su familia. Algo me resonó y ese día le estuve dando vueltas: me resultaba tan inspirador y motivante imaginarnos en algo así. Con Michel, mi marido, siempre fuimos buenos para viajar. Cuando no teníamos hijos, éramos capaces de no comprarnos ni calcetines durante un año con tal de ir a Madrid. O a veces coincidíamos con mi mamá otra gran compañera de viajes y nos largábamos más lejos, a El Cairo o a Estambul. Pero eran viajes acotados a las tres semanas legales de vacaciones que tiene todo el mundo. Cuando Michel llegó del trabajo le hablé de esa entrevista y le dije: podríamos hacer lo mismo. Michel tenía entonces 44 y trabajaba como subgerente de una entidad financiera; yo, 45 y era periodista freelance. Nuestra vida estaba centrada en el trabajo, los amigos, la familia y nuestros dos hijos, Federico y Sofía, de 10 y 6 años. Ellos, por su lado, también tenían sus propias fotos sonriendo en playas con palmeras, paisajes boscosos o alguna costanera del litoral central, pero no más. Llegar con ellos hasta la Torre Eiffel era algo que soñábamos hacer alguna vez, pero en un futuro lejano. ¿Y si lo hiciéramos ahora?, le dije a Michel. Ahora parecía el momento correcto: los niños aún eran chicos y nosotros todavía estábamos en una edad donde las maletas se llenan con ropa y no con remedios. Pero Michel le puso realismo al asunto: Un año sabático es caro. Y Matías del Río debe ganar varios millones más que tú, que eres periodista freelance, me dijo. Tenía razón. Así es que me callé y archivé la idea. Pero, para mi sorpresa, Michel no lo olvidó. Tres días después me dijo: Ya sé cómo podríamos hacerlo: vendamos la casa. Sonreímos, nos abrazamos y nos aplicamos para entrar rápido en modo avión. Tres requisitos Antes de lanzarnos a vivir este sueño, nos impusimos cumplir tres tareas. Uno, guardamos parte del dinero de la venta de la casa como reserva para nuestro regreso. Dos, renunciamos a todo trabajos y colegio, con excepción de la isapre que continuamos pagando, además del seguro de salud familiar con cobertura en el extranjero. Tres, pedimos al colegio de nuestros hijos que guardara sus matrículas porque en Chile no es cosa de inscribir a los niños estando en otro país, salvo si eres diplomático o quizás famoso. Y nosotros estamos lejos de calificar en esos ámbitos. De paso, obtuvimos cartas del director, escritas en inglés, explicando que Fede y Sofi eran alumnos regulares, en caso de que alguna policía internacional quisiera velar por el derecho a educación de este par de niños. Partimos estos trámites en julio de 2014 y en octubre de ese año pusimos en venta la casa. Tardamos tres meses en cumplir con esto, por lo que dejamos enero y febrero para guardar nuestros muebles y prepararnos para el viaje. Todo bien, salvo por un detalle: nuestros hijos no querían viajar. Menos, pensar que tendrían que volver un año después a un curso más abajo. Y qué decir de perder sus amigos y su casa. Es que vivíamos en un bello condominio sobrepoblado de niños de su edad, cerca de su colegio, del Metro (yo no manejo) y del lugar de trabajo de Michel. Además, en nuestro jardín crecía un magnolio de flores rosadas que habría querido guardar también en la bodega que arrendamos. En resumen: teníamos una vida plácida que decidimos cambiar por mirar el mundo. Madrid, París, Nueva York Nuestros hijos no querían viajar. Menos pensar que tendrían que volver un año después a un curso más abajo. Perder los amigos, su casa. Es que vivíamos en un bello condominio sobrepoblado de niños de su edad que, además, estaba cerca de su colegio. Partimos el 8 de abril de 2015. Nos quedamos tres días en Buenos Aires y luego seguimos a Madrid, donde permanecimos un mes y medio. Arrendamos un departamento grande, decorado con adornos blancos y dorados, ubicado a dos cuadras de la Gran Vía. Fue el momento de acomodarnos a no tener rutinas, a pasear por la ciudad, a darnos tiempo para ir al supermercado y a cocinar en casa. Yo, que no distinguía el cilantro del perejil, tuve que aprender a desenvolverme en la cocina, partiendo por lo elemental: hacer arroz y cocer papas. Desde Madrid, visitamos, por el día, Toledo, Segovia, Salamanca, Guadalajara y El Escorial. Luego nos quedamos en Barcelona, en un departamento pequeño pero ubicado en un barrio lleno de cafeterías, verdulerías y esa gran basílica que todavía se construye. Era primavera, época rica para caminar. A los dos meses de iniciado el viaje, nos trasladamos a Francia. No sé cómo describir la placidez de despertar, salir del departamento, caminar una cuadra y encontrarse como si nada con el río Sena, con los techos grises de los edificios. Increíble. También visitamos Carcassonne, Arles y Saint Rémy. Nos quedamos una semana en la ciudad amurallada de Avignon. Y seguimos con Versalles, Disneyland Paris, Ámsterdam y Praga. A los tres meses, cuando se cumplía el plazo de la visa de turista, viajamos a Estados Unidos, donde vivimos un mes y medio en Harlem, Nueva York. Los arriendos son más caros que en París, pero conseguimos por internet un lugar a seis cuadras del Central Park: un departamento pequeño, con poca ventilación, que en todo caso no fue tema para los niños, que estaban felices porque ahí había Netflix. En Harlem había latinos que se levantan a las seis de la mañana para sacar adelante sus lavanderías o sus carros de comida. Allí conocimos a Dereck; siempre estaba sentado en su silla de ruedas en la vereda, a la salida del departamento. No entendía qué estábamos haciendo ahí. Con Michel cuando salía a fumar hablaban de las estrellas y de que en Harlem no se ve ni se oye nada. Un día dejamos de verlo. A Michel le dijeron que estaba enfermo y que había muerto. Nunca lo pudimos comprobar, pero hasta el último día salíamos del departamento mirando para todos lados, a ver si aparecía. Permanecimos 90 días entre Nueva York, Filadelfia, Boston, Salem, Washington, Orlando, Miami y Fort Lauderdale. El día que expiraba la autorización de Visa Waiver, tomamos un avión y nos fuimos por tres meses a vivir a una casa que arrendamos en Londres, entre el otoño y la Navidad. Hacía frío y oscurecía a las cuatro de la tarde, pero me atrevo a decir que de este lugar son los recuerdos más impactantes. Quizás por la belleza de todos sus rincones (allá, hasta las bolsas de los supermercados son hermosas) o quizás también porque fue el lugar donde permanecimos viviendo por más tiempo. ¡Qué placer caminar por esa ciudad limpia y con sistema de transporte expedito y puntual! Además, con muchos sitios para visitar en tren. Gracias a que tuvimos visitas ilustres como mi hermana, mi suegra, mi cuñado y mi mamá recorrimos lugares como Oxford, York, Windsor, Cambridge, Canterbury, Edimburgo y Dublín. Aprovechándonos que el Reino Unido no es parte del espacio Schengen (acuerdo suscrito por algunos países de la Unión Europea que permite el libre tránsito por 90 días) pudimos continuar viviendo los últimos dos meses en Europa, esta vez arrendando en Italia (que sí es Schengen), justo al lado del Vaticano. Desde Roma visitamos Ostia, Florencia, Siena, Pisa, Nápoles, Pompeya y Venecia, además de regresar a Ámsterdam y París. ¡Tanta belleza en nuestros ojos! Tanto ocio bien vivido. Más Simpsons que Flanders Debo confesar que si hay algo que ayuda bastante a viajar por un año es tener personalidades relajadas y poco estructuradas. Con Michel somos más Simpsons que Flanders aunque, claro, sin tanta desidia. No nos importó ir con maletas livianas (tres jeans, dos faldas, dos suéteres, cinco poleras, tres camisetas, una parca, dos pares de zapatillas, sandalias y ropa interior), ni usar ropa arrugada ni dejar de comer sagradamente las cuatro comidas del día. Para nuestros hijos, eso sí, nunca faltó la dosis de zanahorias ni kiwis. Pero no dejábamos al azar la programación viajera. Aquí éramos disciplinados. Gracias a internet, compramos pasajes y arrendamos casas y departamentos con bastante antelación. No solo pudimos ahorrar dinero, sino que también nos ayudó para hacer cada travesía de manera casi relajada. Nunca levantándonos apurados. Nunca tuve que gritar ¡Kevin!, como la madre de Mi Pobre Angelito que arriba del avión se da cuenta de que olvidó a un hijo en casa. Ni Fede ni Sofi vivieron el estrés del viaje. Solo la obligación de levantarse temprano, de vez en cuando, para cargar sus mochilas o maletas con ruedas, tomar el metro y llegar a la estación de trenes. Estando en Europa, me di cuenta de que en Chile subestimamos mucho a los niños. Está el mito o miedo que se aburran en los viajes, pero eso puede revertirse. Lo usual era que camináramos un promedio de 10 kilómetros diarios y casi no era tema para ellos. Tampoco las largas distancias. El secreto: conciliar gustos y respetar ritmos. Si un día viajábamos muchas horas, al siguiente dormíamos hasta el mediodía. Si una mañana la dedicábamos a ver cuadros, a la tarde nos tocaba navegar en alguna laguna de un gran parque. Si comenzaban a aburrirse arriba del tren, inventábamos cuentos o jugábamos a las mentes pensales, un juego, bautizado así por Sofi, que consistía en adivinar qué estaba pensando el otro. Por cierto, nada de esto fue automático. Pasaron meses desde el no querer viajar hasta el llegar a caminar por horas sin reclamar. Un proceso paulatino donde ayudó bastante el hecho de que Fede y Sofi se involucraran más con el viaje, escogiendo destinos y departamentos que arrendar. Fue también en esos primeros meses cuando leí blogs de familias viajeras donde explicaban sus fórmulas para ocuparse del aprendizaje de los hijos. Unos, optan por someterlos a exámenes libres (una vez que llegan a su país) y otros, por la educación en movimiento, es decir, sacar a los niños de colegio (como nosotros) y aprovechar los distintos escenarios visitados para enseñar in situ historia, arte o geografía. Si en algún minuto pensamos con Michel en la idea de que dieran exámenes libres, el impulso duró poco porque no podíamos cargar peso con textos escolares y porque la perfección de un año salvájico como bautizamos a nuestro viaje no es compatible con estar estudiando diariamente. De manera que viajamos con el Silabario para Sofi, unas fotocopias de comprensión lectora (cuyas hojas íbamos arrancando a medida que Fede leía) y su libro de matemáticas. ¡Pero si estoy en vacaciones y no tengo que estudiar!, protestaba enérgicamente mi hijo al comienzo del viaje. De a poco, los niños se fueron adaptando. Repasaban materias cuando permanecíamos varias semanas en un mismo lugar, además de estar todo el tiempo sometidos a esta educación en movimiento, bastante más dinámica y entretenida. ¿Y por qué acá oscurece a las cuatro de la tarde? ¿Cómo se llama ese esqueleto de animal prehistórico que fue sacado de Chile para instalarlo en este museo?. Y así, todos los días. Por nuestra parte, nosotros los padres, aprovechamos de mejorar nuestro inglés de manera on line. Menos aprensivos Ahora que pienso sobre el viaje, reconozco cosas que aprendimos y recuerdo algunos episodios. Estando en España, al inicio del viaje, más de una vez nos topamos con papás que llevaban a sus niños en la parte trasera de sus motos. La primera vez que lo vi, juzgué la maniobra como imprudente, algo que también causó la impresión de mis hijos. Pero, con el paso de los días, nos dimos cuenta de que eran muchas las familias que hacían esto y no vimos a ningún niño soltándose o haciendo equilibrio. ¡Sabían comportarse! Escenas que presenciamos mientras enseñábamos a nuestros hijos a no subirse a las esculturas de las calles, a no hablar fuerte dentro de los museos ni a gritar en los departamentos después de las 10 de la noche. Estando en París, también recordé lo que una vez me había dicho una francesa y es que allá los niños desde pequeños comen caviar y foie gras. No existe la papa frita y el nugget en los menús infantiles de los restoranes, sino la misma comida de adultos, pero en porciones pequeñas. En Londres, por su parte, los niños desde chicos se van solos a comprar, al colegio y ¿qué sucede? Los autos se detienen y los vendedores de las tiendas los escuchan y les entregan el vuelto correcto. Nunca vimos mallas protectoras de ventanas. O sea, mamá acá los adultos confían en los niños, me dijo mi hija Sofía. Y tenía razón. Sin duda, este viaje nos enseñó a ser algo menos aprensivos. Nosotros, en nuestra casa en Santiago, teníamos mallas protectoras para las ventanas del segundo piso. Ahora lo digo y me río, pero antes no concebía la vida de otra manera. Es decir, nunca se nos ocurrió que podíamos enseñarles a los niños a no tirarse por la ventana, en vez de enrejar todo. Volver Al llegar a Chile, el 1 de marzo de 2016, los niños volvieron a su colegio de inmediato: a lo bruto. No hubo tiempo para adaptarse. Nos instalamos el primer mes en el departamento de mis papás mientras buscábamos algo que arrendar. Nosotros, por otro lado, sabíamos que teníamos que reinventarnos. En este país, los viajes se aplauden socialmente, pero no a nivel laboral. Michel abrió un negocio de minimarket y, además, recientemente entró a trabajar en un banco, en tanto yo volví a colaborar con algunos medios escritos. No fue fácil. Se han escrito libros sobre lo difícil que es regresar después de un largo viaje. Más si fue ocio puro como lo fue nuestra experiencia. Lo cierto es que fuimos acomodándonos y supimos rescatar los grandes momentos. Me gustó aprender con Michel formas de reciclar la basura y de educar a los niños de manera más libre. Me gustó también lo que la experiencia dejó en los niños que ahora se cuestionan todo, se volvieron buenos para caminar y más dispuestos a disfrutar la ciudad. En el viaje aprendieron a mirar. Fede, por ejemplo, le tomó el gusto a sacar fotos de paisajes y detalles. Y Sofi de pronto empezó a dibujar y cada vez que entrábamos a alguna iglesia gótica y algo le llamaba la atención, sacaba su libretita y su lápiz; conservo cada uno de esos dibujos como piezas únicas.
×