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ENTREVISTAS | Lucía Santa Cruz: la musa de la derecha

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Lucía Santa Cruz: la musa de la derecha

 

Una de las intelectuales más influyentes de su sector habla de su otro lado: el costo de ser de derecha, el dolor de perder a una hija, de aborto, matrimonio igualitario y también de ser mujer: “nunca he adherido al feminismo”. .

paula.cl

 

Vive en una casa que sin ser tan grande es imponente, como una villa italiana, que un tiempo fue amarilla y ahora es blanca, en una calle que sigue siendo tranquila pese al implacable avance inmobiliario de las cuadras que la rodean, llenas de nuevos condominios, de ese Chile emergente que ella describe en su libro La igualdad liberal. Pero Lucía Santa Cruz no siente nostalgia por un pasado “agradable” como dijo alguna vez, pero que considera injusto.

 

El tema de la movilidad social le viene interesando a esta historiadora hace años, desde que vivió en Inglaterra –dice– y le tocó ver un Parlamento que ya no manejaban los terratenientes y cuando, hace 30 años, escuchó a Carlos Cruz en la Universidad de Chile –quien después sería ministro de Obras Públicas– decir que “el cambio más importante es que antes un joven lo único que quería era ser empleado público y usar manguitas negras para surgir, y hoy lo único que quiere es estar en una empresa”.

En el año 2000 hizo un estudio en la UAI con Eugenio Guzmán para analizar la influencia de las políticas económicas en los patrones de diferenciación social.

Es el día después del triunfo de Sebastián Piñera y Lucía Santa Cruz está contenta.

–Pensé que ganaba Guillier, incluso hice una apuesta en el banco –dice, refiriéndose al Santander, del que es directora.
Aunque nunca ha militado en Renovación Nacional o en partido alguno, Lucía Santa Cruz es una musa de la derecha chilena, o de parte de ella. “Andrés Allamand me decía Madre Superiora porque los retaba”, dice. Ha sido una consejera e inspiración desde que escribía columnas en los 80 sobre los derechos individuales, las que le dieron también autoridad moral y política en su sector, aparte de la que le otorga su cultura y elegancia intelectual. También elegancia de la otra. Con un vestido suelto floreado, y un grueso collar de perlas que se enrosca en el cuello, sentada en un living lleno de libros sobre mesas de centro, con tapices puestos con naturalidad, sofás franceses y un jardín perfecto a su espalda, elegancia es el primer adjetivo que surge.

En una mesa lateral hay dos fotos del príncipe Carlos de Inglaterra (una con Camilla Parker) dedicadas, y en otra, una del príncipe y su mujer junto a Lucía, su marido Juan Luis Ossa y su familia –tomada en esta casa–, amistad que viene desde los tiempos de juventud, cuando Lucía vivía en Londres como hija del embajador chileno, Víctor Santa Cruz, y después como estudiante en Oxford. Amistad de la que no habla con periodistas, por lo demás.

“Tuve el gran privilegio de tener una educación extraordinaria, pero hay mucha gente que tiene una educación extraordinaria y no la aprovecha. La he aprovechado con mucho esfuerzo, soy matea”.

Lucía fue decana de Artes Liberales de la UAI y miembro del directorio de TVN. Hoy es directora de la Fundación Adolfo Ibáñez y miembro del directorio del Banco Santander.

Eres una optimista de la movilidad social. Pero sigue siendo difícil que un trabajador del sur, por ejemplo, llegue a ser presidente del Santander, aunque sea muy capaz.
A ver, el presidente del Banco Santander nació en Iquique, fue a un liceo público, se llama Vittorio Corbo. El gerente general es Claudio Melandri, quien se vanagloria de haber crecido en Recoleta. Es muy distinta la situación a 1960. Si uno va analizando cómo está conformada la elite, no es la de 1970, de castellanos vascos que tenían el monopolio del poder político, económico y social; hoy es diversa, móvil, y hay mucha más meritocracia.

Y tú, que eres una persona totalmente de la elite, por origen, pertenencia, apellido, ¿has vivido los cambios de la sociedad con cierta incomodidad?
Todo lo contrario. Con un gusto enorme. Mira, Carlos Peña presentó mi libro y después me dijo, privadamente pero creo que a él no le importaría si lo digo, que yo era una igualitarista espontánea. Y eso es verdad. Me molestan las situaciones de privilegio no merecidas. Ahora, yo estoy en una posición muy beneficiosa, porque de alguna forma he podido competir bajo estas nuevas condiciones.

¿En qué sentido?
En que creo que nada por lo cual soy conocida es producto de privilegios. Me lo he ganado competitivamente en el mercado.

Pero cuando partiste tu carrera, el haber sido quien eras, hija de un embajador en Inglaterra, hacía que tuvieras privilegios de todo tipo.
No. Tuve el gran privilegio de tener una educación extraordinaria en Inglaterra, pero hay mucha gente que tiene una educación extraordinaria y no la aprovecha. La he aprovechado con mucho esfuerzo, soy matea. Entonces, nunca me he sentido amenazada, me imagino que otras personas pueden haberlo sentido, sé que hay mucha gente que sí, pero yo no, todo lo contrario.

¿Y cuál ha sido la parte difícil de esta vida que se ve tan bien desde fuera? ¿Ser mujer ha sido un hándicap en contra?
No, mis problemas no han sido públicos. Igual que todas las personas, uno tiene problemas privados, que son los que realmente le importan. A nosotros se nos murió nuestra hija, hemos tenido dolores… Fue al nacer. Era la primera. Es un golpe devastador.

¿En qué sentido eso te cambió?
Los dolores ayudan a ordenar la escala de valores. A mí cuando me pasa algo –un fracaso profesional, una pérdida material– digo: “¿Cuánto más de eso daría yo para que a ningún nieto mío le pase nada?”. Lo daría todo. Entonces, te sitúa con una escala de valores, te los ordena, porque los dolores dejan de ser abstractos.

¿Te sentiste más vulnerable?
Por supuesto, con un sentido de la mortalidad, del privilegio de la natalidad. Para mí, cada hijo que me nacía bueno y sano era la venida del Mesías. Son aterrizadas muy grandes. En todas partes hay enfermedad, hay soledad, hay conflictos familiares. Al final las cosas del ámbito privado son los hándicaps en contra. Pero sigo creyendo que soy muy privilegiada. Pero a veces sí siento… es curioso lo que te voy a decir… siento que ser de derecha es complicado.

¿Has pagado costos por ser de derecha?
Pero por supuesto. Los troleos, los prejuicios. Tú no sabes la cantidad de gente de izquierda que me ha mirado con odio, y al conocerme hemos terminado siendo grandes amigos. Me tocó, durante la transición, formar parte de ese grupo que se organizó en el CED, que fue como el preámbulo del Acuerdo Nacional, y ahí me tocó una persona a la que le tuve que decir en un momento: “Mírame, salúdame, no tengo cuernos”, y terminamos íntimos amigos. Después me acuerdo de Eduardo Loyola (abogado socialista), nos hicimos íntimos amigos. Yo lo fui a ver a la cárcel, y él me mandó flores cuando nos echaron de De cara al país. Ahí conocí también a Carlos Ominami, quien una vez me dijo: “Yo no puedo dormir en la noche si tú me sigues diciendo que eres de derecha. Tú no puedes ser de derecha” (risas). Bueno, como eso. Y yo tengo íntimas amigas que la mitad votaban por Guillier y la otra mitad no.

“Mis problemas no han sido públicos. Igual que todas las personas, uno tiene problemas privados, que son los que importan. A nosotros se nos murió nuestra hija. Fue al nacer. Era la primera. Es un golpe devastador”.

¿Esto fue como un proceso en tu vida? ¿O siempre fue igual?
Siempre. A mí me gusta la diversidad. En Inglaterra aprendí a diferenciar el ámbito afectivo de las discrepancias objetivas. Trato siempre de no trasladarlos al ámbito personal, de manera de poder querer a alguien a pesar de que piense las cosas más horrorosas desde mi perspectiva. Y para la derecha es difícil que eso le pase…

¿Porque está muy enclaustrada?
No, pasa porque hay mucho prejuicio, porque siento que tengo menos libertad genuina de expresión.

¿Porque tus ideas hoy en día son menos populares?
No, son más populares, y quedó demostrado en la elección, pero creo que son minoritarias en el ámbito de los periodistas y en el ámbito académico.

Pero el aborto, por ejemplo, ¿no sientes que para la derecha ya es batalla perdida?
No. Y esa es una discusión tremendamente provinciana en Chile. Se está pidiendo unanimidad acerca de un tema que es profundamente divisivo y conflictivo en todas partes del mundo. Yo en una carta que escribí a El Mercurio cité a Michael Sandel, que dice: “Estar en contra del aborto y estar a favor del aborto, ninguna de las dos son posiciones moralmente neutras, todas conllevan un juicio de valor que depende de lo que uno crea acerca de la naturaleza del feto. Si cree que es una persona humana, es igual al infanticidio, si no cree que es una persona humana, por supuesto que priman otros derechos”. Entonces, esto de decir que la derecha es cavernaria, a mí me parece muy latinoamericano y muy provinciano.

¿Se te cayó Vargas Llosa?
No, porque su gran contribución es antes que todo la literatura. Me siento amiga de Vargas Llosa. Creo que fue un juicio impulsivo, él tiene esa veta, que hay muchos liberales latinoamericanos que creen que –no es el caso de Mario Vargas Llosa– una parte muy importante del liberalismo tiene que ver con esos temas. Y para mí tiene mucho más que ver con la autonomía frente al Estado.

Lucía Santa Cruz Sutil estudió Historia en la Universidad de Londres y tiene un M. Phil en Historia en la Universidad de Oxford. También es autora del libro de cocina La buena mano.

¿Sigues estando en contra del aborto en las tres causales?
En todo, fíjate. O sea, creo que hay muchas cosas que son ilegales y uno está dispuesta a cometer una ilegalidad, pero eso no lo hace legal. Lo traté de explicar en una entrevista, pero no salió muy claro, pero si yo tuviera una hija de 12 años violada, no sé qué haría. Pero no encontraría que está bien, y diría “es infanticidio”, pero puede ser, y entiendo mucho que haya personas que lo hagan. Mi guagua murió porque no era viable, y no habría sacrificado ni un día de ese embarazo.

Pero tú no sabías que no era viable.
No, porque no había ecografías. Tenía una intuición, tenía algo…

¿Lo que no te gusta es que sean banderas estas causas?
No, para nada. Pero en lo único que estoy ciento por ciento clara es en el aborto.

¿Qué piensas del matrimonio igualitario y la filiación?
Mira, después de ver lo del Sename, que es la cosa más escandalosa que ha pasado en este país, que hayan muerto niños encargados al cuidado del Estado, bueno, cuando uno ve que hay niños que tienen ese destino… yo conozco parejas de homosexuales que les brindarían una vida infinitamente mejor.

¿Te has replanteado el tema?
Es un tema que es discutible, tampoco hay que descalificar a nadie porque piensa otra cosa, porque la verdad es que la evidencia no existe, de cuál es el efecto, es muy corta la experiencia. Es un tema que hay que discutir, analizar, y ojalá no muy emocionalmente, y no casuísticamente.

¿Y piensas que esa debería ser la posición del nuevo gobierno también?
El nuevo gobierno tiene el desafío de tratar de buscar los mínimos común denominadores, primero dentro de la fuerza que lo eligió, y después también con muchos que no votaron por él, pero que comparten algunos valores fundamentales. Tiene que ser una posición de negociación.

EL LLAMADO DE LAGOS
Lucía Santa Cruz participó a fines de los 70 en el libro Tres ensayos sobre la mujer chilena, donde analizó la época de la Conquista, desde la mirada que los extranjeros tenían sobre esta. “La veían como muy avanzada para su tiempo, muy autónoma”, explica. “Porque la historia de la mujer chilena no ha sido una historia de opresión. Las circunstancias históricas primeras, con una guerra en Arauco muy prolongada, significó que las mujeres, al margen de los derechos que le entregaba la ley, quedaban solas, tomaban decisiones importantísimas, y eso las hizo muy autónomas. Por eso creo que nunca ha habido movimientos feministas demasiado radicales o violentos en Chile, porque de alguna manera las mujeres pudieron soslayar los aspectos normativos con prácticas muy distintas a lo que la ley imponía. Fue uno de los primeros libros de lo que hoy día se llamaría –y me carga el concepto– estudios de género. Nunca he adherido al feminismo”.

¿Te carga la palabra?
Sí, porque no adhiero al clasismo, ni al racismo, ni al machismo, ni a ningún “ismo”. Me cargan los “ismos”.

¿Y por qué te carga el feminismo?
Porque no me gusta ningún análisis que se base en una categoría única para analizar la sociedad. O sea, el género es una variable de muchas. Obviamente para mí el hecho de ser mujer es muy importante. Pero en una parte, porque también me define tener la edad que tengo y ser de la generación que soy, ser católica, chilena, historiadora, haber trabajado en distintos ámbitos. Entonces, si a mí me tratan de explicar exclusivamente desde la categoría del género no van a entender quién soy.

¿Pero ser mujer te marcó en algún sentido en la dificultad de tu carrera?
Fíjate que entiendo que para muchas puede haber sido así, para mí, tengo la impresión de que fue al revés, que me ayudó. Me tocó una época donde pasó a ser positivo, por ejemplo, tener mujeres directoras…

La paridad te ayudó entonces.
Es que no es la paridad, es una política de incorporación de miradas distintas en los directorios.

¿O sea no te sientes en un cupo de paridad mujer en el Santander, por ejemplo?
Para nada. Siento que mi contribución en los directorios no ha sido tanto como mujer, no ha sido tanto desde la femineidad, que lo ha sido también, sino que desde las humanidades. Tener una mirada de la sociedad más compleja, que nada más que entendiendo al ser humano como el “homo economicus”, es un gran aporte. Aportes que han sido más desde esa mirada, y desde cierto rigor, en ciertos principios, valores éticos, que desde el ser mujer. Ahora, ser mujer también ha sido una contribución, pero esa contribución ha venido desde mi diversidad, no desde mi igualdad. He estado en reuniones donde percibo que una discusión se está poniendo muy conflictiva, y siento que tengo los instrumentos para irla desactivando.

¿Y eso no es desde el ser mujer? ¿Desde la empatía de lo femenino?
Eso es desde el ser mujer, sí. Pero es desde mi diversidad, porque soy distinta a los otros hombres que están ahí.

Pero estar en directorios, estuviste en TVN, ¿te hizo ser más proclive a la paridad, o sea, a poner mujeres en directorios?
Es necesario. Ahora, no creo que deba ser impuesto, porque es profundamente humillante estar ahí nada más que en condición de mujer, porque entonces te están promoviendo en condición de tu inferioridad. Tenemos que estar en igualdad de condiciones. En muy poco tiempo, si una empresa muestra su memoria anual en Nueva York, en Londres o en Suiza, con un directorio integrado exclusivamente por hombres, va a ser muy mal vista. Hoy existe el convencimiento de la importancia de la diversidad de la integración de los directorios. No solo en términos de género, pero también en términos de género, que es la parte más obvia, por la sencilla razón de que si tú quieres reclutar a los mejores, no puedes reclutar sólo dentro del 50%, porque las capacidades están distribuidas.

¿Qué piensas de la brecha que aún existe en los sueldos?
No hay un estudio que a mí me convenza que realmente se trata de igual trabajo, igual remuneración. En general, son globales. Es una brecha que ha ido disminuyendo, todavía falta, pero lo que importa es lo que está cambiando, y para eso lo que necesitamos es pleno empleo, es crecimiento, competitividad. Pero creo que nunca nadie ha podido explicar por qué las mujeres no luchan más por cargos directivos… Creo que genuinamente, hay una disposición a querer más tiempo para los hijos, y hay una disposición a no querer renunciar a las tareas que siente propias, que no las quiere delegar.

¿Tuviste que hacer renuncias que te dolieron en tu carrera, por tus niños?
El gran desarrollo de mi carrera fue después de que mis niños ya eran más autónomos, cuando eran grandes. Tuve que hacer renuncias. Estuve en el directorio de la Nestlé en Suiza, y me significaba cuatro viajes al año, y me acuerdo un cumpleaños de un hijo que no estuve, que me dolió mucho. Pero nunca tuve que renunciar.

“No creo que deba ser impuesto (mujeres en directorios), porque es profundamente humillante estar ahí nada más que en condición de mujer, porque entonces te están promoviendo en condición de tu inferioridad”.

¿Es verdad que cuando Lagos te ofreció ser miembro del directorio de TVN le dijiste que lo tenías que consultar con tu marido, y él te dijo: “No me esperé esta respuesta de una mujer como usted”?
No, me dio una respuesta mucho mejor que esa. Me dijo: “Yo espero que esa sea la posición de una mujer en un matrimonio muy bien avenido, y no la de una mujer que tiene que pedir permiso” (risas). “Así es, Presidente. En general, él conversa conmigo los cambios en su vida profesional, y yo los míos”. Así que entendió perfectamente que pueden haber conversaciones paritarias en un matrimonio. Y jamás he sentido que me haya obstaculizado.

No debe ser fácil para un hombre de su generación tener una mujer que brilla mucho por sus luces propias.
Siempre digo que las mujeres hablan de lo difícil que es para ellas; yo encuentro que para los hombres es tremendamente difícil también estos cambios de roles. Hay índices antropológicos preocupantes.

¿Como cuáles?
Por primera vez en la historia de las especies animales –y ciertamente de la especie humana– la mujer tiene el poder total sobre la reproducción, decide si se reproduce, cómo, con quién, y ni siquiera necesita la presencia física de un hombre para ello. Eso es un cambio en la estructura de poder gigantesco entre hombres y mujeres. Luego, cuando uno mide el estado de una especie, lo demográfico es por lejos lo más importante. Bueno, la mujer tiene más expectativas de vida, hay más abortos –tengo entendido– de fetos masculinos que femeninos, espontáneamente. En fin, todos los datos hablan de una “superioridad” demográfica de las mujeres. Los índices educacionales de las mujeres, en muchas carreras, son superiores a los de los hombres. El precio de la hora de trabajo hombre-mujer en Norteamérica y en Inglaterra está cada vez siendo, en más áreas, más alto para las mujeres que para los hombres. Entonces, el cambio va en una dirección favorable a las mujeres y difícil para los hombres.

¿Y para la especie?
Mira, no creo que uno pueda construir a partir de la voluntad y de la decisión intelectual las realidades culturales. Por eso es que a mi juicio no habría que seguir subsidiando a las mujeres, hay que crear la cancha donde no haya obstáculos. Y para eso hay ciertas condiciones que tienen que ser mejoradas, como la flexibilidad.

¿Para hombres y mujeres por igual, para que todos se hagan cargo?
Por supuesto, pero no un postnatal con igual derecho que las mujeres, porque esa es la última usurpación masculina de los derechos de las mujeres, que se embarazan, lo pasan pésimo 9 meses, tienen una disposición especial porque la lactancia materna es mejor, y después se los quitan. Por eso yo creo que todo debe ser voluntario.








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