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SOCIEDAD | Carta de un ex adicto a sus hijos

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Carta de un ex adicto a sus hijos

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Lleva 20 años limpio. 20 años que no toma, no fuma y no jala. Pero ese gusto por las drogas, que comenzó a los 13 e hizo crisis a los 36, siempre está ahí, rondando, como una amenaza. El empresario Diego Juez (57) mira hacia atrás y siente que su adicción le quitó mucha vida. Hoy intenta que sus cinco hijos no cometan el mismo error. Aquí, sus palabras para ellos.
 
“Hace 20 años que no tomo alcohol, no fumo marihuana y no jalo cocaína. Nada. Ninguna recaída. Sin embargo, sigo siendo un adicto. O dependiente químico como médicamente se les conoce a quienes desarrollamos esta enfermedad. Pero vivir en la abstinencia por dos décadas no es fácil, porque las ganas de consumir siempre están ahí. Es como el iCloud en la computación: arriba mío siempre está esa nube donde tengo guardada la adicción. Está ahí, cerca de mí. Nunca se ha ido, pero yo la manejo. Algo que aprendí a controlar tras tres años de rehabilitación. Porque, de lo contrario, si la nube se acerca demasiado, bastaría un mínimo sorbito, una piteadita o una finísima línea de coca para caer en aquello en lo que estuve metido desde mi adolescencia hasta los 36 años, cuando ya estaba casado y con cinco hijos, que hoy tienen 30, 28, 26, 24 y 21. Durante ese tiempo no hubo ningún día en que no tomé, fumé un pito o jalé”.
 
“A los drogadictos nos gustan las drogas. Parece obvio, pero el norte del drogadicto es la droga y todo lo demás es anexo: tu mujer, tus niños, tu mamá, tu pega. Todo. O dicho de otra manera: si no hubiera tenido recursos para comprar droga, probablemente habría robado y tal vez hasta matado por conseguirla. No lo hice porque no me tocó: tenía el dinero para comprarla, pero de no haberlo tenido, tal vez sería un delincuente”.
 
Esa versión de mí
 
“Tenía 13 años –o quizás menos– la primera vez que tomé alcohol. Estábamos en una celebración familiar y un primo y yo nos metimos en una bodega con una botella de vino que echamos en una olla. Lo tomamos entero con cuchara y terminamos vomitando. Por ese mismo tiempo empecé a fumar cigarros. Escuchaba a Led Zeppelin y Pink Floyd; quería tener el pelo largo y la actitud al estilo Revolución de las Flores que se respiraba por esa época. Era inicios de los 70 y, a pesar de que llegó el Gobierno Militar y hubo muchas restricciones de horarios, los niños igual salíamos a la calle con mucha libertad”.
 
“Soy el segundo y único hombre de tres hermanos. Mis padres eran bastante mayores. Mi papá tenía 40 años cuando se casó con mi mamá, de 35. Mi familia tenía una estructura machista en la que el hombre podía hacer todo lo que quería y las mujeres no. Tal vez por eso, nunca me dijeron nada cuando salía con mis amigos el día entero. Con ellos hacíamos una vaca y comprábamos vino y cerveza para terminar borrachos. Pasaba todo el día en las calles del barrio en una casa abandonada que transformamos en una especie de club. Me convertí en un vago empedernido; era flojo, me dedicaba al ocio y no estaba ni ahí con el colegio. De hecho, estuve en tres colegios distintos”.
 
“Tomar era algo normal: con mis amigos no sentíamos que estábamos haciendo algo malo. Tal vez porque en mi casa se tomaba. Aunque nunca vi a mi papá descompuesto, él siempre bebió a la hora de almuerzo y a mí me daba una copa de vino con agua para que aprendiera a beber”.
 
“Mi adolescencia fue un eterno carrete y, mientras mis amigos de fiesta entraron a la universidad, yo, que era menos aplicado, empecé a trabajar en la empresa de mi papá, dedicada al rubro de la madera. En paralelo, comencé a estudiar Administración de Empresas en el Incacea, de donde me titulé a los dos años. Allí conocí a pura gente reventada igual que yo y probé marihuana. Me fui en una volada muy extrovertida, de mucha risa. Con el copete me pasaba lo mismo: yo, que soy introvertido y tímido, con esto me desinhibía. Me gustaba esa versión de mí. Enganché con la marihuana de inmediato. En esa época fumar un pito no era tan normal como hoy y era algo que uno hacía escondido, solo con tu grupo de amigos”.
 
“Después probé unos hongos alucinógenos, pero bastó solo una vez para no volver a consumirlos porque me hicieron sentir pésimo. También probé cocaína, pero no me gustó eso de meterte un polvo por la nariz. Y de ahí descubrí los desbutales o anfetaminas. La primera vez que las tomé se me subió el ánimo y pude carretear hasta el otro día como si nada. El trío de alcohol, marihuana y anfetaminas se convirtió en mi cóctel infaltable. Muchas veces llegué a mi casa sin saber cómo. Pero no me importaba, me sentía invencible, hacía lo que quería y, además, mis papás nunca dijeron nada. La única vez que se pronunciaron fue cuando tenía 21 años y encontraron un paquete de marihuana escondido en mi clóset. Llegué de un carrete y sobre este había una carta del Club de Leones –mi papá era socio de allí–, que era un instructivo sobre la adicción a las drogas. Borrado como estaba lo leí, pero al otro día no hubo conversación, todo como si nada. Ahora que lo pienso es como triste eso porque, tal vez, de haber enfrentado el tema, las cosas se podrían haber frenado allí”.
 
“Jalé una línea. Tenía 30 años y creo que me hice adicto de una. Reemplacé los pitos por los jales, aunque seguía fumando ocasionalmente. Me gustaba, sobre todo, enrolarme un ‘nevado’: hacer un pito de marihuana y ponerle coca dentro”.
La vida paralela
 
“Con Bernardita, mi mujer, nos casamos cuando los dos teníamos 27 años. La fiesta fue una noche de verano y apenas tomé para el brindis. Dos años antes, había entrado a estudiar Auditoría vespertina en la UDP y estaba más tranquilo y enfocado en mis estudios, aunque seguía consumiendo marihuana. El primer pito me lo fumaba a las 8 de la mañana en la camioneta, apenas salía de la casa al trabajo. Me fumaba otro al mediodía, a las 4, a las 6 y en la noche antes de entrar a clases. No perdía la conciencia, pero me gustaba estar arriba de la pelota y podía hacer mi vida normal. Fumar era un secreto, no lo hacía delante de mi mujer, aunque tal vez ella lo intuía. Era un lío porque el olor de la hierba es extremadamente delator y eso me complicaba porque no quería que ella se enterara”.
 
“Una vez estaba con mi dealer de marihuana y le comenté que estaba chato de andar ventilando el auto por el olor a pito, mirándome los ojos rojos o de esconder la cola. Él me dijo: ‘¿Por qué, entonces, no pruebas con cocaína? Es más limpia y rápida, la escondes en la billetera y no sale olor’. Me acordaba que no me gustó la primera vez que la probé, pero ahí mismo le di otra oportunidad y jalé una línea. Tenía 30 años y creo que me hice adicto de una. Reemplacé los pitos por los jales, aunque seguía fumando ocasionalmente. Me gustaba, sobre todo, enrolarme un ‘nevado’: hacer un pito de marihuana y ponerle coca dentro. Extraordinario. No es que jalaba todos los días, pero sí al menos tres veces a la semana, sobre todo asociado al carrete”.
 
“Como estudiaba vespertino, mi señora se quedaba en la casa con los niños y yo tenía la excusa perfecta para desaparecer: iba a la universidad, después me juntaba a estudiar con mis compañeros y siempre terminábamos en carrete. Llegaba tarde, cuando ya todos dormían. Otras veces me hacía el dormido y esperaba que todos se durmieran. Entonces, me levantaba y me iba a carretear, generalmente a Bellavista. Gastaba gran parte de mi plata en la vida bohemia: trago, jales, mujeres. Volvía a mi casa a las 6 de la mañana y me tenía que levantar a las 6:30, entonces guardaba una línea para la mañana, si no, imposible funcionar”.
 
“Llevar esta vida paralela no era algo que me hacía sentir mal. Sabía que podía controlarlo y, además, yo rendía: trabajaba y me iba bien y atendía a los niños cuando estaba en la casa. Aunque en los estudios me demoré como 8 años en sacar una carrera de 5. Pasaron 6 años con esta doble vida. Una parte de mi conciencia me decía: ‘compadre, esto está mal’. Pero no era difícil hacer caso omiso. Igual que cuando era joven, jamás me importó manejar ebrio y jalado, llegaba a mi casa por inercia y les contaba a mis amigos como hazaña las veces que los carabineros estuvieron a punto de parar mi auto. Corría esos riesgos sin pensarlo. Mi mundo era el carrete, mis amigos, mi independencia. Yo cumplía pasando la plata para la casa”.
 
“Mi mujer nunca sospechó sobre mis salidas nocturnas. Ni las veces que jalaba a escondidas en el baño durante alguna celebración familiar o las veces que jalaba manejando. Nada. En esa época mis 5 hijos eran chicos, la mayor tenía 9 años y la menor 2, entonces cuidar de ellos ocupaba la mayor parte de su tiempo. Además, ella también trabajaba. Nuestra relación no era tan cercana. Nos veíamos algunas noches o los fines de semana, cuando yo no estaba haciendo las tremendas siestas post carrete. Era como una presencia ausente. Lo mismo pasaba con mis niños, a quienes veía temprano en la mañana solamente. Me perdí esa etapa de sus vidas”.
 
“La vez que me pillaron, fue la vez que todo comenzó a cambiar: era un día de semana y, como de costumbre, me había escapado, mientras todos dormían a carretear. Cuando volví borrado a mi casa tipo 5 o 6 de la mañana, mi señora estaba levantada con los niños llorando porque uno estaba muy resfriado. Ella estaba descolocada de que yo no estuviera. No tenía idea dónde andaba y me recriminó el estado en que llegué. Acorralado, de una le conté:  ‘Tengo un problema con las drogas’. A ella se le cayó el mundo”.
 
“Al otro día, se me pasó la caña y minimicé el asunto. Le dije: ‘No es para tanto, si fue una noche no más’. Pero ella me puso entre la espada y la pared y me exigió que me tenía que ir de la casa si no conseguía ayuda. Solo ahora pienso que esas salidas tan evidentes, eran tal vez una forma de pedir auxilio sin decirlo. Era imposible que no me pillaran algún día”.
 
Ganarle a la adicción
 
“Con mi mujer llegamos al Instituto Médico Schilkrut en busca de ayuda. El tratamiento es tajante. Apenas llegas te dicen que no hay ninguna posibilidad de consumir, se corta de raíz. Mi mujer eliminó todo el alcohol de la casa e incluso dejó de tomar, aunque siempre lo hizo muy moderado. Me quitó el celular y llamó a todos mis amigos de consumo, incluso al dealer, para decirles que estaba internado y que no intentaran contactarme. Nunca nadie trató de hacerlo. Estuve dos meses internado, con remedios y terapias grupales. Como entré por cocaína, me tranquilizaba el pensar que apenas saliera de allí iba a poder seguir tomando alcohol y fumando marihuana. Me costó mucho tiempo entender que no era así”.
 
“Tuve un chaperón por un año que iba conmigo a todos lados y no me dejaba solo ni a luz ni sombra. Como dormía en mi casa, a mis hijos les dijimos que era un trabajador de mi empresa, que por ese entonces estaba recién partiendo. Lo único que podía hacer era fumar cigarrillos y tomar café. Me sentía disminuido, porque uno va como cordero a esta cuestión, como que te llevan. Sin tus drogas, te sientes nada”.
 
“El tratamiento dura dos años, pero yo lo extendí un año más: no me sentía confiado de poder solo. Es que me demoré mucho en tomar conciencia de que tenía una enfermedad grave. Y entender que la sanación no tiene que ver con la fuerza de voluntad. A los adictos la voluntad no los salva porque cuando se inserta la adicción en tu estructura, la enfermedad te va pidiendo más y más drogas. Es como decirle al diabético que por voluntad controle al páncreas para que secrete más insulina. La única manera de ganarle a la adicción es con inteligencia. Por ejemplo, una de las herramientas más eficaces para controlar la adicción es contárselo a alguien. Apenas me dan ganas de tomar o fumar un pito, se lo comento al amigo que está al lado. De esa forma, elimino la ansiedad y las ganas se desvanecen”.
 
“Uno de los mitos que derribé sobre el tratamiento es comprobar que todos los clichés son ciertos: primero, que sí existe y es posible la rehabilitación; segundo, que es fundamental el apoyo de tu familia. En ese sentido mi mujer fue una figura primordial. Aprendí que ella era mi codependiente porque al no darse cuenta de mi adicción, normalizaba mis actitudes, como cuando llegaba tarde y carreteado a la casa. Jamás dijo nada. Y eso es algo que tu codependiente también trabaja en la terapia”.
 
“Además, aprendí que esta enfermedad tiene muchos nombres y uno de ellos es la ‘enfermedad de los sentimientos’, pues el proceso incluye sincerarte completamente, algo que genera dolores muy profundos. A mi señora le conté todo. Y entiendo la rabia e incluso odio que sintió al enterarse de que prefería invertir mi tiempo y plata en carrete y mujeres, en lugar de estar con ella y los niños. Son engaños que hieren el alma”.
 
Pedir perdón
 
“¿Es posible hacer tu vida normal, pasarlo bien y salir sin alcohol ni drogas? Ahora sé que sí. Muchos piensan que es imposible volver a ir a una fiesta. En parte, para qué exponerse, entonces rechazo invitaciones para salir. Por otro lado, han pasado dos décadas desde que veo el mundo desde la sobriedad y obvio que deja de ser agradable cuando un amigo que está con trago te cuenta la misma historia dos veces. Ahí me voy. Para los matrimonios, termino sentado con mis cuñadas que no toman. Lo paso bien”.
 
“Luego de la rehabilitación aprendí que esta se construye día a día. No es que uno se va de alta y todo es feliz. Recuperé el control de mi vida y cuando eso pasa, disfrutas realmente de ella. Por ejemplo, a mí me encanta ir al estadio y antes siempre iba volado, pero ahora, que voy sobrio, lo gozo mucho más. Resulta que gozas las cosas en su justa medida, sin extender la euforia. Para mí este ha sido un periodo de luz, real y lúcido. Con mi mujer llevamos 30 años y hemos podido criar a nuestros hijos. Me encantaría traspasarles mi madurez para que no hagan tonteras, pero a veces es imposible y tienen que cometer errores”.
 
“Cuando mi hija mayor tenía 14, la otra 12 y el otro 10, les conté mi historia. A las dos menores les conté tiempo después. Les dije que era adicto a las drogas y al alcohol. Ellos han crecido sabiendo que tengo esta enfermedad y que ellos también podrían desarrollarla. Resulta que hay un componente genético y, revisando para atrás, supe que tuve dos tíos alcohólicos. No sé si el fantasma de la adicción está muy presente en ellos, pero saben lo grave que es. Ellos toman con moderación y me han dicho que jamás han probado drogas; les creo. Como vivimos en San Bernardo, hay que ir a dejarlos y a buscarlos en auto a todos sus carretes. Yo asumí el rol de conductor, en parte, para supervisar a dónde van y cómo son sus amigos. Algo que no pasa con los jóvenes santiaguinos que llegan solos a sus casas y muchos papás no tienen idea en qué estado”.
 
“Hoy, que mis hijos son grandes, lamentablemente hay alcohol en mi casa. Mi señora lo compra para las salidas de mis hijos, así sabe cuánto se gasta en ítem carrete. Conté esto en una reunión de Schilkrut y casi me destierran. Es que la casa de un adicto es su templo y se debe mantener como un espacio limpio de cualquier sustancia. No es el ideal, pero la vida tampoco es perfecta”.
 
“Ahora, que casi bordeo los 60 siento que he tenido dos vidas. Durante mi vida de oscuridad perdí la posibilidad de estudiar porque me hubiese gustado estudiar más. Me encantaba hacer deporte y tampoco exploté esa veta. También dejé de tener buenas conversaciones con mi mujer e hijos cuando estaban pequeños, darles tiempo de calidad. A ellos no les he pedido perdón. Siempre he querido escribirles una carta, pero no sé qué pondría. Tal vez publicar este relato sea un avance”.







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