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[Eternidad] Capítulo 8: "Raziel"


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Aelita

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Capítulo 8: “Raziel”

HABITACIÓN HOSPITAL. DÍA.

Miguel estaba inconciente en su cama. Su cabeza estaba completamente vendada, tenía el rostro lleno de las pequeñas heridas y cortes que se hiciera al atravesar la ventana y aterrizar sobre el pavimento. De esto último resultó una fractura de clavícula.
De cuando en cuando se agitaba, presa de imágenes en sus sueños, en que se mezclaban el pasado y el presente.

FLASHBACK. (CAPÍTULO 1)

Miguel sintió un frío intenso que le erizó todos los cabellos de la nuca. Se levantó presuroso y revisó la ventana. Estaba cerrada. Extrañado, fue hacia la puerta y la abrió, mirando directamente hacia la habitación que estaba al frente. Esa puerta también estaba cerrada.

-¿Qué mier...?

Una figura oscura pasó junto a él. Miguel se quedó mudo. El cuadro con la foto resbaló de su mano, haciéndose añicos en el suelo. Junto él estaba su hermano Gabriel, quien lo miraba fijamente. Miguel se echó hacia atrás, asustadísimo. Gabriel se acercó y puso una mano en el hombro de su hermano.

-¿Por qué, Miguel?

FLASHBACK. HACE UN AÑO.

Miguel estaba de rodillas junto a la reciente tumba de su hermano. Lloraba desconsolado.

-¡Perdóname, hermano, perdóname!

FLASHBACK.

-¡Vamos, Mickey Mouse, tira esa pelota!

Miguel vio imágenes de Camila con las orejas de Mickey Mouse, luego vestida de negro y llorando en el funeral.

-¡Miguel, no me dejes sola... no me dejes sola!

Camila estaba de espaldas flotando en el río, de pronto abrió los ojos y los clavó en Miguel.

-Ayúdame...

HABITACIÓN HOSPITAL. DÍA.

-¡Camila!

Miguel se sentó en la cama. Respiraba muy agitado, el sudor mojaba la camisa que llevaba. Una enfermera entró corriendo.

-Calma, calma... estás a salvo, recuéstate –decía ella, al tiempo que lo empujaba suavemente hacia atrás. Él se dejó llevar. Pronto notó que estaba conectado a una máquina que monitoreaba sus signos vitales. Se llevó las manos al rostro, notando a tacto las curaciones que le hicieran. Luego, tocó la venda en la cabeza y recordó.
-Disculpe, señorita...
-¿Sí? –respondió ella, mientras lo revisaba.
-¿Hace cuánto estoy aquí?
-Desde ayer. Usted atravesó una ventana. La policía cree que estaba escapando de algo.
-¿De qué?
-No lo sé, más tarde vendrá alguien a conversar con usted. Buenos días.

La enfermera lo dejó solo. Miguel suspiró resignado. ¿Qué diablos había pasado? Recordó con tristeza las imágenes que viera en sus sueños, sobre todo la del cementerio.

-Gabriel, hermano, ¿podrás perdonarme alguna vez? –susurró.

Luego, preocupado por sus heridas, volvió a tocarse la cabeza. Dolía, pero era soportable. Se acomodó en la almohada y sintió un dolor desgarrante en la clavícula izquierda. Recién notó en ese instante que sus heridas eran mayores de lo que pensara. Se relajó y permitió que el dolor pasara. Ya más tranquilo, trató de recordar lo que había pasado dentro de la casa. La figura sobre él... poco a poco la imagen se hizo más nítida, además de las sensaciones que en ese momento tuvo. Al principio fue miedo, luego sorpresa y finalmente euforia. Extraño, simplemente extraño. Luego, no recordaba nada más, excepto el dolor en la cabeza y el cuerpo al golpear en la ventana y el suelo.

-Ah, qué dolor...

Al cerrar los ojos, la imagen de alas negras apareció frente a él. Miguel dio un salto, asustado. El dolor de la clavícula volvió, pero él casi no le hizo caso.

-Alas negras... imposible... ¡¿Alas negras?!

Junto a la ventana pasó una bandada de palomas que bloquearon por unos segundos la luz del sol. “Alas negras”, susurró.

HABITACIÓN CAMILA, CASA MÁGICA. DÍA.

Santos y el teniente Pérez tenían preparado el lugar para empezar a romper la pared. Con un chuzo cada uno, sólo esperaban que los otros carabineros terminaran de despejar el lugar.

-Muy bien, a la cuenta de tres... –dijo el teniente Pérez-. Uno... dos...
-¡Inspector Santos!

El grito de Camila los hizo detenerse en seco. La joven apareció corriendo desde la pared y cayó en brazos de Santos, quien apenas tuvo tiempo de dejar caer el chuzo y recibirla.

-¡Camila! ¿Estás bien? –dijo él, mientras apartaba un poco a la joven y la examinaba, buscando algún rastro de heridas. Ella lo miraba extrañada.
-Sí, inspector, estoy perfectamente bien.

Los carabineros observaban todo pasmados. Santos parecía tomar la situación como algo normal, pero para el teniente Pérez era un verdadero caos, ya que no lograba encajar una idea con otra, una explicación con otra. ¿Qué sucedía en esa casa?

-¡Cómo es posible que haya salido de la pared! –casi gritó el teniente. Santos y la joven lo miraron sin expresión en el rostro.
-Teniente, es mejor que salga con sus hombres... ahora me encargo yo...
-No me dé órdenes, ¡nadie sale de aquí, hasta que me explique qué pasó! ¿Es una broma? ¿Acaso usted es como el mago Oli, señorita? –al teniente parecía que los ojos se le salía de las órbitas. Al escuchar la referencia al mago, Santos tuvo que reprimir la risa y mirar hacia otro lado. Camila tomó la palabra.
-No sé qué pasó, señor. Sinceramente, no sé qué pasó.
-¡Se va detenida!
-¿Bajo qué cargos?
-¡Burlarse de la autoridad!
-Oiga, no me venga con esas idioteces. La chica estaba perdida y ya la encontramos. Está desorientada y hay que ayudarla, ¿okey?
-Conseguiré una orden, me hicieron perder el tiempo...
-¿Ah, sí? ¿Y qué me dice de los carabineros y del joven que salieron despedidos por las ventanas? ¿Y qué me dice de esto? –Santos se abrió la camisa y mostró las marcas de manos en su cuello. Camila lo miró espantada.
-Inspector...
-Calma, mi niña –Camila lo miró extrañada.- Después hablaremos de esto. Ahora debemos ir a ver cómo se encuentra Miguel. Hace más de una hora que se lo llevaron al hospital, inconciente.
-¿Qué le sucedió?
-Alguien lo tiró por la ventana...
-¡¿Qué?!

HABITACIÓN HOSPITAL. DÍA.

Miguel dormitaba tranquilo. La enfermera le había administrado un analgésico que le permitió dormir tranquilamente. Entre sueños vio a Camila caminando hacia él. “Miguel... oh, Miguel... ¿qué está pasando?”. “Camila, amor...”

-Aquí estoy...

Miguel abrió los ojos. Allí estaba Camila, con los ojos llenos de lágrimas, tomada de su mano. Él sonrió levemente.

-Hola...
-Hola, mi amor...
-¿Estás bien? ¿Qué sucedió?
-Yo... no sé cómo explicarlo, Miguel... sólo sé que estuve en la casa todo el tiempo.

Al escuchar esto, Miguel dio un respingo. Una mueca de dolor se pintó en su rostro. Camila, alarmada le acarició la mano, no sabiendo qué más hacer.

-¿Estás herida?
-No... ¿por qué debería estarlo? –ella lo miró intensamente. Miguel la observó con cuidado, buscando algo que le indicara el ataque de aquel ser de negras alas, pero, aparentemente, ella no demostraba haberse encontrado con él. Entonces, ¿dónde estuvo?
-No vuelvas a la Casa Mágica, Camila, por favor, no vuelvas allá.
-Pero si todo está bien, mi amor, no hay de qué preocuparse, el inspector Santos nos está cuidando. Él me encontró.
-¿Santos?
-¿Me llamaban? –el hombre apareció desde la puerta de la habitación. Miguel no supo si enojarse o alegrarse. Ahí estaba ese tipo que tantos celos le provocara, pero no podía ser desagradecido con él. Había acudido a su llamada.
-Gracias, inspector –dijo Miguel, suspirando cansado.
-Muchacho, bonita forma de creerse Superman, ¿eh? Para otra vez, usa la puerta...
-Já, qué gracioso... –dijo Miguel, torciendo el gesto por el dolor.
-Oye, ya, calmémonos o la enfermera me va a echar de una patada... no deberíamos estar aquí –dijo Santos-. Miguel, necesito que recuerdes todo lo que sucedió antes de tu accidente... por llamarlo de alguna forma –el joven asintió-. Algo raro pasó en esa casa y quiere saber de una vez por todas qué fue.
-Mire, inspector, ay...
-Tranquilo... no te muevas –se apresuró a decir Camila. Miguel la miró tierno, asintiendo.
-Lo único que recuerdo es que el tipo que me atacó flotaba en el aire y tenía al... –el joven se cayó de pronto. ¿Le creerían? Camila y Santos lo miraron expectantes- ... alas negras.
-¡Alas negras! –dijo ella, asustada. Miró a Santos.
-Alas negras... mmm... bueno, supongo que sería el, mismo que me atacó... aunque yo sólo sentí su mano ahogándome...
-Pero qué... ¡¿qué pasó en la Casa Mágica?! –preguntó la joven aterrada. Miguel y Santos se miraron cómplices.
-Le contaré todo. Descansa, muchacho. Vendré a verte mañana.
-De acuerdo...

Santos abrazó a una anonadada Camila, quien no se movía, intentando entender qué pasaba. Santos tiró de ella, haciéndola reaccionar. La joven dio un rápido beso en la boca a Miguel y salió junto con Santos, quien la mantenía abrazada. Los celos hicieron un nudo en su estómago del joven.

PASILLO HOSPITAL. DÍA.

Santos y Camila caminaban por el pasillo. El inspector le explicó en pocas palabras lo que había sucedido en el tiempo que ella estuvo desaparecida. Camila no lo podía creer. Sus horas de ensueño junto a su ángel habían sido horas de sufrimiento para sus amigos y amor. Se sintió culpable. Lo único que deseaba era estar sola y lejos del mundo. Pensó en la habitación mágica, pero el remordimiento volvió.

-¿Dónde estuviste, Camila?

Ella lo miró a la defensiva. Santos acusó el golpe. Ella evadió su mirada, apartándose de él, nerviosa. ¿Cómo explicarle que estuvo en una habitación sin puerta definida?

-Camila...
-Inspector, yo...

En ese momento vieron salir al padre Iglesias desde una de las habitaciones. Camila lo miró sorprendida.

-¡Padre!
-Camilita, ¿qué haces aquí?
-Vine a visitar a Miguel, sufrió un accidente.
-¿Qué?
-Padre Iglesias –dijo Santos, tendiéndole la mano-, soy el inspector Santos. Mucho gusto.
-Mucho gusto... ah, usted es ese joven algo distraído con el que me topé cuando Camilita estuvo en internada.
-Ah, es verdad –respondió Santos, riendo levemente. Se estrecharon de las manos, y Santos otra vez sintió ese escalofrío. ¿Quién era ese tipo? Camila los interrumpió.
-Padre, ¿qué hace aquí?
-Ah, sí, disculpa, hija. Acabo de ver a Lucio, está...
-¡¿Qué le pasó a Lucio?! –se volvió hacia Santos-. ¿Inspector?
-Lucio también estaba desaparecido como tú, Camila...
-No... ¿qué está pasando, qué está pasando? –agarró a Santos por la solapa de la chaqueta-. ¿Qué pasa Santos? –el inspector la miró sorprendido. Primera vez que lo llamaba así. La tomó por los hombros.
-Tranquila... él está bien, mañana lo darán de alta.
-Pero, ¿qué pasó?
-Aún no lo sabemos.
-¡Jefe! –se escuchó a lo lejos. Era Cáceres que venía caminando a paso rápido hacia el grupo. Santos torció el gesto, hastiado.
-Tenía que aparecer... hola, Cáceres.
-Hello... oye, jefe, ya estoy redactando un informe detallado de toda la gente involucrada... ya interrogué al mentado Lucio, pero no recuerda nada de nada...
-Okey... ¿y? –Santos quería irse. Camila y el padre Iglesias los miraban alternadamente, interesados.
-Bueno, el chico supuestamente tiene amnesia temporal...
-Ah, ya... perfecto. ¿Algo más, genio?
-Que la famosa Casa Mágica está totalmente rodeada y tengo un equipo registrándola palmo a palmo...
-¿Qué? No quiero a nadie extraño en mi casa, ¿oyó? –Camila lo miró dura. Santos rió por lo bajo ante su actitud. Cáceres le devolvió la mirada, pero Camila se la mantuvo.
-Oye, Cáceres, yo no te pedí eso, sólo que vigilaras el lugar para evitar que curiosos entraran.
-Pero, Santos...
-A ver, a ver, ¿qué te dije? La señorita es la dueña de la casa y ella no quiere intrusos, especialmente si eres tú, así que saca a la gente y deja sólo vigilantes... podrías llamar también a unos maestros para que arreglen los desperfectos, luego de la recolección de muestras, ¿no?...
-Ya lo hice –respondió Cáceres entre dientes. Santos gozaba.
-Partiste. Voy a visitar a Lucio.
-Saque a esa gente de mi casa, ¿estamos? –los ojos de Camila parecían echar chispas, por lo que Cáceres se quedó callado, dio media vuelta y partió raudo. Luego, la joven miró a Santos.
-¿Qué clase de agentes tiene Investigaciones?
-Calma, calma, Cáceres sólo hacía su trabajo...
-Sí, pero el tipo se está metiendo donde nadie lo llamó...
-Él es mi asistente, Cami.
-Es una porq... no me da confianza.
-A mí tampoco –agregó Santos, riendo. Camila sonrió.
-Oh, disculpe, inspector, pero es que no quiero que mi casa se convierta en el centro de atracción de la prensa ni nadie más.
-Creo que en eso hemos fracasado, Cami. Tu casa lo es desde hace mucho.

HABITACIÓN LUCIO, HOSPITAL. DÍA.

Lucio miraba fijamente la pared que estaba frente a él al otro lado de la habitación. Intentaba recordar qué había sucedido. Sólo veía la imagen de una figura blanca frente a él y después... nada. Justo en ese momento sintió algo extraño. Primero, un escalofrío que le recorrió el cuerpo entero, obligándolo a abrazarse. Luego... una calidez tan acogedora, que lo único que deseó era acunarse en ella. Pero la sensación duró muy poco. Camila entraba a la habitación.

-¡Lucio! –exclamó ella, al tiempo que se lanzaba a los brazos de su amigo. Él la recibió feliz.
-¡Cami, qué gusto verte...!
-Me dijeron que habías desaparecido, ¿qué pasó?
-No lo sé, Cami... sinceramente no lo sé –dijo él, mientras le acariciaba el rostro. Ella lo miró angustiada. Pensó inmediatamente en Trinidad.
-¿Y Trini? ¿Ya le avisaron que estabas bien?
-Sí. Mi madre me dijo que la había llamado, así que supongo que pronto llegará.
-Lucio... ¡maldición, no entiendo qué está pasando! –unas lágrimas de emoción se asomaron en los ojos de la joven. Lucio la miró enternecido.
-Tan sensible como siempre, mi querida canarito.
-No me digas así...
-Pero si tienes voz de canario...
-Sssshhhh, no me delates...

Una risa espontánea surgió de los labios de ambos. Esos dos amigos se querían mucho, la gente a sui alrededor no podían entender cómo era que nunca hubiese pasado nada entre ellos, si se comprendían perfectamente.
“Es que hay almas gemelas y otras afines”, había dicho Lucio, mientras miraba cómplice a Camila. En verdad que sólo una vez hubo un cierto atisbo de romance entre ambos, pero el beso que se dieron les reveló que sólo era una ilusión, una ilusión que podía haberles costado la amistad, pero que ellos lograron salvar a tiempo. Y eso fue antes de que Trinidad hiciera su aparición en la vida de ambos.

-Permiso –dijo Santos, al tiempo que entraba en la habitación. Camila sonrió. Lucio sintió que se le erizaban los cabellos de la nuca, pero no era una sensación fría como antes. Eso lo desconcertó.
-Pase, inspector... Lucio, él es el inspector Santos, está encargado de investigar todas las cosas raras que me están pasando –sonrió Camila, sincera. Lucio y Santos se dieron la mano. El inspector sintió hielo en esa mano, pero sonrió. Aquel chico debió pasar algo traumático, estaba seguro.
-Ah... él es... –dijo el joven, riendo levemente. Miguel le había comentado algo. El inspector era bastante guapo, por lo que Lucio comprendió los celos de su amigo.
-Exacto... Lucio, mi asistente en la investigación me comentó que no recordabas nada de lo que te sucedió –el joven asintió-. Disculpa que sea majadero con eso, pero cualquier detalle me sirve. Por hoy no te haré preguntas, pero si en los próximos días recuerdas algo, por favor, házmelo saber. Es de suma importancia.
-¿Usted cree que esté relacionado con mi caso? –preguntó Camila, preocupada. Santos la miró fijo. No necesitó más respuesta.
-Cuente con ello, inspector –dijo Lucio.
-Camila, debemos irnos, el tiempo que nos dieron ya se agotó.
-Lo sé... Lucio, espero verte pronto. Miguel aún estará aquí en el hospital por unos días...
-Sí, algo supe. El padre Iglesias me comentó. Cami... –dijo él, mientras le tomaba la mano-. No vuelvas a la casa –ella lo miró incómoda- por favor.
-Ésa es mi casa, ahí estoy a salvo, en serio.
-Cami, lo que me dijeron...
-Por favor... yo sé lo que hago, Lucio. Confía en mí. Ahí estaré bien, además, el inspector estará cuidándome.
-Eso es verdad –respondió Santos.
-Ya, ya, no te preocupes y si puedes visitar a Miguel, no lo preocupes comentándole de la casa, ¿de acuerdo? Me voy. Cuídate, canario.
-De acuerdo –suspiró Lucio-. Y el canario eres tú.

Ambos rieron de buena gana, pero un dejo de preocupación en los ojos de Lucio atravesó el alma de Camila. Sabía que el peligro estaba rondando, pero también sabía que lo único que deseaba en esos instantes era encontrarse con su ángel.

AUTOMÓVIL DE SANTOS. DÍA.

Santos conducía en silencio. Camila miraba por la ventanilla, concentrada en sus pensamientos, que iban de Miguel al ángel. El corazón a cada instante le daba un vuelco.

Estaba confundida, porque cuando estaba con Miguel se sentía en las nubes, pero cuando estaba con su ángel, no existía nada más que él y ella. Se sentía segura con ambos, se perdía en los ojos de Miguel y vivía en los de su ángel. Sintió un nudo en la garganta al recordar los besos de ambos. ¿Qué le sucedía a su corazón? ¿Y Gabriel? ¿Tan fácil se había olvidado de él?

Sus pensamientos volaron hacia aquel tiempo en que Gabriel lo era todo para ella. Su sonrisa de niño la había encantado desde el primer momento, él era por y para ella en todo sentido. No pasaba un día sin que él le regalara una flor, a veces era de papel, otras cortada de un jardín, otras un dibujo en una tarjeta. Siempre los pequeños detalles que Camila adoraba: un chocolate, un poema, dos palabras tiernas. Y ella respondía con el mismo amor.

En esa época veía a Miguel como el perfecto cómplice en las sorpresas que le preparaba a Gabriel. Más de alguna vez, su cuñado la hizo entrar en la casa a escondidas de todos, para que Camila pudiera estar con Gabriel a solas, lejos de las impertinentes miradas de los padres. Eran felices... o así lo creía ella, mientras Miguel sufría en silencio por un amor no correspondido.
Y fue en la época de mayor felicidad que la muerte los encontró. Regresaban de una fiesta a casa de Camila, cuando algo pareció interponerse en el camino. Iban por la costanera, rumbo al este, cuando una sombra se les atravesó y Gabriel detuvo el auto en seco. La fuerza los hizo patinar unos metros, aunque afortunadamente no venía ni un vehículo. Estaban solos en el camino.

RACCONTO.

Camila se había golpeado en la frente y se quejaba adolorida. El joven observó a su alrededor, luego, miró a Camila preocupado.

-Cami, ¿estás bien?
-Sí, sí... es sólo un chichón... vamos a casa...
-Espera, hay algo raro en todo esto.
-Por favor, amor, vámonos –atisbos de miedo en la voz de Camila lo detuvieron. Aunque sólo fue por unos instantes. Algo en el ambiente no estaba bien.
-Debo saber qué sucedió. Espera.
-No, Grabriel, ¡no!

Gabriel se bajó del auto. Camila sintió que todo sucedía en cámara lenta. Gabriel estaba ahí, en el camino...

VEHÍCULO DE SANTOS Y CALLE. DÍA.

-¡Gabriel, cuidado! –el grito de Camila hirió los oídos de Santos, quien se dio cuenta justo a tiempo del camión que se les venía encima. El auto derrapó varios metros hacia un costado del camión, chocando por el lado del conductor.
Santos sudaba frío. Miró a Camila para cerciorarse que estaría bien, pero lo que vio lo dejó anonadado. Camila estaba rodeada por un halo que pasaba de la luz a la sombra. Luego de unos segundos, Santos notó que aquel halo parecía tener la textura de alas de plumas. De pronto, desapareció.
Camila estaba inconciente. Santos suspiró confundido y se apoyó en el manubrio, tratando de poner en orden sus ideas. Afuera, la gente se acercaba al lugar del accidente. Un hombre golpeó la ventanilla del lado de Camila.

-¡Ey! ¿Están bien?
-Sí, sí... –respondió Santos, inseguro. Se estiró y sacó el seguro del lado de la joven e hizo señas al hombre para que la sacara. Otras personas se acercaron a ayudar. A los pocos minutos, Santos se vio en medio de la calle, con el tránsito desviado y Camila asistida por una mujer. El resto de la gente miraba extrañada y curiosa.
-¿Todo bien, amigo? –era el mismo hombre. Santos sonrió.
-Sí, yo estoy bien, ¿llamaron a alguna ambulancia?
-Sí, no se preocupe, la ayuda ya viene en camino. El único problema es que no hemos podido ayudar al chofer del camión. Algo raro pasa ahí, porque el que toca el camión se quema.
-¿Se quema?

El hombre asintió. Santos se acercó al vehículo mayor, decidido a llegar al fondo del asunto. El chofer del camión estaba apoyado boca abajo sobre el manubrio, así que su rostro no se veía. Santos tocó el capó y apartó de inmediato la mano. Se la miró y tocó con la otra. “Mm, qué raro... ya no hay calor...”. Por segunda vez lo tocó y empezó a trepar. El hombre que lo asistiera lo detuvo, agarrándolo por la chaqueta.

-¡Oiga!
-No se preocupe. No hay ampollas, ¿ve? La temperatura es sólo aparente.

El hombre lo miró perplejo. Santos llegó hasta la puerta y tiró de ella. Estaba con seguro. Miró hacia dentro, tratando de ver alguna señal de vida en el chofer. Ni un solo movimiento. Santos tragó saliva. Sólo esperaba que el hombre estuviera vivo... pero algo en su corazón le indicaba lo contrario.

HABITACIÓN LUCIO, HOSPITAL. DÍA.

Lucio descansaba con los ojos cerrados, aunque se mantenía muy alerta. La visita de Camila y las sensaciones que tuviera lo mantenían vigilante. Casi sin darse cuenta, entró en un estado casi de meditación en que la realidad y las ilusiones se mezclaban.
De pronto se vio recorriendo los pasillos del hospital. Recordó que le habían dicho que Miguel estaba cerca de él, entonces se dirigió hacia esa habitación. A su lado pasaban enfermeras y doctores, pero nadie reparaba en él. Se deslizaba suavemente, flotando en el aire o así por lo menos lo sentía él.
Por fin llegó junto a su amigo. Éste dormía producto de los analgésicos y demás calmantes que le inyectaran. Vio que había sufrido daño importante. Intentó hablarle, pero la voz no salió de sus labios. Asustado, se llevó una mano a la boca, y fue entonces que se dio cuenta que no estaba en su cuerpo. A su alrededor todo se cubrió de penumbras, el miedo lo invadió. Miró a Miguel y vio junto a él una sombra, la que poco a poco tomó forma.

“No puede ser”, pensó. El ser de negras alas lo miraba fijamente. “¡Raziel!”.

-¡Raziel!

Miguel despertó de golpe. El nombre que escuchó en sueños fue como un rayo de luz y frío al mismo tiempo. Justo al abrir los ojos, vio con estupor frente a él a dos figuras. En una creyó reconocer a Lucio y la otra...

-No... no es posible...

Estiró una mano para alcanzarlos, pero ellos ya no estaban.

CALLE. DÍA.

Santos tenía en la mano un diablito que uno de los curiosos le pasara. Con un golpe preciso hizo trizas la ventanilla del camión y abrió la puerta.

-¡Ey, despierte! –dijo, mientras tocaba el brazo del chofer, pero al segundo siguiente apartó la mano. Aquel brazo parecía ser un trozo de metal, duro y frío. Santos agarró el diablito otra vez y empujó el cuerpo, hasta hacerlo girar un poco. El rostro de aquel hombre estaba desfigurado en una mueca de horror indescriptible, sus ojos parecían quemados, lo mismo que su boca.
Santos, asqueado, lo dejó y bajó del camión, prohibiendo estrictamente que alguien se acercara. Aunque no se había identificado como parte de la Policía de Investigaciones, los curiosos le hicieron caso. Algo en su voz y su actitud les indicaba que debían seguir al pie de la letra lo que él dijera.
Santos se acercó a Camila, quien ya estaba recuperada y bebía un poco de café que le habían traído.

-¿Estás bien, Camila?
-Sí, gracias, inspector. ¿Qué pasó con el chofer del camión?
-Es mejor que no sepas...
-Oh, Dios... –Camila y Santos cruzaron miradas cómplices, muy preocupados-. ¿Cuándo terminará esto?
-Camila –dijo él, tomándola por los hombros-. Tienes que decirme qué pasó en la casa. Si no tengo por dónde comenzar, no podré ayudarte ni ayudar a Miguel, a Lucio... y a mí mismo. Todos sufrimos un ataque de algo extraño y yo sospecho que tiene el mismo origen.
-Santos, yo... –segunda vez que lo llamaba así. Santos la miró extrañado-. No puedo decírtelo, ni siquiera sé si es verdad lo que me pasó.
-Camila...
-No... por favor –la voz de la joven sonaba diferente. Era una voz segura, incluso con algo de dureza, pero que le indicaba a Santos que algo importante debió suceder-. Dame tiempo, sólo dame tiempo –Camila le sostuvo la mirada al inspector, quien se dio por vencido.
-De acuerdo, pero recuerda que las vidas de varios de nosotros dependen de eso.

HABITACIÓN MIGUEL, HOSPITAL. DÍA.

Miguel estaba terminando de vestirse, cuando Lucio entró a la habitación. Se miraron asustados.

-Lucio... –Miguel notó que su amigo ya estaba vestido con su ropa normal. Detrás de él apareció Trinidad.
-No hay tiempo, chicos. El turno ya terminó, nos quedan unos minutos antes de que llegue la enfermera a revisarlos.
-Gracias, Trini –respondió Miguel, luego miró a Lucio-. Supongo que estamos de acuerdo en que Camila debe salir de esa casa a como dé lugar.
-Sí... ¿pero qué haremos si ella se niega? –preguntó Trinidad.
-O la saco a tirones o me quedaré con ella, pero sola nunca más. No sé cómo lo haré, pero me mantendré despierto –dijo Miguel, decidido.
-Pero estás débil como para hacer eso –acotó Lucio.
-Lo prometí, Lucio. No me daré por vencido. Si pueden ayudarme, sería genial.
-Por supuesto, cuenta con nosotros.
-Ya. Mira, necesito que vengan conmigo y que si no logro sacarla de ahí, por turnos deberemos cuidarla -la pareja asintió-. Bien. Gracias, chicos.
-Un momento –dijo Lucio-. ¿Y el inspector Santos?

Miguel se quedó con la palabra en la boca. Había olvidado ese pequeño detalle. Terminó de abrocharse las zapatillas en silencio, pensando en Santos. Finalmente tomó su chaqueta.

-Santos nos ayudará, es su deber –dijo, muy seguro. “Aunque no me gusta para nada la idea”, se dijo a sí mismo. Salieron de la habitación.

AUTOMÓVIL FLAVIA. ATARDECER.

Santos iba junto Flavia, mientras Camila estaba recostada en el asiento trasero, tratando de dormir un poco. Iban directo a la Casa Mágica, luego de declarar acerca del accidente.

-¿Crees que ella esté bien? –preguntó Flavia, preocupada, mirando de reojo hacia atrás.
-Yo creo que sí, por lo menos por ahora, pero no sé qué pueda pasar, tanta cosa extraña me tiene desconcertado, una tras otra, y no tengo pista a seguir.
-¿Estás seguro?
-Sí, aunque...
-¿Recordaste algo?
-Una cosa que ahora me hace clic, Flavia.
-Uy, me encanta cuando dices así, “clic” –dijo ella, sensual. Santos sonrió levemente-. Ya, disculpa, era para romper un poco el hielo, hombre.
-Ja, con tu sola presencia ya lo haces –dijo él, sincero. Ella le sonrió feliz-. Bueno, el asunto es que justo momentos antes del accidente, Camila gritó advirtiéndole a su antiguo novio...
-¿A Gabriel? ¿No es el hermano de Miguel, el que murió?
-Sí...

En esos momentos, Camila despertó. Se le hizo un nudo en la garganta al escuchar que hablaban de su amor desaparecido. Puso atención.

-Algo le pasó a Camila en ese momento. Y sospecho que tal vez recordó el accidente que sufrió el año pasado.
-Mm, puede ser.
-Pero no quiero importunarla con eso aún, es sólo una idea. Primero quiero saber qué sucedió durante su desaparición.
-Buen punto...

Camila trataba de mantenerse quieta para no delatarse. Pensó en su ángel. “¿Dónde estás? Ahora te necesito tanto...”.

-Christian... –susurró la joven.

Flavia miraba por el retrovisor, cuando vio el rostro de un joven rubio. Pisó el freno asustada. Santos por poco se golpea en el panel. Dos chichones en un día no le hacía mucha gracia. Flavia giró como puso y miró hacia los asientos traseros. Sólo Camila estaba ahí, saliendo de entre los asientos.

-¿Qué pasó? –preguntó la joven, adolorida.
-Perdonen, pero vi a alguien... o sea, me pareció ver a alguien más en el auto.
-¿Ah? Pero sí sólo estoy yo aquí, Flavia.
-Lo sé, pero les juro que vi a alguien más.
-¿Cómo era? –preguntó Santos, ceñudo. Flavia lo miró preocupada.
-Era un joven rubio y de ojos azules.

Camila dio un respingo. Su secreto estaba en peligro. Santos la miró inquisitivo. Los ojos asustados de Camila le dieron la razón. Ese chico estuvo ahí y tenía algo que ver con todo lo que estaba pasando.

CASA MÁGICA. ATARDECER.

Miguel, Lucio y Trinidad estaban discutiendo con Cáceres en el frontis de la Casa Mágica. Miguel se apoyaba en su amigo, evitando cualquier movimiento brusco, porque el dolor lo paralizaba. En esos momentos llegaron Santos, Flavia y Camila.

-Mire, señor Cáceres, si la casa ya fue revisaba, ¿por qué no podemos entrar? –dijo Miguel, aferrándose a Lucio.
-No, órdenes del jefe. Así que, jóvenes, circulen. Esta casa está bajo vigilancia.
-¡Hasta cuándo voy a tener que decirle...!
-Eh, eh, eh, eh, calma, Miguel –dijo Santos, agarrando a Miguel suavemente por un brazo. El joven lo miró agradecido. ¡Ahora sí que ese tipo tendría su merecido!-. Oye, Cáceres, ¿qué haces? Te dije que sólo vigilancia, nada más, pero eso no quiere decir que no dejes entrar a los muchachos.
-Pero, señor, si la dueña no está...
-Miguel es parte de mi familia, señor Cáceres, él puede entrar cuando lo desee –dijo Camila, con dura voz. Cáceres le caía pésimo y sabía que Santos también.
-Aquí vamos de nuevo –susurró el inspector a Flavia, quien lo miró extrañada. Santos sólo le sonrió y le indicó a Camila y al policía.
-Ya, déjeme pasar, estoy cansada y quiero dormir.
-Pero, señorita.
-Bueno, ¿en qué quedamos? Soy la dueña, entro cuando quiero... Vamos, chicos.

Camila subió decida la escalera, seguida por los demás. Santos sólo movió la cabeza e hizo un gesto burlón a su ayudante, quien le respondió con una mueca.

-Oye, necesito que hagas un seguimiento a un accidente que sufrimos hace un rato con Camila...
-¡Un accidente! ¿Pero por qué no están...?
-Shh, silencio. Necesito que me consigas los resultados de la autopsia del chofer del camión con el que casi chocamos.
-Okey... el chofer... ¿algo más?
-Sí. Que te muestren el cadáver y fíjate muy bien en cualquier detalle extraño que notes o que te indique el forense.
-De acuerdo. Me voy entonces... mi trabajo aquí ha terminado... hasta luego, jefe...
-Bye, bye, Cáceres... –luego, susurró a Flavia, riendo-. No sabe con la sorpresita que se va a encontrar.

INTERIOR, CASA MÁGICA. ATARDECER.

Camila se dejó caer en el sillón. Se sentía confundida, adolorida y cansada. Tan encerrada en sí misma estaba, que no notó las muecas de dolor de Miguel, mientras caminaba hacia ella.

-Qué bueno que te encuentres bien, Camila –dijo Miguel, con voz algo quebrada.
-Gracias, Miguel... –respondió ella, algo indiferente, cosa que a todos pareció golpearlos. El joven se sintió relegado. Cuado Camila notó el silencio de todos, miró por segunda vez a Miguel y recién en ese minuto recordó que el chico debería estar en el hospital. Lo abrazó preocupada -. ¡Miguel, amor, perdóname! Fui un tonta...
-No te preocupes... estoy bien... –respondió él, sonriendo cansado. Se recostó en el sillón, con la cabeza sobre las piernas de Camila.
-¿No es mejor llevarlo de vuelta al hospital? –sugirió Camila, pero Miguel la interrumpió.
-No, yo estoy bien. Dormiré un rato aquí, así estaré más tranquilo...
-Pero Miguel...
-No te preocupes. Estaré bien. Lucio, por favor...
-Sí.
-Voy a hacer café, ¿me acompaña, inspector? –dijo Trinidad, haciéndole una seña a Santos. Juntos se dirigieron a la cocina.

-Inspector –dijo Trinidad-, los chicos y yo venimos a cuidar de Camila. Velaremos que nada le suceda...
-Pero, Trinidad –la interrumpió Santos-, Miguel apenas puede sostenerse en pie, ¡cómo pudieron ser tan irresponsables!
-Es por amor, inspector. Si Miguel se quedaba en el hospital, sabiendo que Camila estaba aquí sola, le aseguro que habría hecho alguna locura.
-Lo sé, pero igual considero que...

Se escuchó un grito de Flavia. Ambos corrieron de vuelta a la sala de estar.

SALA DE ESTAR, CASA MÁGICA. ATARDECER.

Santos vio con estupor cómo los vidrios de las ventanas que aún quedaban estallaban en pedazos sobre todos los que estaban en la sala de estar. Luego, una especie de grito animal, cuyo origen no era posible de identificar, seguido por un estruendo y una fuerte vibración. De pronto, Camila se vio levantada varios metros por sobre sus amigos. Y detrás de ella surgieron un par de alas negras.

-¡Raziel!

Continuará...

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